Filosofía Digital

"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

EL LARGO EXILIO DE LA TIERRA, por Leonardo Boff

Archivado en: -CONCIENCIA VIGILANTE — September 28, 2009 @ 9:00 pm

“La humanidad siempre consideró a la Tierra como la gran madre que inspiraba temor, veneración y respeto. Pero, desde la irrupción de la ciencia moderna, se comenzó a considerarla como objeto, “res extensa”, que puede someterse a intervención humana, incluso violenta, para extraer los beneficios de sus recursos y servicios. Era el proyecto de dominar el mundo. Sería oscurantista no reconocer los méritos de ese designio. Pero hay que reconocer también que la razón instrumental y analítica -sin complementarse con la razón emocional, sensible y cordial, fundamental para el mundo de los valores- construyó una maquina de muerte, capaz de destruir a la especie humana con armas nucleares, químicas y biológicas. Hay una convicción que se está generalizando: así como está, la humanidad no puede continuar. Tenemos que cambiar para sobrevivir. Es urgente cambiar nuestro sistema de explotación del planeta y de sus recursos y nuestras formas de relaciones sociales, con más inclusión, más equidad y sintonía con el universo. Es imprescindible asumir una ética del cuidado, del respeto, de la responsabilidad, de la solidaridad, de la cooperación y, no en último lugar, de compasión hacia los que sufren en la humanidad y en la naturaleza.”

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RÍO DE JANEIRO, ago (Tierramérica).- Dos visiones sobre la Tierra se contraponen en nuestro tiempo. Para unos es una materia extensa y sin espíritu, entregada al ser humano para que pueda explotarla y expresar su libertad creativa a su antojo. Para otros es nuestro hogar, un superorganismo vivo que se autorregula, con una comunidad vital única.

Optar por una u otra visión tiene consecuencias totalmente diferentes, la cooperación y el respeto, o la agresión y la dominación.

La humanidad siempre consideró a la Tierra como la gran madre que inspiraba temor, veneración y respeto.

Pero desde la irrupción de la ciencia moderna, con René Descartes, Galileo Galilei y Francis Bacon a partir del siglo XVI, se comenzó a considerarla como objeto, “res extensa”, que puede someterse a intervención humana, incluso violenta, para extraer los beneficios de sus recursos y servicios.

Era el proyecto del “dominium mundi”. Creó maravillas como las máquinas y los antibióticos, nos ha llevado a la Luna y al espacio exterior.

Sería oscurantista no reconocer los méritos de ese designio. Pero hay que reconocer también que la razón instrumental y analítica –sin complementarse con la razón emocional, sensible y cordial, fundamental para el mundo de los valores– construyó una maquina de muerte, capaz de destruir mediante 25 formas diferentes a la especie humana con armas nucleares, químicas y biológicas.

Nuestra generación es la primera en la historia de la antropogénesis que se ha transformado en una fuerza geofísica destructiva.

Hay una convicción que se está generalizando: así como está, la humanidad no puede continuar. El modo actual de producción y de consumo hace de todo una mercancía, incluso las realidades más sagradas como la vida, los órganos y los genes.

Cada año 3.500 especies desaparecen de la faz de la Tierra a consecuencia de las agresiones sistemáticas a la naturaleza.

La rueda del calentamiento global ha comenzado a girar y no se la puede frenar, apenas disminuir su velocidad y minimizar sus efectos catastróficos. Esto puede devastar muchos ecosistemas, arrastrando consigo a millones de personas obligadas a desplazarse o a morir.

Por lo tanto, tenemos que cambiar para sobrevivir. El futuro será una promesa de vida si inauguramos “un nuevo modo sostenible de vivir”, como lo ha formulado la Carta de la Tierra.

Es urgente cambiar nuestro sistema de explotación del planeta y de sus recursos y nuestras formas de relaciones sociales, con más inclusión, más equidad y sintonía con el universo.

Es imprescindible asumir una ética del cuidado, del respeto, de la responsabilidad, de la solidaridad, de la cooperación y, no en último lugar, de compasión hacia los que sufren en la humanidad y en la naturaleza.

Hoy sabemos que la Tierra no solamente posee vida en su atmósfera, formando así la biosfera, sino que ella misma es viviente y productora de todas las expresiones vitales. Los modernos la llaman Gaia, el nombre mitológico griego para designar a la Tierra viviente.

En este contexto crítico hay que volver a la concepción de la Tierra como madre. Tenemos que unir dos polos: el más ancestral, de la Tierra como madre de nuestros pueblos originarios, con el más contemporáneo, de la nueva astrofísica y biología que ve al planeta como Gaia.

Lo que San Francisco de Asís contemplaba en su mística cósmica hace más de 800 años, cuando cantaba al sol como Señor y Hermano y a la tierra como Madre y Hermana y llamaba a todos los seres hermanos y hermanas, hoy lo sabemos por una verificación empírica de la biología genética y molecular.

Todos los seres vivos, desde la bacteria que emergió hace 3.800 millones de años, pasando por las grandes florestas, desde los dinosaurios a los caballos, desde los colibríes hasta nosotros, tenemos el mismo alfabeto genético.

Todos estamos constituidos por los mismos 20 aminoácidos y las mismas cuatro bases fosfatadas (adenina, timina, citosina y guanina). Solamente la combinación de las letras químicas de este alfabeto con sus respectivas bases produce las diferencias de la gran diversidad biótica.

Por lo tanto, todos somos hermanos y hermanas, miembros de la gran comunidad de vida. Así, no hay medio ambiente, sino el ambiente entero. Nosotros, los seres humanos, no estamos fuera o por encima de la naturaleza. Estamos dentro de ella, como parte de su realidad. Somos la porción consciente e inteligente de la Tierra.

En los últimos siglos nos hemos exiliado de la Tierra. Tenemos que volver a nuestro hogar y cuidarlo porque se encuentra amenazado en su equilibrio y en su futuro.

* * *

LEONARDO BOFF es teólogo, escritor y miembro de la Comisión Internacional de la Carta de la Tierra. Derechos exclusivos IPS. Tomado del blog Tierramérica.

6 comentarios »

  1. Jesús Díaz Formoso:

    Con todos mis respetos, otro texto más, sensiblero y algo despistado.

    Te sugiero la Carta del Jefe Seattle (creo que de 1845) – Aunque con serias dudas acerca de su autenticidad, es exquisita.

    Disculpa mi franqueza.

    Un abrazo.

  2. Jesús Nava:

    Estimado amigo:

    Repongo en portada la Carta del Jefe Seattle, a la que te refieres, en tu honor. Ya estaba publicada en Filosofía Digital desde hace tiempo. Y añado un magnífico comentario de Mª Dolores.

    No te preocupes, nunca consideraría una falta de respeto expresar un sentimiento o una convicción, aunque no los compartiere.

    Pero, ¿por qué te parece el texto de Boff, “sensiblero y algo despistado”? Tal vez esté de acuerdo contigo. El sentimentalismo romántico, y la idealización de la naturaleza, no es para mí una alternativa ni una salida al bloqueo que padece actualmente la humanidad.

    Como sabes, publico muchas cosas con las que no estoy enteramente de acuerdo, a veces, incluso, estando en total desacuerdo. Pero mi pretensión con FD no es tanto dar pensamientos como dar que pensar. Y creo que Boff señala la necesidad de cambiar nuestro modo de vivir colectivo, aunque no aporte soluciones. Para eso, lo señalo de pasada, están la política y la educación.

    Un saludo.

  3. Jesús Díaz Formoso:

    Querido Jesús, tu te has respondido. Podría añadir algo más, pero sería complicar tu argumentación, tan simple como acertada.

    Un abrazo.

    P.D. Hace años, edité una Revista de Derecho Ambiental (“Punto Crítico”). Hice unos “posters” con la Declaración del Jefe Seattle, de los que te querría hacer llegar uno.

    Un abrazo, camarada.

  4. Jesús Nava:

    Por supuesto, estaré encantado de que me guardes uno de esos ejemplares para cuando nos encontremos en el fin del mundo, que será pronto, ¿verdad?

    ¿Ya no se edita “Punto Crítico”?

    Te devuelvo el abrazo

  5. Jesús Díaz Formoso:

    Será cuando tu quieras, querido amigo. Y ese momento será eterno. Dime cuando puedes, y te estaré esperando, a ti y a los tuyos.

    ………..

    Dí a luz “Punto Crítico, revista de medio ambiente, derecho y empresa”, en 1995, con mucha ilusión, sobrevivió con mucho esfuerzo hasta 2001, y después acabó.

    Murió de pena. Descubrí que todo era mentira. Ni Gobierno, ni Parlamento , ni Europa, ni los Jueces, … ni siquiera mis alumnos (aunque ellos estaban más acertados que yo: sabían que el Medio Ambiente no era una revolución, sino solo la posibilidad de un buen trabajo; querían el papelito colgado en su pared, en su curriculum -que espantosa palabra).

    Descubrí que cuando reciclaba mis residuos, solo enriquecía a un canalla.

    Descubrí que el CO2 no es el problema, para nada. Pero a TODOS se ha hecho creer que lo es (si supieran cuanto se equivocan).

    Descubrí que los Espacios Naturales no se protegían, sino que se nos robaba su disfrute (y la propiedad a sus dueños, que los habían conservado a salvo durante generaciones).

    Descubrí que la depuración de nuestras aguas solo vale en cuanto negocio para los canallas. Los problemas y peligros reales, como los vertidos Tóxicos -directos, indirectos y difusos- se difuminaban en la realidad de la gestión pública del agua.

    Descubrí que a nadie -y menos aún a los Ecologistas (mejor dicho, “ecolojeros”)-le importaba el Medio Ambiente. Solo el dinero y el poder.

    Y descubrí que la revista me daba un poder que muchos deseaban para sí. Me la querían comprar. Incluso robar. La única opción era ponerle fin.

    Tengo una colección con las 16 revistas que edité. A veces las leo. Entonces me doy cuenta de lo poco que sabemos de las cosas de las que creemos saber.

    Un fuerte abrazo. Te espero en el paraiso.

  6. Jesús Nava:

    Nos veremos pronto; pero no te preocupes, me pondré en contacto contigo y acordaremos el día que mejor nos vaya a ambos.

    Leyendo tu último comentario aquí, ¡de cuántas cosas tendremos que hablar!

    Abrazos.

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