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"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

EL DESEO PURO DE CONOCER Y EL AMOR ARDIENTE POR LO VERDADERO, por Alexis de Tocqueville

Archivado en: -CONCIENCIA VIGILANTE — February 13, 2009 @ 4:23 pm

“Los hombres que viven en las sociedades democráticas no sólo se entregan difícilmente a la meditación, sino que sienten, de manera natural, poco aprecio por ella. En un gran número de hombres encontramos un afán egoísta, mercantil e industrial por los descubrimientos del espíritu, que no hay que confundir con la pasión desinteresada que prende en el corazón de unos pocos; hay un deseo de utilizar los conocimientos y hay un deseo puro de conocer. No es posible que entre tantos no aparezca de vez en cuando algún genio especulativo a quien sólo inflame el amor a la verdad. Podemos estar seguros de de que éste se esforzará por penetrar en los más profundos misterios de la naturaleza, sea cual sea el espíritu de su país y de su tiempo. No necesitará que se le apoye en sus esfuerzos; bastará con no entorpecerlos. Hoy día, es preciso retener al espíritu humano en la teoría para elevarlo hasta la contemplación de las causas primeras. El que la civilización romana muriera a consecuencia de la invasión de los bárbaros es quizá lo que nos inclina a creer que la civilización no puede morir de otra manera. No debemos tranquilizarnos, pues, pensando que los bárbaros están aún lejos de nosotros, pues si hay pueblos que se dejan arrancar la luz de las manos, también hay otros que la sofocan ellos mismos con los pies.”

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Si bien el estado social y las instituciones democráticas no detienen el progreso del espíritu humano, es indiscutible que, al menos, lo impulsan sobre todo en una dirección. Sus esfuerzos, aunque así limitados, siguen siendo grandes. Espero que se me perdone si me detengo un momento a contemplarlos.

LA IGUALDAD INCLINA A LOS HOMBRES A JUZGARLO TODO POR SÍ MISMOS, A DESPRECIAR LAS TRADICIONES Y LOS FORMALISMOS, A DESCONFIAR DE LOS SISTEMAS Y AL TEMOR A PERDERSE EN UTOPÍAS

La igualdad desarrolla en el hombre el deseo de juzgarlo todo por sí mismo, le inclina hacia lo tangible y positivo, y le hace sentir desprecio por las tradiciones y los formalismos. Estas tendencias generales se revelan principalmente en lo que constituye el objeto de este capítulo. Quienes cultivan las ciencias en los pueblos democráticos siempre temen perderse en utopías. Desconfían de los sistemas y quieren acercarse a los hechos para estudiarlos por sí mismos. Como no se dejan impresionar fácilmente por el prestigio de sus semejantes, nunca están dispuestos a dar por buena cosa alguna sólo porque lo afirme una autoridad en la materia; antes bien, se afanan constantemente en buscar el lado débil de la doctrina. Las tradiciones científicas tienen sobre ellos poca influencia; nunca gustan mucho tiempo en las sutilezas de una escuela y desdeñan las palabras altisonantes; penetran lo más posible en las partes principales del tema que les ocupa y gustan exponerlas en lenguaje vulgar. Las ciencias adoptan así un giro más libre y más seguro, aunque menos elevado.

A mi modo de ver, pueden entenderse las ciencias como divididas en tres partes. La primera contiene los principios más teóricos, las nociones más abstractas, aquellas que no tienen aplicación conocida o la tienen muy remota. La segunda se compone de las verdades generales que, aunque pertenecientes a la teoría pura, llevan sin embargo a la práctica por una vía recta y corta. Los procedimientos de aplicación y los medios de ejecución constituyen la tercera. Cada una de estas distintas partes de la ciencia puede ser cultivada por separado, aunque la razón y la experiencia demuestren que ninguna de ellas puede prosperar mucho tiempo si se la separa completamente de las otras dos.

En América se cultiva admirablemente la parte puramente práctica de las ciencias, y se concede gran atención a la parte teórica inmediatamente necesaria a la aplicación; en esto los americanos manifiestan un espíritu claro, libre, original y fecundo, pero en los Estados Unidos no hay casi nadie que se dedique a la parte esencialmente teórica y abstracta de los conocimientos humanos. Los americanos muestran en esto la exageración de una tendencia que, creo yo, ha de hallarse, aunque en menor grado, en todos los pueblos democráticos.

Nada resulta más necesario al cultivo de las ciencias superiores, o de su parte más elevada, que la meditación, ni nada hay menos apropiado para la meditación que el interior de una sociedad democrática. No se da allí, como se da en los pueblos aristocráticos, una clase numerosa que se mantiene en reposo porque se encuentra a gusto, y otra que tampoco se mueve porque desespera de hallarse mejor. Aquí todos se agitan: unos, para obtener el poder, y otros para alcanzar la riqueza. En medio de ese tumulto universal, de ese repetido choque de intereses contrarios, de ese continuo progreso de los hombres hacia la fortuna, ¿dónde encontrar la calma necesaria para las profundas maquinaciones de la inteligencia? ¿Cómo detener el pensamiento en un punto determinado, cuando todo se agita alrededor y uno mismo se siente arrastrado y zarandeado por la impetuosa corriente que arrolla todo?

Es preciso distinguir la agitación permanente que reina en el seno de una democracia tranquila y ya constituida, los movimientos tumultuosos y revolucionarios que acompañan casi siempre al nacimiento y desenvolvimiento de una sociedad democrática. Cuando tiene lugar una revolución violenta en un pueblo civilizado, no puede dejar de dar un impulso súbito a los sentimientos y a las ideas. Esto es verdad sobre todo en las revoluciones democráticas, que al conmover a todas las clases de que se compone un pueblo hacen nacer al mismo tiempo inmensas ambiciones en el corazón de cada ciudadano.

Si los franceses han hecho de repente tan admirables progresos en las ciencias exactas al mismo tiempo que destruían los restos de la antigua sociedad feudal, hay que atribuir esta súbita fecundidad no a la democracia, sino a la revolución sin ejemplo que acompañó a su desarrollo. Así pues, lo ocurrido en tal ocasión constituye un hecho particular; sería imprudente ver en ello el indicio de una ley general.

Las grandes revoluciones no son más comunes en los pueblos democráticos que en los otros; incluso me inclino a creer que lo son menos. Pero reina en el seno de esas naciones un movimiento pequeño aunque incómodo, una especie de incesante ir y venir de los hombres unos sobre otros, que turba y distrae el espíritu sin alentarlo ni elevarlo.

EL MUNDO NO PROGRESA MEDIANTE LARGAS Y SABIAS DEMOSTRACIONES: LA RÁPIDA VISIÓN DE UN HECHO PARTICULAR, EL ESTUDIO COTIDIANO DE LAS CAMBIANTES PASIONES DE LA MULTITUD, LA FORTUNA DEL MOMENTO Y LA HABILIDAD PARA APROVECHARLA SON LOS HECHOS DECISIVOS EN TODOS LOS ASUNTOS

Los hombres que viven en las sociedades democráticas no sólo se entregan difícilmente a la meditación, sino que sienten, de manera natural, poco aprecio por ella. El estado social y las instituciones democráticas inducen en la mayoría de los hombres una acción constante; pero los hábitos intelectuales que favorecen la acción no siempre convienen al pensamiento. El hombre que obra frecuentemente tiene que contentarse con lo logrado, ya que nunca llegaría al término de su propósito si tratara de perfeccionar cada detalle. Tiene que apoyarse sin cesar en las ideas en las que no ha podido profundizar por falta de tiempo, pues más le conviene la oportunidad de la idea de que se sirve que de su rigurosa justeza; y, en todo caso, le resulta menos arriesgado hacer uso de unos principios falsos que consumir su tiempo en establecer la verdad de todos sus principios. El mundo no progresa mediante largas y sabias demostraciones. La rápida visión de un hecho particular, el estudio cotidiano de las cambiantes pasiones de la multitud, la fortuna del momento y la habilidad para aprovecharla son los hechos decisivos en todos los asuntos.

En tiempos de acción generalizada existe, pues, una tendencia a exagerar el valor de los reflejos rápidos y las concepciones superficiales de la inteligencia, y, por el contrario, a despreciar exageradamente su labor lenta y profunda. Esta opinión general influye en el juicio de los hombres que cultivan las ciencias; les persuade de que pueden prescindir con éxito de la meditación o les aparta de aquellas que la exigen.

Hay muchas maneras de estudiar las ciencias. En un gran número de hombres encontramos un afán egoísta, mercantil e industrial por los descubrimientos del espíritu, que no hay que confundir con la pasión desinteresada que prende en el corazón de unos pocos; hay un deseo de utilizar los conocimientos y hay un deseo puro de conocer. No digo que en algunos hombres no nazca, de tarde en tarde, un amor ardiente e inextinguible por la verdad, que se nutre de sí mismo y goza incesantemente sin poder satisfacerse jamás. Es este amor ardiente, orgullosos y desinteresado por lo verdadero, el que conduce al hombre hasta las fuentes abstractas de la verdad para beber en ellas las primeras ideas.

Si Pascal no hubiese perseguido más que un gran beneficio, o incluso si sólo le hubiera movido el deseo de gloria, dudo que hubiera logrado concentrar, como lo hizo, todo el poderío de su inteligencia en el descubrimiento de los más recónditos secretos del Creador. Cuando veo cómo arrancaba a su alma, en cierto modo, de las atenciones corrientes de la vida, a fin de consagrarla toda entera a esta investigación, y, rompiendo prematuramente los lazos que la atan al cuerpo, moría de viejo antes de cumplir los cuarenta años, me quedo sobrecogido y comprendo que no es una causa ordinaria la que puede producir un esfuerzo tan extraordinario.

El porvenir mostrará si estas pasiones, tan raras y fecundas, nacen y se desarrollan con igual facilidad en el ambiente de las sociedades democráticas como en el seno de las aristocracias. Por lo que a mí respecta, confieso que me cuesta creerlo.

En las sociedades aristocráticas, la clase que dirige la opinión y los asuntos, por estar situada de manera permanente y hereditaria sobre las masas, tiene naturalmente una magnífica idea de sí misma y del hombre. Tiende a imaginar para éste goces gloriosos y fija objetos magníficos para sus deseos. Las aristocracias realizan a menudo actos tiránicos e inhumanos, pero rara vez conciben pensamientos bajos, y muestran cierto orgulloso desdén por los pequeños placeres, a los que sin embargo se entregan; esto da a todas las almas un tono muy elevado. En tiempos aristocráticos, se tienen generalmente ideas muy vastas de la dignidad, de la potencia, de la grandeza del hombre. Estas opiniones influyen tanto en quienes cultivan las ciencias como en todos los demás; facilitan el impulso natural del espíritu hacia las más elevadas regiones del pensamiento y le predisponen de manera natural a concebir el amor sublime, y casi divino, por la verdad.

Los sabios de tales tiempos se ven, pues, llevados a la teoría, e incluso suelen concebir un marcado desdén por la práctica. “Arquímedes -dice Plutarco- tuvo un espíritu tan elevado que jamás se dignó dejar por escrito ninguna obra sobre el modo de construir aquellas máquinas de guerra; y por reputar vil, baja y mercenaria toda esta ciencia de inventar y componer máquinas, y en general todo arte que aporte alguna utilidad al ponerlo en práctica, consagró su espíritu y su tiempo a escribir únicamente sobre cosas cuya hermosura y sutileza no estuvieran en modo alguno mezcladas con la necesidad”. Un ejemplo de la concepción aristocrática de las ciencias.

QUIEN SÓLO SE INFLAME CON EL AMOR POR LA VERDAD, SE ESFORZARÁ POR PENETRAR EN LOS MÁS PROFUNDOS MISTERIOS DE LA NATURALEZA, SEA CUAL SEA EL ESPÍRITU DE SU PAÍS Y DE SU TIEMPO

No podría ser la misma en las naciones democráticas. La mayoría de los hombres que componen estas naciones se sienten ávidos de goces materiales y presentes, a la vez que están siempre descontentos de la posición que ocupan; y al no estar constreñidos a ella, no piensan sino en los medios de cambiar su fortuna o aumentarla. A unos espíritus así dispuestos, todo método nuevo que lleve más rápidamente a la riqueza, toda máquina que abrevie el trabajo, todo instrumento que disminuya los gastos de producción, todo descubrimiento que facilite los placeres y los aumente, les parecerá el más magnífico logro de la inteligencia humana. Es éste principalmente el aspecto de las ciencias al que los pueblos democráticos se entregan, y por el que las comprenden y las honran. En tiempos aristocráticos se busca especialmente en las ciencias el placer espiritual; en las democracias, el del cuerpo.

Podéis estar seguros que cuanto más democrática, culta y libre se auna nación, tanto más aumentará el número de esos cultivadores interesados del genio científico, y más provecho, gloria e incluso poder darán a sus descubridores los hallazgos inmediatamente aplicables a la industria; pues, en las democracias, la clase que trabaja interviene en los asuntos públicos, y quienes la sirven pueden esperar de ella tantos honores como dinero.

Resulta fácil comprender cómo, en una sociedad organizada de este modo, el espíritu humano se ve insensiblemente llevado a descuidar la teoría y, por el contrario, se siente enérgicamente impulsado hacia la aplicación, o al menos hacia esa parte de la teoría que necesitan los técnicos.

En vano le mueve una inclinación instintiva hacia las más altas esferas de la inteligencia., pues el interés le hace descender a las intermedias. Ahí es donde despliega su fuerza y su fuerza y su inquieta actividad, que engendra maravillas. Esos mismos americanos que no han descubierto ni una sola de las leyes generales de la mecánica han introducido en la navegación una máquina nueva que está cambiando la faz del mundo.

Ciertamente, estoy lejos de pensar que los pueblos democráticos de nuestros días estén destinados a ver extinguirse en ellos las luces trascendentales del espíritu humano, ni siquiera a que no se enciendan nuevas luces en su seno. En estos tiempos en que vivimos, y entre tantas naciones ilustradas a las que incesantemente atormenta el afán de la industria, los lazos que unen entre sí las distintas partes de la ciencia no pueden dejar de atraer las miradas; y el mismo amor a la práctica, si es ilustrado, debe llevar a  os hombres a no descuidar la teoría. Entre tantos intentos de aplicaciones, entre tantas experiencias repetidas a diario, es casi imposible que dejen de aparecer a menudo leyes muy generales; de modo que serán frecuentes los grandes descubrimientos, aunque los grandes inventores sean raros.

Por otra parte, tengo fe en las altas vocaciones científicas. Si la democracia no induce a los hombres a cultivar las ciencias por sí mismas, en cambio aumenta inmensamente el número de quienes las cultivan. No es posible que entre tantos no aparezca de vez en cuando algún genio especulativo a quien sólo inflame el amor a la verdad. Podemos estar seguros de de que éste se esforzará por penetrar en los más profundos misterios de la naturaleza, sea cual sea el espíritu de su país y de su tiempo. No necesitará que se le apoye en sus esfuerzos; bastará con no entorpecerlos. Lo que quiero decir es esto: la desigualdad permanente en las condiciones sociales lleva a los hombres a recluirse en la investigación orgullosa y estéril de las verdades abstractas, mientras que el estado social y las instituciones democráticas le predisponen a no cultivar las ciencias sino sus aplicaciones inmediatas y útiles.

Esta tendencia es natural e inevitable. Su conocimiento resulta curioso, y puede ser que hasta necesario. Si los que están llamados a dirigir las naciones de nuestros días percibieran claramente por avanzado estos instintos nuevos que pronto serán irresistibles, comprenderían que, con cultura y con libertad, los hombres que viven en los siglos democráticos no pueden dejar de perfeccionar la parte industrial de las ciencias, y que, en adelante, todo el esfuerzo del poder social deberá dirigirse a sostener los estudios avanzados y a crear grandes pasiones científicas.

ES PRECISO RETENER AL ESPÍRITU HUMANO EN LA TEORÍA, PARA ELEVARLO A LA CONTEMPLACIÓN DE LAS CAUSAS PRIMERAS

Hoy día, es preciso retener al espíritu humano en la teoría, pues por sí mismo corre hacia la práctica, y en lugar de hacerle volver repetidamente al examen detallado de los efectos secundarios, conviene apartarle de ellos de vez en cuando para elevarlo hasta la contemplación de las causas primeras.

El que la civilización romana muriera a consecuencia de la invasión de los bárbaros es quizá lo que nos inclina a creer que la civilización no puede morir de otra manera.

Si las luces que nos alumbran llegaran alguna vez a extinguirse, se irían oscureciendo poco a poco y como por sí mismas. A fuerza de recluirse en la aplicación, se perderían de vista los principios, y cuando se hubieran olvidado enteramente los principios, se aplicarían mal los métodos que derivan de ellos; no cabría inventar otros nuevos, y se emplearían sin inteligencia ni arte sabios procedimientos ya ininteligibles.

Cuando hace trescientos años arribaron los europeos a la China, encontraron que todas las artes habían alcanzado allí un cierto grado de perfección y se asombraron de que, habiendo llegado a ese punto, no hubieran avanzado más. Después descubrieron vestigios de avanzados conocimientos que se habían perdido. Esto les permitió comprender esa como inmovilidad en la que habían hallado el espíritu de aquel pueblo. Los chinos, aunque seguían los pasos de sus padres. habían olvidado las razones que los guiaban.

Continuaban utilizando la fórmula, pero sin investigar su sentido; conservaban el instrumento, pero ya no poseían el arte de modificarlo ni de reproducirlo. Así pues, los chinos no podían cambiar nada. Tenían que renunciar a la mejora. Se veían obligados a imitar siempre y en todo a sus padres, o a caer en tinieblas impenetrables si se apartaban por un momento del camino trazado por estos últimos.  La fuente de los conocimientos humanos estaba casi agotada, y aunque el río siguiera corriendo, ya no podía aumentar su causal ni cambiar su curso.

No obstante, la China subsistía apaciblemente desde hacía siglos; sus conquistadores habían adoptado sus costumbres y el orden reinaba en ella. Una especie de bienestar material se observaba por todas partes. Las revoluciones eran muy raras, y la guerra, por así decirlo, desconocida.

No debemos tranquilizarnos, pues, pensando que los bárbaros están aún lejos de nosotros, pues si hay pueblos que se dejan arrancar la luz de las manos, también hay otros que la sofocan ellos mismos con los pies.

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ALEXIS DE TOCQUEVILLE, La democracia en América II, Primera parte, capítulo 10. Alianza Editorial, 2006. Traductora: Dolores Sánchez de Aleu.

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