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"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

REFÚGIATE EN LO ETERNO, por Henri-Frederic Amiel

Archivado en: -CONCIENCIA VIGILANTE — January 2, 2010 @ 12:58 pm

“¡Cuántos libros, Dios mío! Cada cual nos hacemos una pequeña cavidad en la montaña del conocimiento: cada erudito no es más que un conejo. Y en revancha, ¿para qué leer tanto? Gracias a la imaginación nos apoderamos del mundo, y por medio de unos cuantos libros buenos y de la meditación entramos en Dios. Lo mejor es procurar adquirir lo verdadero, comprender el universo, habituarse a los horizontes divinos, encontrar un tesoro fuera del alcance de los gusanos y del óxido. Entrar en comunión con la vida eterna, con la vida universal. El deber consiste en no cansarse, no enfriarse, alegrarse con lo que hay, y no preocuparse por lo que falta; ser indulgente, paciente, simpático, benévolo; espiar la flor que nace y el corazón que se abre; esperar siempre, como Dios; amar siempre. La vida es corta; intenta hacerla dulce, y esta dulzura terminará recayendo sobre ti. Tu corazón no encontrará lo que desea, pero al menos sí todo lo que puede tener. Domina el ideal con suficiencia tal que su caricatura no te lo pueda fastidiar, para no ver lo feo, para poder considerar solamente, entre las cenizas, la brasa. Tu refugio contra las penas de la vida pasajera están en la religión y sus divinos abismos. No confíes tus destinos a nada perecedero. Refúgiate en lo inalterable, en lo eterno, en lo divino.”

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LA CIENCIA ES UN BATIBURRILLO Y CADA ERUDITO NO ES MÁS QUE UN CONEJO; LO MEJOR ES ADQUIRIR LO VERDADERO, COMPRENDER EL UNIVERSO, HABITUARSE A LOS HORIZONTES DIVINOS, ENTRAR EN COMUNIÓN CON LA VIDA ETERNA

¡Cuántos libros, Dios mío! ¡Cuántas líneas, y qué vana e imposible parece la erudición! Si leyese veinte horas diarias durante veinte años, y tras haber perdido el sano juicio y la vista, sólo habría amontonado una modesta biblioteca. Cada cual nos hacemos una pequeña cavidad en la montaña del conocimiento: cada erudito no es más que un conejo.

Y en revancha, ¿para qué leer tanto? Gracias a la imaginación nos apoderamos del mundo, y por medio de unos cuantos libros buenos y de la meditación entramos en Dios. La erudición encarnizada hace más daño que bien, produce más desesperación que goce, hunde en vez de levantar y encadena más a la tierra de lo que libera del mundo.

¡La ciencia! ¡A buena hora! ¡Semejante batiburrillo! Lo mejor es procurar adquirir lo verdadero, comprender el universo, habituarse a los horizontes divinos, encontrar un tesoro fuera del alcance de los gusanos y del óxido. Entrar en comunión con la vida eterna, con la vida universal. He aquí los dos puntos de mira, las dos únicas atracciones y las dos recompensas.

Sábado, 26 de mayo de 1849.

EL DEBER CONSISTE EN NO CANSARSE, NO ENFRIARSE, ALEGRARSE CON LO QUE HAY; ESPIAR LA FLOR QUE NACE Y EL CORAZÓN QUE SE ABRE; ESPERAR SIEMPRE, AMAR SIEMPRE

Vinet dice de manera excelente que dos almas no se poseen definitivamente más que en Dios, que para amarse bien hay que mezclarse en el infinito. Yo lo siento a veces con los que me rodean, con mis hermanas y mi cuñado, a los cuales sin embargo me siento vivamente unido. Pero mi comercio con ellos resulta, a pesar de esto, superficial, parcial. No les noto necesidad de infinito, y no hay manera de entenderse sin esta necesidad común. Ni son posibles esos expansionamientos totales, bienhechores, durante los cuales volamos derechos hacia horizontes celestiales. [...]

Debo hacerme a una forma sencilla de vida, pues así no me haré entender y turbaré sin fruto alguno a las demás naturalezas distintas y más simples. ¡Exigencia incómoda, insoportable hipocresía! Caminar cubierto con un velo, protegido con una máscara; qué melancolía y qué suplicio. Ser desconocido incluso por los seres amados resulta una cruz; y esto es lo que pone en los labios de los hombres superiores esa sonrisa dolorosa y triste; es la amargura más dolorosa para los hombres que se consagran enteramente a la humanidad; es quizás lo que más dolor ha debido causar al corazón del hijo del hombre; es la copa del sufrimiento y la resignación. Si Dios pudiese sufrir, sería la pena que todos los días le causaríamos. También él, y sobre todo, es el gran desconocido, el soberanamente incomprendido.

¡Ay! ¡Ay! El deber consiste en no cansarse, no enfriarse, alegrarse con lo que hay, y no preocuparse por lo que falta; ser indulgente, paciente, simpático, benévolo; espiar la flor que nace y el corazón que se abre; esperar siempre, como Dios; amar siempre. La manera como aquí se habla de ciencia, de pastores, de la carrera eclesiástica me ha rebelado siempre; viven pendiente de la manera, de la forma, de la exterioridad; pero yo no discuto, pues el desacuerdo está en lo esencial.

Domingo, 27 de mayo de 1849, de noche.

LA VIDA ES CORTA; INTENTA HACERLA DULCE, Y ESTA DULZURA TERMINARÁ RECAYENDO SOBRE TI

Enfocas mal tu situación en relación con los tuyos. Procura hacerlos felices a su manera. Y en lugar de quejarte, olvídate. La vida es corta; intenta hacerla dulce, y esta dulzura terminará recayendo sobre ti. Tu corazón no encontrará lo que desea, pero al menos sí todo lo que puede tener. Resígnate, vigílate, domínate. Tu carácter resulta excesivo: o todo o nada. En cuanto tienes un reproche que hacer, cambias todo. Tomas todo en serio, olvidando excesivamente que una enorme cantidad de cosas son indiferentes y no deben distraerte con su interpretación.

En lo tocante al afecto, no tienes paciencia ni destreza alguna. Si no te escuchan, si no te comprenden, si no te entienden, te entibias o te afliges en demasía. Tranquilo y sereno para los indiferentes, resultas apasionado, susceptible, exigente para los que amas. La ternura te vuelve despótico, y prefieres la privación completa a la posesión a medias. Siempre todo o nada. Puedes ser cruelmente desgraciado y hacer desgraciados a los demás; las regiones intermedias, insípidas, uniformes y superficiales, te hacen saltar de hastío y de rebeldía. Y desgraciadamente es ahí donde tienes que aclimatarte. Ardoroso, vehemente, mi imaginación lo lleva todo hasta el final; quiero lo que puede ser; vivo atormentado por el ideal, que me hace la vida penosa.

Por otro lado, soy bien fácil de conllevar. Todo lo que necesitaría es un afecto sincero, vivo y profundo; tengo pocas ambiciones, incluso ambiciones de felicidad. Pero al tener la apariencia sin la cosa, el principio sin el fin, el atractivo sin la posesión, la falsificación sin la plenitud me resulta un suplicio. Lo que detesto es el resultado fallido. Un mal sermón, una mala defensa de una buena causa, la expresión falsa de un sentimiento verdadero, un ejemplar defectuoso de amistad, de fraternidad, de amor; lo detesto y me irrita los nervios.

Veamos, supérate hasta la indulgencia; domina el ideal con suficiencia tal que su caricatura no te lo pueda fastidiar, para no ver lo feo, para poder considerar solamente, entre las cenizas, la brasa. Cubre tu pena y tu irritación con tu serenidad misericordiosa; reduce el círculo agitado y turbio a no ser más que un remolino en tu océano reposado; pide a Dios su paz, y, confinando en un rincón de tu alma esas penosas ondulaciones, o bien dejándolas en la superficie, como esas olas que levantan las tempestades, retira tu vida interior más profunda a esas zonas impasibles en las que las variaciones de los vientos y de los días nunca llegan.

Cuando la sensibilidad está viva, la homogeneidad de humor sólo se encuentra a cierta profundidad. Tu refugio contra las penas de la vida pasajera están en la religión y sus divinos abismos. No confíes tus destinos a nada perecedero. Contemplación, oración, dedicación y trabajo han de ser tus remedios. Ama, obra, y no pidas nada para ti a los demás, ni siquiera a tu sangre.

Acepta como dones imprevistos y gratuitos la salud, la felicidad, las atenciones, las señas de afecto; de esta manera duplicarás los goces de lo que te sea concedido, y no sufrirás por lo que podrías aún desear.

Acepta, pues, la felicidad como un don, sin esperarla. Y haz felices a los demás, tal como ellos lo entienden. Combate tu naturaleza inquieta, oscura, exigente, susceptible.

Refúgiate en lo inalterable, en lo eterno, en lo divino.

Lunes, 28 de mayo de 1849.

* * *

HENRI-FREDERIC AMIEL, escritor y filósofo suizo (1821-1881). Diario íntimo, 1839-1850. Edaf, 1974. Traducción: Gonzalo Torrente Malvido. [FD, 06/09/2009]

2 comentarios »

  1. Carmen:

    Hola! ¿Me dirían los nombre de los libros de Amiel? Gracias.

  2. Jesús Nava:

    Hola, Carmen:

    El único libro de Henri-Federic Amiel que yo poseo es su “Diario íntimo”, obra por la que se hizo famoso. Aunque fue catedrático de Estética en Ginebra, y publicó artículos varios, es por su diario por lo que ha sido considerado el tercer gran escritor ginebrino, después de Rousseau y Madame Staël.

    La edición en español citada es de EDAF, 1974, y está agotada. Esta edición incluye únicamente las reflexiones que hizo Amiel desde 1839 a 1850. Hay otra completa, pero no la he conseguido por ningún sitio. Las editoriales no consideran negocio reeditar a un autor que, aun contando entre los grandes filósofos y escritores europeos, nadie lee ya, excepto los que aún amamos la grandeza.

    Un cordial saludo.

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