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"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

LA DISCORDIA ENTRE EL EGOÍSMO Y EL AMOR, por Henri Frederic Amiel

Archivado en: -CATECISMO FILOSÓFICO — July 10, 2009 @ 5:54 pm

“El alma del egoísta es como el aguilucho dentro del huevo; está separada de la vida real por una cáscara de piedra. Para lanzarse al sol de Dios, para respirar el aire de los cielos, para conocer el infinito y y la vida hay que haber roto el huevo. El huevo, que se le presenta al egoísta como un templo, es una tumba. Y nuestro mundo, nuestra vida terrenal no es otra cosa que un huevo, que podría abrirse a otra existencia. La vida eterna no es más que una serie de aperturas. El hombre, cuanto más egoísta, tanto más malo; y cuanto mejor, más amplio será su amor, más profundo, más total. El egoísmo forma una serie decreciente por debajo de cero, cuyo término se representa con el nombre de infierno; y el amor es una manera creciente cuyo término viene expresado con el nombre de paraíso. El egoísmo es la raíz, el principio y el resumen de todo mal. El amor es el lugar ocupado por Dios en el hombre. Ama, es el albergue de la religión y de la moral, el precepto, la recompensa, el bien y la felicidad, la salvación y el cielo. El misterio de darse para pertenecerse, de prodigarse para enriquecerse, de no ser nada para serlo todo, este misterio, absurdo para quien no tiene inteligencia, es decir, la posesión, sublime y maravillosa para quien la adivina y la resuelve, es y será el cenit de la existencia espiritual; es la clave del mundo moral, el tesoro del santuario divino.”

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El alma del egoísta es como el aguilucho dentro del huevo; está separada de la vida real por una cáscara de piedra. Para lanzarse al sol de Dios, para respirar el aire de los cielos, para conocer el infinito y y la vida hay que haber roto el huevo. El huevo, que se le presenta al egoísta como un templo, es una tumba. Y nuestro mundo, nuestra vida terrenal no es otra cosa que un huevo, que podría abrirse a otra existencia.

La vida eterna no es más que una serie de aperturas. Dios se revela en sucesivas resurrecciones. La adaptación de los gérmenes es un prodigioso símbolo de la vida del espíritu. Nuestro universo futuro es para nuestro universo actual lo que el universo visible para el feto encerrado en el seno materno. Nuestra vida es un período fetal; y cada estadio es el embrión de un estadio superior. Nuestra ley es la anamorfosis. Cada punto de la materia debe convertirse en un germen; cada germen, en alma; cada alma, en materia de un alma más pura, etc. Revelación continua, ascensión universal hacia el padre de los espíritus. Dios se multiplica y crece, como ya he dicho en uno de mis aforismos. Ésta es la moralidad de la creación, el fin de todo el drama infinito.

Domingo, 9 de diciembre de 1849.

Y el nuevo hombre ha de ser un hombre completo, y no un hombre fragmentario. El nuevo hombre es el hombre divino. Mientras el antiguo yo, el hombre egoísta, carnal, refractario, impenetrable, conserve una porción del territorio, existirán dos señores, y por consiguiente habrá discordia, y, por tanto, lucha y dolor, e imposibilidad de paz. La paz sólo es posible por la unidad, y sólo hay unidad en el bruto y en el ángel.

La carne y el espíritu -el hombre viejo y el nuevo-, el pecado y la salvación, la muerte y la vida eterna, las tinieblas y la luz, la esclavitud y la libertad son otros tantos sinónimos de esta misma y única lucha del mal y del bien, del hombre y de Dios. La teología, la mitología, tienen maneras diversas de expresarla. Su expresión moral es el combate del egoísmo y del amor. El hombre, cuanto más egoísta, tanto más malo; y cuanto mejor, más amplio será su amor, más profundo, más total. El egoísmo forma una serie decreciente por debajo de cero, cuyo término se representa con el nombre de infierno; y el amor es una manera creciente cuyo término viene expresado con el nombre de paraíso. El egoísmo es la raíz, el principio y el resumen de todo mal. El amor es el lugar ocupado por Dios en el hombre. Ama, es el albergue de la religión y de la moral, el precepto, la recompensa, el bien y la felicidad, la salvación y el cielo.

Lunes, por la mañana, seis y media, 1850.

De modo que has reconocido y penetrado el enigma del amor. Esta palabra, tan comentada en todas las lenguas por la naturaleza y la moral, por la religión y la poesía, no tiene fondo, y ofrece por ello mismo una infinidad de aspectos. Cada cual comprende una parte de estos; pero cuantos más lleguemos a conocer, más inagotable se nos presenta su perspectiva. San Juan y santa Teresa, como Eloísa o Lespinase, mueren de avidez ante el éxtasis o tiemblan de turbación cuando, más allá del cielo conquistado, ven insinuarse otros cielos cada vez más ricos.

El misterio de darse para pertenecerse, de prodigarse para enriquecerse, de no ser nada para serlo todo, este misterio, absurdo para quien no tiene inteligencia, es decir, la posesión, sublime y maravillosa para quien la adivina y la resuelve, es y será el cenit de la existencia espiritual; es la clave del mundo moral, el tesoro del santuario divino.

Berlín, 16 de mayo de 1848.

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HENRI-FREDERIC AMIEL, escritor y filósofo suizo (1821-1881). Diario íntimo, 1839-1850. Edaf, 1974. Traducción: Gonzalo Torrente Malvido.

1 comentario »

  1. Jesús Díaz Formoso:

    Como quiera que no puedo leer a Amiel más que por traducciones, quizás me puedan aclarar si la traducción al Castellano admitiría asimilar:

    Egoísmo a lo “externo”, a lo Material.

    Y Amor a lo “trascendente”, a lo Espiritual.

    Saludos.

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