Filosofía Digital

"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

UNA NUEVA VIDA RELIGIOSA, por H. F. Amiel

Archivado en: -CONCIENCIA VIGILANTE — August 2, 2009 @ 7:25 pm

“Nuestra predicación cristiana es de ordinario muy inferior a Platón; éste nos habla mucho mejor del reino eterno, invisible, del paraíso de la pureza, de lo bello y del soberano bien, y concibe al hombre más dignamente, y desprecia mucho más enérgicamente este mundo pasajero, frágil, imperfecto, sin recurrir a motivos de autoridad, de misterio, de servilismo o de terror. La idea de revelación, en cuanto se materializa y se altera, se convierte en un instrumento de envilecimiento y de esclavitud espiritual para la humanidad, y la religión, leche maternal del hombre, cuando pierde su pureza, insinúa en las venas de la especie el germen de enfermedades temibles. El hombre, al dejarse envilecer, envilece a Dios. El mundo cristiano debe elevar el nivel de la dignidad humana, concibiendo mejor la relación de Jesús con los otros hombres. La liberación de las garras de la teología, de la teología ortodoxa, será un enorme alivio para la conciencia moderna; a ello seguirá una nueva efusión de vida, una nueva fase del cristianismo, o, más bien, la mala teología será derrocada por la presencia precisamente de un nuevo principio, por la realidad de una nueva vida religiosa, o, mejor aún, de una vida que romperá los moldes antiguos y establecerá nuevamente la libertad cristiana. La inteligencia emancipada por la vida, la fe.”

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Esta mañana comulgué en la Madeleine. Para sentirme edificado tengo que olvidar nuestros sermones, casi siempre desprovistos de sentimiento del infinito, fundados sobre un cristianismo grosero, carnal, exterior, sobre una concepción muy estrecha de Dios y del hombre, de la salvación y de la vida religiosa.

Por encima y más allá de este trino mezquino, me esfuerzo por escuchar una voz más grandiosa, por estar en espíritu en el cristianismo del porvenir, despojado de sus lenguajes mitológicos, de su carácter mecánico, cuando la doctrina del espíritu santo haga saltar este formalismo miserable, este pobre, tímido y pálido cristianismo que impera sobre la conciencia de nuestro rebaño y de nuestros pastores. Si no pudiera alcanzarlo por otro camino y asociarme a una iglesia invisible, diferente, más pura, más amplia, más profunda, la enseñanza de la iglesia me haría repugnar el cristianismo.

Los sermones me sirven, lo mismo que las cosas al discípulo de Platón, para despertar el ideal por contraste, y no directamente. Son su insuficiencia y su miseria lo que me habla de la grandeza de la religión. Lejos de ser el catalejo telescópico que me descubre los misterios del espacio, son para mí la nube oscura que me hace medir mejor la profundidad del cielo estrellado. ¡Singular ironía y extraño fenómeno! ¡Pero qué importa, si el resultado es el mismo, que la debilidad de la predicación ayude en la misma medida que su fuerza al brillante resplandor de las cosas predicadas!

Ocurre como en la historia, donde los errores humanos son tan útiles a la providencia como las grandes inspiraciones; es como en el arte dramático, donde el poeta deduce la idea cómica o seriamente, por caricatura o por transfiguración. De la misma manera, el ideal que atormenta puede convertirse en ideal que consuela; basta con desviar la exigencia de la persona hacia lo impersonal, del sermón hacia la impresión religiosa, y en lugar de concluir en la mediocridad del orador, concluir en la grandeza del tema, o bien, descuidando el camino en beneficio del fin, dar las gracias al hombre olvidándolo cerca de Dios.

Nuestra predicación cristiana es de ordinario muy inferior a Platón; éste nos habla mucho mejor del reino eterno, invisible, del paraíso de la pureza, de lo bello y del soberano bien, y concibe al hombre más dignamente, y desprecia mucho más enérgicamente este mundo pasajero, frágil, imperfecto, sin recurrir a motivos de autoridad, de misterio, de servilismo o de terror, sino apoyándose en el hombre mismo, revelándole en él mismo su propia grandeza y la voluntad de Dios en relación con él.

La idea de revelación, en cuanto se materializa y se altera, se convierte en un instrumento de envilecimiento y de esclavitud espiritual para la humanidad, y la religión, leche maternal del hombre, cuando pierde su pureza, insinúa en las venas de la especie el germen de enfermedades temibles. El hombre, al dejarse envilecer, envilece a Dios.

El mundo cristiano debe elevar el nivel de la dignidad humana, concibiendo mejor la relación de Jesús con los otros hombres. La liberación de las garras de la teología, de la teología ortodoxa, será un enorme alivio para la conciencia moderna; a ello seguirá una nueva efusión de vida, una nueva fase del cristianismo, o, más bien, la mala teología será derrocada por la presencia precisamente de un nuevo principio, por la realidad de una nueva vida religiosa, o, mejor aún, de una vida que romperá los moldes antiguos y establecerá nuevamente la libertad cristiana. La inteligencia emancipada por la vida, la fe.

Domingo, 22 de diciembre de 1850.

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HENRI-FREDERIC AMIEL, escritor y filósofo suizo (1821-1881). Diario íntimo, 1839-1850. Edaf, 1974. Traducción: Gonzalo Torrente Malvido.

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