ESTA ES MI GENTE, por Molière
“Tener buena vista es ser libertino. Y el que no adora unos vanos melindres, no tiene ni fe ni respeto a las cosas sagradas. Abundan demasiado esos perversos caracteres. Mas los devotos de corazón son fáciles de conocer. No son en modo alguno virtuosos fanfarrones; no se ve en ellos esa ostentación insoportable, y su fervor es humano y tratable. No censuran todos nuestros actos; encuentran demasiado presuntuosas esas correcciones, y dejando las palabras altivas a los demás, con sus actos tan solo, afean los nuestros. Esta es mi gente; así hay que comportarse; este es, en fin, el ejemplo que debemos seguir.”
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¡VAYA SENTIMIENTOS HUMANOS!
ORGÓN.- Hermano, os encantaría conocerle, y vuestro embeleso no acabaría nunca. Es un hombre… que… ¡Ah! Un hombre…, un hombre, en fin. Quien sigue sus lecciones goza de una profunda paz y mira a todo el mundo como por encima del cieno. Me enseña a no sentir afecto a nada y aparta mi alma de cualquier amistad, y ahora me tendría sin el menor cuidado ver morir a hermanos, hijos, madre y mujer.
CLEANTO.- ¡Vaya sentimientos humanos, hermano mío.
ORGÓN.- ¡Ah, si supierais cómo le conocí, le demostraríais la misma amistad que yo! A diario venía a la iglesia, con su aire apacible, a arrodillarse junto a mí. Atraía las miradas de toda la concurrencia por el fervor con que elevaba sus preces al Cielo; exhalaba suspiros con grandes ademanes y besaba el suelo humildemente a cada momento, y cuando yo salía me adelantaba rápido para ofrecerme agua bendita en la puerta… Veo que él todo lo toma a pecho, y que, incluso, consagra un gran interés a mi esposa, para honor mío; me señala a las gentes que la cortejan, y se muestra cien veces más celoso que yo. No podríais creer hasta dónde llega su celo; se acusa de pecado por cualquier bagatela; la menor nadería basta para escandalizarle; llegó el otro día hasta reprocharse el haber cogido una pulga cuando hacía sus rezos y haberla aplastado con demasiada cólera.
CLEANTO.- ¡Pardiez! Creo que estáis loco, hermano. ¿Os chanceáis de mi con tales discursos? ¿Y qué pretendéis? Que todas esas necedades…
ORGÓN.- Hermano, esas palabras huelen a libertinaje. Tenéis un alma un tanto viciada. Y como ya os he dicho más de cien veces, os meteréis en un mal paso.
TENER BUENA VISTA ES SER LIBERTINOS, PARA LOS QUE QUIEREN QUE TODOS SEAMOS CIEGOS.
CLEANTO.- Ese es el sermón habitual de todos vuestros iguales; quieren que sean todos ciegos como ellos. Tener buena vista es ser libertino. Y el que no adora unos vanos melindres, no tiene ni fe ni respeto a las cosas sagradas. Vaya, todos vuestros discursos no me atemorizan; sé lo que digo, y el Cielo ve en mi corazón. No es uno esclavo de vuestros gesteros. A los falsos devotos les ocurre lo que a los bravucones, y como no comprendo que por mandato del honor sean los verdaderos valientes los que arman mucho ruido, los buenos y verdaderos devotos, cuyas huellas hay que seguir, no son tampoco los que hacen tantos gestos.
¡Cómo! ¿No hacéis distinción alguna entre la hipocresía y la devoción? ¿Queréis tratarlos con semejante lenguaje y honrar lo mismo a la máscara que al rostro, comparar el sacrificio con la sinceridad, confundir la apariencia con la verdad, estimar al fantasma igual que a la persona, y a la moneda falsa que a la buena? ¡La mayoría de los hombres están hechos de un modo extraño! No se les ve nunca en su verdadero estado; la razón tiene para ellos límites demasiado estrechos; los traspasan en cada carácter y corrompen con frecuencia la más noble cosa por querer apurarla y extremarla en demasía. Sea esto dicho de pasada, cuñado mío.
ORGÓN.- Sí; sois, sin duda, hermano, un doctor venerado; toda la sabiduría del mundo en vos se concentra; sois el único sabio, el único esclarecido, un oráculo, un Catón en el siglo que estamos, y a vuestro lado son unos necios todos los hombres.
CLEANTO.- No soy, hermano, un doctor venerado ni se concentra en mí toda la sabiduría. Mas, en una palabra, sé, como única ciencia, diferenciar lo falso de lo verdadero. Y así como no veo ninguna clase de héroe que sea más de alabar que los perfectos devotos, ni cosa alguna más noble y bella que el santo fervor de un verdadero celo, tampoco veo nada más odioso que la apariencia encubierta de un fervor especioso, que esos perfectos charlatanes, que esos devotos de plazuela, cuya mueca sacrílega y falaz engaña impunemente y se burla a capricho de lo más sagrado y respetable que tienen los hombres; esas gentes de almas sometidas al interés hacen de la devoción un oficio y una mercancía, y quieren comprar crédito y dignidades al precio de guiños de ojos y de arrebatos fingidos; esas gentes repito a las que se ve con ardor nada común correr hacia la fortuna por la senda del Cielo; que enardecidas y suplicantes piden a diario y predican el retiro en medio de la Corte; que saben armonizar su fervor con sus vicios, y son coléricos, vengativos, incrédulos, llenos de fingimientos, y que para perder a alguien encubren, insolentes, su orgulloso resentimiento con el interés celestial, tanto más peligrosos en su áspera cólera cuanto que emplean contra nosotros armas veneradas, y que su pasión, que mucho se les agradece, procura asesinarnos con un acero sagrado.
ABUNDAN LOS PERVERSOS, PERO LOS DEVOTOS DE CORAZÓN SON FÁCILES DE CONOCER
Abundan demasiado esos perversos caracteres. Mas los devotos de corazón son fáciles de conocer. Nuestro siglo, hermano, expone ante nuestros ojos a muchos que podrían servirnos de gloriosos ejemplos. Ahí tenéis a Aristón, a Periandro, a Oronte, a Alcidamas, Polidoro y a Clitandro; nadie les discute ese título; no son en modo alguno virtuosos fanfarrones; no se ve en ellos esa ostentación insoportable, y su fervor es humano y tratable.No censuran todos nuestros actos; encuentran demasiado presuntuosas esas correcciones, y dejando las palabras altivas a los demás, con sus actos tan solo, afean los nuestros. El mal aparente les merece escaso crédito, y su alma se inclina a juzgar bien al prójimo. No usan de intrigas ni de manejos: no tienen más afanes que los de vivir rectamente. No se encarnizan nunca contra un pecador: aborrecen solamente el pecado. Y no quieren ocuparse con extremado celo de los intereses del Cielo más de lo que este mismo desea.
Esta es mi gente; así hay que comportarse; este es, en fin, el ejemplo que debemos seguir. Vuestro hombre no es, en verdad, de tal modelo; alabáis su fervor con absoluta buena fe; mas creo que os deslumbra un falso brillo.
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JEAN BAPTISTE POQUELIN “MOLIÈRE”, Tartufo o El impostor. París 1766. Obras Completas, Aguilar, 1991. FD, 18/11/2006.
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