EL HOMBRE QUE DIVISÓ LA LIBERTAD, por J. López Pacheco
“La humanidad es un camino en marcha que lleva a la felicidad suprema, la cual es posible en este mundo. Yo me hallo en las primeras filas” (A. Chéjov).
* * * * * *
La obsesión de Chéjov, se podría resumir del siguiente modo: vivimos una vida sórdida, que se nos va tragando; nosotros estamos ya sacrificados, no gozaremos de una vida mejor, pero nuestro sacrificio tiene que valer, es indudable que servirá para que esa vida mejor surja algún día sobre la tierra.
Debemos trabajar, debemos procurar ir abandonando estas costumbres y estas ideas que nos destruyen, que manchan nuestra dignidad de seres humanos; estamos en la obligación de tener esperanza, de creer que la felicidad -no la utópica Felicidad, con mayúscula, que algunos confunden con el limbo- es posible en este mundo; debemos tenerla y propagarla. Sobre todo, debemos trabajar, porque, sea como sea la vida futura, si es mejor, tendrá que estar basada sobre el trabajo, sobre el respeto al trabajo.
EL AMOR AL HOMBRE Y LOS INTELECTUALES DECADENTES
Junto a esto, el amor al hombre, a la Naturaleza; la crítica de los intelectuales decadentes, de los falsos intelectuales, de “esos que, bajo el disfraz de un profesor, de un mago sabio, ocultan su falta de talento, su torpeza, su tremenda falta de corazón”; el arrepentimiento y la rabia por haberse dejado engañar con falsas ideas que solo sirven para esclavizar a los hombres.
La denuncia de la falta de piedad, del desprecio por el hombre y sus fuerzas maravillosas, por la Naturaleza; la denuncia del “demonio de la destrucción”; la repulsa por la ociosidad y el hastío, que llegan a hacerse contagiosos; el odio a la rutina… Solo la belleza puede proporcionar un descanso, un oasis en medio de la sequedad de semejante vida; pero hasta ella está corrompida por la ociosidad, por las costumbres sucias: “En el hombre todo tiene que ser bello: el rostro, la vestimenta, el alma y los pensamientos” (“Tío Vania”, acto II).
La fe está aumentada, tiene una vida más firme: “Dentro de doscientos, trescientos años, la vida en la tierra será increíblemente hermosa, asombrosa. El hombre necesita una vida así, y si por ahora no existe, su deber es presentirla, esperar, soñar, prepararse para ella; para eso tiene que ver y saber más de lo que vieron o supieron su padre y su abuelo” (“Tres hermanas”, acto I).
EL PESIMISMO DE UN ALMA MÍSTICA NACIONAL
Chéjov se opone a la teoría pesimista sobre el pueblo ruso, en cuanto no atribuye su abulia ni sus arrebatos irracionales a estados místicos más o menos turbios, a una especie de alma mística nacional que pesa sobre cada acto de cada hombre.
El dolor, como elemento purificador, apenas aparece en su obra. Sobre la obra de Dostoyevski, el gran místico del sufrimiento, Chéjov se limitaba a decir: “Está bien, pero esta falta de modestia es presuntuosa”. Poco a poco fue abandonando las doctrinas de Tolstoi, cuya influencia puede apreciarse al comienzo de su obra. “La razón y la justicia me dicen que la electricidad y el vapor son mejores para la humanidad que la castidad y el vegetarianismo” (Carta a Suvorin, 24 de marzo de 1.894).
El no podía conformarse con una aceptación de la situación vergonzosa en que se encontraba el hombre ruso. Y mucho menos podía cantarla, considerarla innata e inevitable. “Cuando se escucha a un hombre culto de aquí, civil o militar, siempre está cansado de luchar con la mujer, cansado de luchar con la casa, cansado de luchar con la propiedad, cansado de luchar con los caballos… Al hombre ruso le es propio en sumo grado un elevado modo de pensar; pero, dígame, ¿por qué vuela tan bajo en la vida? ¿Por qué?” (“Tres hermanas”, acto II).
LA VULGARIDAD DE LOS INDIVIDUOS Y SUS INSTITUCIONES
Su obra entera es la contestación a esta pregunta, y solo un hombre que se preocupó de contestarla pudo llegar a tener la esperanza y a expresarla como él lo hizo, cuando apenas si estaba permitido el hacerlo: “No hacen más que comer, beber, dormir; después…, nacen otros que también comen, beben, duermen y, para no embotarse de tedio, dan variedad a su vida con bajas calumnias, con vodka, con naipes, con pleitos. Y las mujeres engañan a sus maridos, y los maridos mienten, fingen no ver, no oír nada, y una influencia irresistiblemente vulgar pesa sobre los niños, y la chispa divina se apaga en ellos y se convierten en miserables, parecidos entre sí, como los cadáveres, igual que sus padres y sus madres…”
“El presente es abominable; pero, en cambio, cuando pienso en el futuro, ¡qué bien me siento! Tan ligero, tan libre…, y a lo lejos, despunta una luz, diviso la libertad…” (“Tres hermanas”, acto IV). Chéjov ha ido ganando en observación psicológica, ha ido aplicando su ternura hasta que llega a ser como una atmósfera que llena toda la escena.
Sin embargo, no es menos la denuncia que hace de su sociedad; lo que ocurre es que, progresivamente, ha ido dejando de acusar a los individuos para hacerlo a las instituciones. Como hombres, todos pueden tener una justificación; como miembros de una sociedad a cuya podredumbre han contribuido, no. Paralelamente ha ido creciendo también la esperanza. Ya no hay titubeos al expresarla.
NO SE MUERE DEL TODO CUANDO SE MUERE
Su pueblo y la Humanidad pueden sentirse orgullosos de que haya existido. No se equivocó él cuando pensó que no se muere del todo cuando se muere. Su fuerza de vidente, casi profética, partió de la realidad y a la realidad volvió.
Nos gusta terminar este prólogo con unas palabras suyas (“El jardín de los cerezos“, acto IV), llenas de fe en el hombre y en la vida, que podían serle aplicadas a él con toda justicia:
“La humanidad es un camino en marcha que lleva a la felicidad suprema, la cual es posible en este mundo. Yo me hallo en las primeras filas”.
* * *
ANTON CHÉJOV, Teatro completo, prólogo de Jesús López Pacheco, Aguilar, 1979. [FD, 15/06/2006]
7 comentarios »
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June 24th, 2006 @ 5:22 pm
[...] Es más: la felicidad o libertad tiene vocación misionera. Y no se queda jamás confinada en los límites de la individualidad: rebosa de afecto y anhela bañar a toda la humanidad. De ahí que nos identifiquemos totalmente con las palabras del gran Anton Chèjov: “La humanidad es un camino en marcha que lleva a la felicidad suprema, la cual es posible en este mundo. Yo me hallo en las primeras filas”. [...]
June 24th, 2009 @ 3:36 am
El lago [28/04/2009]
Era un lago muy profundo y en ambos lados se elevaban abruptos peñascos. Se podían divisar los grandes bosques de la orilla opuesta y el color primaveral de las nuevas hojas; aquella margen del lago era más escarpada, quizá con más árboles y un follaje más espeso. Esa mañana el agua permanecía en calma y tenía un color verde azulado; realmente era un hermoso lago, con cisnes, patos y, ocasionalmente, una embarcación con pasajeros.
El parque estaba muy bien cuidado y si uno se acercaba a la orilla se encontraba muy cerca del agua completamente limpia, cuya cualidad y belleza parecían penetrar dentro de uno; se podía percibir su aroma, la suave fragancia del aire, el verde césped y uno era parte de eso, moviéndose con la pausada corriente, con los reflejos y la quietud profunda del agua.
Resultaba extraño experimentar una sensación tan grande de afecto, no por algo o por alguien, sino la plenitud de lo que puede llamarse amor. Lo único que importaba era sentir su misma profundidad, pero no con la pequeña mente ridícula y con los incesantes murmullos del pensamiento, sino con el silencio. El silencio es el único medio o instrumento que puede profundizar en ese algo que elude a una mente contaminada.
No sabemos lo que es el amor; conocemos sus síntomas, el placer, la ansiedad, el dolor, etcétera; tratamos de resolver los síntomas, lo cual se vuelve un deambular en medio de la oscuridad y empleamos nuestra vida en eso, hasta que finalmente llega la muerte.
Allí, mientras uno permanecía en la orilla del lago contemplando la belleza del agua, todos los problemas humanos, los problemas de las instituciones, la relación del hombre con el hombre, lo cual es la sociedad, todo eso encontraría su justo lugar si uno de forma silenciosa pudiera profundizar en esta cosa que llamamos amor. Hemos hablado muchísimo sobre el amor; todo joven dice que ama a alguna mujer, el sacerdote a su dios, la madre a sus hijos y, por supuesto, el político juega con eso. En realidad hemos desvalorizado esa palabra cargándola con unos valores sin sentido producto de nuestros estrechos y mezquinos yoes. En este pequeño contexto limitado tratamos de encontrar esa otra cosa, pero amargamente regresamos a nuestra confusión y desdicha de todos los días. Sin embargo, esa cosa estaba allí, en el agua, en todo lo que había alrededor, en la hoja, en el pato que trataba de engullir un pedazo grande de pan, en la mujer que pasaba cojeando; no era una identificación romántica ni una astuta verbalización racionalizada, sino que estaba allí, tan real como ese automóvil o aquel barco.
El amor es la única cosa que dará respuesta a todos nuestros problemas; no, no una respuesta, porque entonces no habría más problemas. Tenemos problemas de todas clases y tratamos de resolverlos sin ese amor, por eso se multiplican y crecen. No es posible alcanzarlo o retenerlo pero, a veces, si permanecemos a la orilla del camino o junto al lago observando una flor, un árbol o al granjero labrando la tierra, si estamos en silencio, no soñando, ni acumulando fantasías o aburridos, sino en profundo silencio, entonces, tal vez, el amor llegue a uno.
Si viene, no trate de atraparlo, no lo atesore como una experiencia; una vez eso le toque, usted nunca más volverá a ser el mismo. Permita que eso actúe y no su codicia, su ira o su justificada indignación social, porque el amor es realmente muy intenso, indómito, y su belleza nada tiene de respetable. Sin embargo, no lo queremos porque sentimos que podría ser demasiado peligroso. Somos animales domesticados dando vueltas en una jaula que hemos construido para nosotros mismos, una jaula con sus rivalidades, sus disputas, sus intolerables líderes políticos, sus gurús que explotan nuestra vanidad y la suya propia con gran delicadeza, o groseramente; dentro la jaula podemos tener anarquía u orden, lo cual se convierte finalmente en desorden. Esto ha venido sucediendo durante muchos siglos, avanzamos y retrocedemos, modificamos los patrones de la estructura social, quizá acabamos con la pobreza aquí o allá, pero si consideramos todo eso lo más importante, entonces perderemos lo otro. De vez en cuando uno debe permanecer solo y, si es afortunado, el amor puede llegar, ya sea con el caer de una hoja o desde aquel distante árbol solitario en medio de un campo desierto.
Del Boletín 1 (KF), 1968
Krishnamurti
June 24th, 2009 @ 7:52 pm
Estimado Jesús D. F.:
Gracias por ese hermoso fragmento que nos aportas. Es pura poesía religiosa.
Creo que Krishnamurti, a pesar de su educación, crianza y militancia en la teosofía, y de haber sido exaltado por su movimiento a la categoría de Nuevo Mesías del Mundo, logró liberarse de semejante delirio supersticioso, y dedicarse a lo que él finalmente consideró la misión de su vida: hacer al hombre incondicionalmente libre. Aunque, en mi modesta opinión, -a la que he llegado tras la lectura de casi toda su obra publicada- no logró zafarse del todo de sus influencias orientalistas ni de la tendencia contradictoria a actuar como un gurú antigurú.
Es la primera vez que opino sobre la personalidad admirable de este filósofo religioso, porque quería matizar que incluso su lenguaje es generalmente muy ambiguo, confuso y difícil de entender, especialmente para un occidental, que carece casi por completo del bagaje cultural y religioso indio.
Por ejemplo, cuando dice que “el silencio es el único medio o instrumento que puede profundizar en ese algo que elude a una mente contaminada”, ¿qué es el silencio? ¿qué es una mente contaminada? Yo creo saber a lo que se refiere porque estudié a los pies de Spinoza, que pulía los conceptos y las palabras como las lentes en su taller de óptica, pero ¿quién podría deducir que por silencio se refiere al entendimiento racional e intuitivo, o que con los términos mente contaminada, charlatana o ruidosa, se refiera a la imaginación y la memoria, y que por silencio (inteligencia pura) y vacío ( extensión pura) se refiera, respectivamente, a la eternidad e infinitud de la Vida?
¿Cómo se puede entender, de igual modo, que el orden genere desorden, si no es porque el pensamiento humano ordinario, individual y subjetivo, está desconectado de la fuente de orden natural y universal, y al pretender imponer su propio orden particular empeora las cosas?
Y aunque estoy de acuerdo con él en lo esencial, no puedo dejar de censurarle, la excesiva vaguedad con que anuncia en este texto la llegada de la iluminación: “el amor puede llegar, ya sea con el caer de una hoja o desde aquel distante árbol solitario en medio de un campo desierto.” Una licencia poética imperdonable en el lenguaje filosófico, aunque éste sea informal, porque puede estar seguro de que es como si hablara al aire.
Al Amor Supremo se llega por la intuición -poder de la mente para ver las cosas en su misma esencia y con absoluta claridad-, poder que desconocen, cuando no niegan, los mismísimos filósofos, pero que es la visión beatífica que a veces han alcanzado, aunque sea a través de la niebla, algunos místicos.
En fin, hoy me ha salido un comentario un poco crítico hacia Krishnamurti. Pero conste, por si no ha quedado claro, que le admiro, le respeto y estoy básicamente de acuerdo con casi todo lo que dijo. Fue un pionero en la exploración de las fronteras de la verdad, y persistirá para siempre, en la memoria de la humanidad, como una luz para todas las generaciones.
Un cordial saludo.
June 24th, 2009 @ 8:15 pm
Querido Jesús, sin dejar de compartir tus siempre enriquecedores comentarios, he de matizar, con todo mi respeto y cariño, la aparentemente críptica voz de K, pues -en mi humilde opinión- una mayor claridad podría “condicionar” al lector.
June 24th, 2009 @ 9:12 pm
Estimado Jesús D. F.:
Ya que estamos metidos en faena, justo cuando recibí tu último comentario estaba frente el ordenador tratando de seleccionar algunos fragmentos del Diario de Amiel para publicarlos en FD, y acababa de releer un texto subrayado que, refiriéndose a su papel de profesor de filosofía, dice así:
“Adoptar el criterio hegeliano: la verdad no puede ni debe enseñarse más que en su estado de claridad perfecta. De modo que: no hay que enseñar lo que no se sabe perfectamente; no se sabe lo que no se ve muy clara y completamente; sólo se ve con claridad aquello que se sabe expresar, y, por tanto, hablar, improvisar, da la medida de la ciencia y debe ser la condición para poder enseñar.”
No tengo ninguna duda de que Krishnamurti sabía de lo que hablaba. Pero ¿cabe la posibilidad de que no fuera un buen enseñante, máxime cuando tengo entendido que, tras el fracaso de sus primeras charlas leídas, decidió improvisar, y que casi siempre habló en inglés, un idioma que al parecer nunca dominó completamente?
Sea como fuere, pienso que un filósofo no debe dedicarse a dar sermones filosóficos a una multitud heterogénea de oyentes, con muy distintas expectativas e intereses, a menos que esté pensando en hacer discípulos -los que nunca se enteran de nada- para fundar una escuela o una doctrina que lleve su nombre. Tal vez debería obligarse a poner sus ideas por escrito, para que los más dotados puedan estudiar y reflexionar sin los condicionamientos de la prisa o de la autoridad que emana de la presencia física del maestro, y sobre todo del magnetismo de su afecto. Eso sí que condiciona.
¿Sabías que Spinoza quiso que se publicara su Ética, fruto del trabajo de quince años, sin nombre de autor? El consideraba que la verdad, poca o mucha, que había alcanzado no era de su propiedad, ni merecía gloria alguna por ello, pues había laborado por su propio interés y -dado que la razón es común a todos los seres humanos-, al mismo tiempo, sin pretenderlo directamente, por el de toda la humanidad. No quiso que sus descubrimientos murieran con él, eso es todo.
La tarea de un predicador popular es otra cosa. El máximo ejemplo de maestro religioso más exitoso que conozco es Jesucristo, y siempre se dirigió al pueblo llano y semianalfabeto. Por eso, “sin parábolas no les hablaba”, adaptándose cuando podía a su débil entendimiento, aunque a su grupo más íntimo de discípulos (los que habían mostrado verdadero interés por entender sus lecciones), “les hablaba claramente y sin alegorías.”
Si digo estas cosas es porque, desde mi juventud, y aún ahora, pienso todos los días en cómo puedo ser más útil a mis semejantes. Y tengo claro que los sermones o conferencias para todos los públicos, pueden servir para ganarte la admiración de algunos, si lo haces bien, pero no servirán para empujar a los más despiertos ni para alumbrar a los que viven a oscuras. Tengo experiencia sobrada al respecto.
Creo que la gente sencilla, pero con inquietudes religiosas, debe acudir a las iglesias, pero como todas están corrompidas por los dogmas y las supersticiones, no sabría qué aconsejarles. Siento la misma compasión hacia ellos que sintió Jesús, cuando los vio como “ovejas sin pastor”. Por eso, antes de dejar el cristianismo protestante, intenté una reforma de las iglesias que acabó como era de esperar. Pero era mi deber intentarlo, y lo intenté. (Es posible que me decida a publicar en fragmentos una ponencia que presenté en un congreso de líderes protestantes, y que tuvo tanta resonancia como escándalo provocó en su momento.)
En fin, amigo, gracias por permitirme intercambiar estas impresiones contigo. No sabes cuánto te lo agradezco.
Un cordial saludo.
June 24th, 2009 @ 9:21 pm
Estimado Jesús, este último comentario me ha parecido tan interesante como denso. Agradecido por la posibilidad que me ofrece al reflexionar sobre él.
Efectivamente, la enseñanza requiere claridad en el preceptor. Pero, ¿esa claridad la considera compatible con la flexibilidad en las convicciones, con la humildad del conocimiento propio, que la verdadera sabiduría exige?
June 24th, 2009 @ 9:41 pm
Quizás no me haya explicado bien: Tómese desde la idea de que la sabiduría ESTÁ en el que quiere aprender.
El “educador” (por utilizar el término de K.) no trasmite su saber, sino que aporta su propia experiencia para ayudar al discípulo a encontrarlo en él mismo.
Por eso, respecto al “saber”, uno y otro solo han de coincidir en la armonía, en la relación íntima que exige el saber, en el respeto hacia el saber ajeno (o mejor, hacia el estadio actual del saber ajeno).
Un afectuoso saludo.