ATRÉVETE A SER SABIO; EMPIEZA YA, por Horacio
“Los ladrones se levantan, todavía de noche, para asesinar a un hombre; ¿no saldrás tú de tu letargo para salvarte a ti mismo?, puesto que, si no quieres correr sano, tendrás que correr hidrópico; y si, antes del alba, no pides un libro y una lámpara, si no ejercitas tu espíritu en el estudio y en las cosas honestas, luego, sin poder dormir, serás atormentado por los celos y la pasión. ¿Por qué te apresuras a apartar todo aquello que ofende a tus ojos, pero, si algo corroe tu espíritu, difieres de un año para otro el momento de curarte? El que empieza algo ya tiene conseguida la mitad. Atrévete a ser sabio; empieza ya. El que va posponiendo el momento de vivir honestamente es como el campesino que espera hasta que el río acabe de pasar [para cruzarlo], pero éste fluye y seguirá fluyendo sin detenerse por toda la eternidad. Si el vaso no está limpio, todo lo que eches en él coge mal gusto. Desprecia los placeres: el placer, comprado con dolor, perjudica. El avaro siempre necesita más: encamina tus deseos a una meta concreta. El envidioso se consume con la abundancia ajena: ni los tiranos de Sicilia inventaron un tormento mayor que la envidia. La cólera es una breve locura. Domina tu carácter, pues o lo tienes sometido o manda él: has de refrenarlo, encadenarlo. Ahora que tienes el corazón limpio, embébete, muchacho, de sabias palabras; es el momento de abrirte a los mejores. El olor del que una vez se impregnó el barro joven, lo conservará mucho tiempo.”
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Mientras tú, Máximo Lellio, haces declamación en Roma, yo, en Preneste he leído una vez más al escritor de la Guerra de Troya quien nos explica qué es lo hermoso, qué lo útil y qué lo que no lo es, más claramente y mejor que Crisipo y Crantor. Escucha, si no estás ocupado en otra cosa, por qué he llegado a pensar así. La historia donde se narra cómo, por los amores de Paris, se enfrentó Grecia a los bárbaros en un tenaz duelo contiene las necias pasiones de reyes y pueblos. Antenor opina que hay que suprimir la causa de la guerra. ¿Y qué piensa Paris?: dice que no se le puede obligar a reinar en paz y vivir feliz. Néstor se apresura a solventar las diferencias entre el Pelida y el Atrida; a éste le abrasa el amor, pero la ira enciende igualmente al uno y al otro… Y los desvaríos de los reyes los pagan los griegos.
Dentro y fuera de los muros de Ilión se cae en la sedición, el engaño, el crimen, la lujuria y la ira. Por el contrario, el poeta, como modelo ejemplar de lo que puede la virtud y la sabiduría, nos propone a Ulises, quien, vencedor de Troya, observó, el primero, las ciudades y costumbres de muchos hombres, y, a través del mar, mientras procuraba el regreso para él mismo y para sus compañeros, soportó muchas penalidades, pero sin naufragar ante las adversas olas de los acontecimientos. Tú conociste las voces de las Sirenas y los brebajes de Circe, de los que si necio y ávido hubiese bebido con sus compañeros, se hubiera convertido en un infame bruto sometido a esa meretriz y hubiese vivido como un perro inmundo o como un cerdo, amigo del cieno.
Nosotros, en cambio, somos mero número y nacidos para consumir los frutos de la tierra; holgazanes, como los pretendientes de Penélope y la juventud de la corte de Alcinoo, más ocupada ésta de lo conveniente en cuidarse el cutis, y para la que era cosa loable dormir hasta mediodía y llevar sus preocupaciones junto al dulce sonido de la cítara para acallarlas.
Los ladrones se levantan, todavía de noche, para asesinar a un hombre; ¿no saldrás tú de tu letargo para salvarte a ti mismo?, puesto que, si no quieres correr sano, tendrás que correr hidrópico; y si, antes del alba, no pides un libro y una lámpara, si no ejercitas tu espíritu en el estudio y en las cosas honestas, luego, sin poder dormir, serás atormentado por los celos y la pasión. ¿Por qué te apresuras a apartar todo aquello que ofende a tus ojos, pero, si algo corroe tu espíritu, difieres de un año para otro el momento de curarte? El que empieza algo ya tiene conseguida la mitad. Atrévete a ser sabio; empieza ya. El que va posponiendo el momento de vivir honestamente es como el campesino que espera hasta que el río acabe de pasar [para cruzarlo], pero éste fluye y seguirá fluyendo sin detenerse por toda la eternidad.
Se busca dinero y una mujer rica para procrear hijos, y los bosques incultos se doman con el arado. A quien le haya tocado en suerte lo suficiente, que no desee más. Ni la casa, ni la hacienda, ni un montón de monedas y de oro pudo hacer salir la fiebre del cuerpo enfermo de su dueño, ni de su espíritu las preocupaciones. Es menester que el amo goce de buena salud, si piensa disfrutar de los bienes acumulados. Su casa y sus riquezas, al que ambiciona más o teme perderlas, le causan el mismo placer que los cuadros a un enfermo de la vista, los fomentos al que padece de gota, o las cítaras a oídos enfermos por la cera acumulada. Si el vaso no está limpio, todo lo que eches en él coge mal gusto.
Desprecia los placeres: el placer, comprado con dolor, perjudica. El avaro siempre necesita más: encamina tus deseos a una meta concreta. El envidioso se consume con la abundancia ajena: ni los tiranos de Sicilia inventaron un tormento mayor que la envidia. Quien no refrena su ira deseará que no se hubiera realizado aquello a lo que le impulsó su cólera y su carácter, cuando en su odio no satisfecho se apresuró a buscar una violenta venganza. La cólera es una breve locura. Domina tu carácter, pues o lo tienes sometido o manda él: has de refrenarlo, encadenarlo.
El picador enseña al caballo, cuando su cerviz es aún tierna, a seguir dócilmente el camino que pueda indicarle el jinete. El cachorro de caza, después de que en su casa ladró a una piel de ciervo, se ejercita en los bosques. Ahora que tienes el corazón limpio, embébete, muchacho, de sabias palabras; es el momento de abrirte a los mejores. El olor del que una vez se impregnó el barro joven, lo conservará mucho tiempo. Y si te retrasas o, animoso, te adelantas demasiado, yo no aguardo al rezagado ni corro para alcanzar a los que me preceden.
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HORACIO, Epistolas, Libro I. Obras completas, Planeta, 1986. Traducción de Alfonso Cuatrecasas, catedrático de Instituto.
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