LA MORAL EN LA ESTACADA, por Jesús Nava
“Spinoza pega a las veces, mediante sofismas, una doctrina de la virtud a su panteísmo fatalista, pero más a menudo deja a la moral en la estacada.” ARTHUR SCHOPENHAUER
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Nunca he podido comprender por qué un hombre tan inteligente como Schopenhauer (1788-1860), que seguramente merece figurar entre los grandes de la filosofía, hizo este juicio tan torpe de la “Ética” de Spinoza.
Me consta que apreciaba a Spinoza tanto como despreciaba a Hegel. Por eso estoy seguro de que no lo hizo con intención de denigrarle, aunque creo que se equivocó al adjudicarle la etiqueta, ya tradicional, de panteísta y fatalista. De esta tradición nos ocuparemos en otra ocasión.
LA FUERZA DE LA VIRTUD NATURAL
Sin embargo, considero fuera de lugar afirmar que Spinoza “pega mediante sofismas” la idea de virtud a su concepción de la Naturaleza y totalmente injusto acusarle de dejar a la moral “en la estacada”. Es cuestión de opiniones, por supuesto.
A mí me parece que su deducción de la virtud (“virtus” = potencia) como expresión de la potencia común de la Naturaleza, en la que el hombre está inserto inevitablemente y de la que forma parte esencial, es impecable.
Uno de los méritos indudables de Spinoza consistió en devolver al hombre su naturalidad, contra la opinión de los teólogos que sólo podían concebir “algo tan bien hecho” como una obra “divina o sobrenatural”.
Con esta certera intuición que, como otras muchas del filósofo, sería evidente para todos si no les estorbaran sus prejuicios, sitúa al hombre en la Naturaleza, cuyas leyes sigue, como una cosa natural más. Y de ahí deduce que “la virtud no es otra cosa que actuar según las leyes de la propia naturaleza”.
MORAL Y DEBER
La moral convencional depende más que nada de la educación y le viene al hombre de afuera; no ocurre así con la virtud, que brota de la razón y emana del espíritu humano con admirable espontaneidad. Por eso, porque la virtud es potencia, sólo los espíritus fuertes puedan ser realmente virtuosos.
Dicho de otra forma: no es virtuoso el que quiere, sino el que puede. Los demás tienen que contentarse con estar bien educados y someterse voluntariamente, si tienen suficiente sentido común, a los prudentes principios de la razón.
Se me ocurre que la distinción entre moral y virtud se podría ilustrar mediante la diferencia entre la obligación y el deber. La obligación se nos impone desde el exterior y, aunque la asumamos, no es propiamente nuestra; el deber nos mueve desde el interior y consigue que seamos fieles a nuestra verdadera forma de ser.
Por eso, yo definiría la virtud, de acuerdo con Spinoza, como la necesidad natural e innata de hacer las cosas bien.
Hacer de la necesidad (no de la fatalidad), virtud. Esa es la clave. Una clave que, mucho me temo, Schopenhauer no comprendió.
FD, 02/12/2005
“Mi propósito es encontrar la verdad, no refutar a otro como si se tratara de un adversario.” CICERÓN
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