AQUÍ ESTÁ TODAVÍA LA VERDAD, por León Felipe
“A la hora de la muerte, no hay política. Ni polémica tampoco. Polémica ¿contra quién? Como no sea contra Dios… Porque delante del poeta no están más que el Misterio, la Tragedia y Dios. Detrás quedan los obispos y los comisarios. Y para tener polémica con ellos tendrían que dar un paso hacia delante y tirar la mitra y los galones. Las tribunas proletarias y los púlpitos no son más que guillotinas del amor. Del amor que el poeta salva día tras día de la rueda mecánica de las oratorias y de la bocina de las propagandas. El poeta va recreando con su angustia viva, las esencias vírgenes que matan sin cesar el político y el eclesiástico, esos hombres que piensan que ganan todas las batallas y dejan siempre seco y muerto el problema primario de la justicia del hombre. Cuando todas las demagogias han manchado de baba las grandes verdades del mundo y nadie se atreve ya a tocarlas, el poeta tiene que limpiarlas con su sangre para seguir diciendo: aquí está todavía la verdad”.
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Un poema es un testamento sin compromisos con nadie y donde no hay disputas ni con el canónigo ni con el regidor. Donde no hay política. A la hora de la muerte, no hay política. Ni polémica tampoco. Polémica ¿contra quién? Como no sea contra Dios… Porque delante del poeta no están más que el Misterio, la Tragedia y Dios. Detrás quedan los obispos y los comisarios. Y para tener polémica con ellos tendrían que dar un paso hacia delante y tirar la mitra y los galones.
El poeta va descubierto y sin adjetivos. Es el hombre desnudo que habla y pregunta en la montaña, sin que le espere ya nadie en la ciudad. Habla siempre dentro del círculo de la muerte y lo que dice, lo dice como si fuese la última palabra que tuviera que pronunciar. La muerte está tumbada a sus pies cuando escribe, esperando a que concluya. Y cuando ya no tenga nada que decir, nada que confesar, la muerte se pondrá de pie y le dirá, cogiéndole del brazo: ¡Vámonos!

Sus últimas palabras serán éstas:
Me voy.
Os dejo mi silla
y me voy.
No hay bastantes zapatos para todos
y me voy a los surcos.
Me encontraréis mañana
en la avena
y en la rumia del buey
dando vuelta a la ronda.
Seguidme la pista, detectives,
seguidme la pista como Hamlet al César.
Anotad:
El poeta murió.
El poeta fue enterrado,
el poeta se transformó en estiércol,
el estiércol abonó la avena,
la avena se la comió el buey,
el buey fue sacrificado, con su piel labraron el cuero,
del cuero salieron los zapatos…
Y con estos zapatos en que se ha convertido el poeta
¿hasta cuándo -yo pregunto, detectives-
hasta cuándo seguirá negociando
el traficante de calzado?
¿Por qué no hay ya zapatos para todos?
Este poema es una vieja canción de amor que han matado los hombres y que el poeta quiere recrearla con su vida. Nunca se recrea nada con menos. Es un grito cristiano que los obispos han clavado en la rueda inacabable de la liturgia eclesiástica para que la asesine la rutina. Y el líder político que la lleva en su programa también, la ha lanzado al viento como una amenaza para que la estrangule el rencor. Ahora está muerta y no tiene eficacia ni en el norte ni en el sur.
Las tribunas proletarias y los púlpitos no son más que guillotinas del amor. Del amor que el poeta salva día tras día de la rueda mecánica de las oratorias y de la bocina de las propagandas. El poeta va recreando con su angustia viva, las esencias vírgenes que matan sin cesar el político y el eclesiástico, esos hombres que piensan que ganan todas las batallas y dejan siempre seco y muerto el problema primario de la justicia del hombre.
Cuando todas las demagogias han manchado de baba las grandes verdades del mundo y nadie se atreve ya a tocarlas, el poeta tiene que limpiarlas con su sangre para seguir diciendo: aquí está todavía la verdad.
¿Por qué no hay zapatos para todos?
Las Biblias las hacen y las renuevan los poetas; los obispos las deshacen y las secan; y los políticos las desprecian, porque piensan que la parábola no es una herramienta dialéctica.
* * *
LEÓN FELIPE, “Doctrina de un poeta español en 1.939”, Obra poética escogida, Espasa-Calpe, prólogo por Gerardo Diego. [FD, 04/07/2006]
2 comentarios »
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June 27th, 2007 @ 9:21 pm
No puedo dejar mis zapatos…
Son los zapatos de mi hija que tienen su huella propia…
Dejaré algunos poemas… que tienen sentido… para mí… quizás… para uno o dos que me quieren… ¿Universales ? Qué va…
¡Sí que hay zapatos para todos !
Recordad… los zapatos de su infancia… y, dadles un poquitín de brillo… y sale… una poesía!
Umfi.
October 7th, 2007 @ 6:40 pm
Gracias por difundir un español ejemplar…