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"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

LOS MAESTRUCHOS OPACOS, por Petronio

Archivado en: -CONCIENCIA VIGILANTE — August 17, 2010 @ 7:11 pm

“Por esta razón pienso yo que los jóvenes en nuestras escuelas se vuelven necios del todo, porque ni oyen hablar ni ven que se hable de ninguno de nuestros problemas cotidianos, sino de piratas que acechan en la costa con cadenas, de tiranos que promulgan disposiciones por las que ordenan a los hijos decapitar a sus propios padres, de oráculos que para cortar una epidemia exigen la inmolación de tres o más doncellas, azucarillos en fin de palabrería, y todo, palabras y hechos, como adobado con adormidera y ajonjolí. Quienes son educados en este ambiente no pueden tener gusto, como no puede tener buen olfato los que están metidos en la cocina. Todavía ningún maestrucho opaco había anulado el ingenio de sus alumnos, cuando ya Píndaro, o mejor los nueve líricos, habían sentido escrúpulos de cantar con los versos de Homero. ¿Qué sucede, pues? Los padres son los dignos de censura, que no quieren que sus hijos aprovechen medianamente una disciplina rígida. En primer lugar, ofrendan a la ambición, como hacen con todo, incluso sus propias esperanzas. Si permitieran que el esfuerzo fuera gradual, de modo que los jóvenes estudiantes recibieran el riego de lecturas serias, fueran ajustando sus espíritus a los preceptos de la filosofía, sacaran a la luz las palabras con un estilo impecable, oyeran una y otra vez los modelos que quisieran imitar, y se convenciesen de que nada de lo que seduce a los muchachos posee categoría, ya tendría el excelso arte del discurso su densa majestad. Pero ahora los muchachos enredan en la escuela, los mayorcitos hacen el ridículo en el foro y, lo que es peor, nadie en la vejez quiere confesar que hizo mal sus estudios.”

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¿Son acaso agitados por otra clase de furias los declamadores que vociferan: “Estas heridas las recibí por la libertad del pueblo, este ojo lo perdí por vosotros; dadme un acompañante que me lleve junto a mis hijos, pues mis piernas mutiladas no pueden sostener mi cuerpo”? Tales excesos serían tolerables si abriesen camino a los que aprenden elocuencia; pero, por el momento, sus temas hinchados y el estruendo huero de sus frases sólo les sirven para que, cuando lleguen al foro, se crean transportados a un mundo distinto.

LOS JÓVENES DE NUESTRAS ESCUELAS SE VUELVEN NECIOS DEL TODO, PORQUE LOS MAESTRUCHOS OPACOS NO LES HABLAN DE LOS PROBLEMAS COTIDIANOS, SINO QUE LOS ADULAN CON AZUCARILLOS DE PALABRERÍA

Por esta razón pienso yo que los jóvenes en nuestras escuelas se vuelven necios del todo, porque ni oyen hablar ni ven que se hable de ninguno de nuestros problemas cotidianos, sino de piratas que acechan en la costa con cadenas, de tiranos que promulgan disposiciones por las que ordenan a los hijos decapitar a sus propios padres, de oráculos que para cortar una epidemia exigen la inmolación de tres o más doncellas, azucarillos en fin de palabrería, y todo, palabras y hechos, como adobado con adormidera y ajonjolí.

Quienes son educados en este ambiente no pueden tener gusto, como no puede tener buen olfato los que están metidos en la cocina. Permitidme que os lo diga: vosotros habéis sido los primeros en echar a perder la elocuencia. Al despertar entusiasmo con sonidos ligeros, o por mejor decir, vacíos, habéis conseguido que el cuerpo del discurso resulte desnervado y endeble. Todavía la juventud no estaba limitada por este tipo de declamaciones cuando un Sófocles y un Eurípides encontraron las palabras precisas parta expresarse. Todavía ningún maestrucho opaco había anulado el ingenio de sus alumnos, cuando ya Píndaro, o mejor los nueve líricos, habían sentido escrúpulos de cantar con los versos de Homero.

Pero para no traer en mi apoyo exclusivamente a poetas, a fe que no veo que Platón y Demóstenes hayan acudido a este tipo de ejercicios. La grande y, por así decirlo, casta elocuencia no es postiza ni hinchada, sino que se impone con su belleza natural. Poco ha que esta garrulería ventosa y sin mesura emigró de Asia a Atenas y sofocó las nobles tendencias de nuestra juventud como si ésta quedase bajo la influencia de un astro maléfico; y, una vez adulterado el fundamento de la elocuencia, se paró ésta en seco y quedóse muda. ¿Quién, en resumen,  ha alcanzado luego la fama de un Tucídides? ¿Quién, la de un Hipérides? Y ni siquiera la poesía mantuvo el brillo de un color sano; como alimentados con un mismo pan, ninguno de los géneros literarios pudo ver encanecer sus cabellos a fuerza de años. La pintura incluso no tuvo otro fin, luego que la osadía de los egipcios descubrió una simplificación de tan grande arte.

No llevó con calma Agamenón que yo declamara en el pórtico un discurso más largo que el que a él tantos sudores le había costado en la escuela.

LOS PADRES SON LOS DIGNOS DE CENSURA, QUE NO QUIEREN QUE SUS HIJOS APROVECHEN MEDIANTE UNA DISCIPLINA RÍGIDA; PUES HASTA ELLOS MISMOS OFRENDAN A LA AMBICIÓN, COMO HACEN CON TODO, INCLUSO SUS PROPIAS ESPERANZAS

Jovencito -me dijo-, ya que dices cosas de un sabor nada común y, lo que es más raro, aprecias el buen sentido, no te ocultaré los secretos de nuestro arte. Bien es verdad que los profesores incurren en censuras con estos ejercicios, pero es que necesitan desvariar con los que no tienen bien el seso. Porque si no dicen cuanto es del agrado de los muchachitos, como dice Cicerón, “se quedarán solos en la escuela”. Los aduladores de profesión, cuando van a ganarse la cena en casa rica, lo primero y único en que piensan es lo que creen que será especialmente grato a su auditorio (pues, en efecto, no conseguirán lo que andan buscando si no atrapan en sus redes a los oídos); pues así es el profesor de elocuencia: si no pone en su anzuelo, como el pescador, el cebo que sabe que apetecerán los peces, se queda en la escollera sin esperanza de pesca.

“¿Qué sucede, pues? Los padres son los dignos de censura, que no quieren que sus hijos aprovechen medianamente una disciplina rígida. En primer lugar, ofrendan a la ambición, como hacen con todo, incluso sus propias esperanzas. Luego, cuando llega el momento de ver realizados sus deseos, lanzan al foro a gentes con estudios sin digerir y visten a niños recién nacidos con la elocuencia, de la que proclaman que nada hay más grande. Si permitieran que el esfuerzo fuera gradual, de modo que los jóvenes estudiantes recibieran el riego de lecturas serias, fueran ajustando sus espíritus a los preceptos de la filosofía, sacaran a la luz las palabras con un estilo impecable, oyeran una y otra vez los modelos que quisieran imitar, y se convenciesen de que nada de lo que seduce a los muchachos posee categoría, ya tendría el excelso arte del discurso su densa majestad. Pero ahora los muchachos enredan en la escuela, los mayorcitos hacen el ridículo en el foro y, lo que es peor, nadie en la vejez quiere confesar que hizo mal sus estudios. Pero para que no pienses en una improvisación típica de la modestia de Lucilio, voy a condensar en unos versos lo que experimento:

Si alguien va tras los efectos de arte tan severo y aplica su mente a temas excelsos, practique lo primero las reglas de la frugalidad con exactitud rigurosa. Y no se cuide del palacio insolente de aspecto altanero ni se procure, simple cliente, cenas con poderosos, ni entregado a los vicios anegue en vino el fuego de su inspiración, ni tome asiento en el teatro para aplaudir con la claque los párrafos del autor. Ahora bien, háyale dado su sonrisa la ciudad de la belicosa Tritonia o la tierra habitada por colonos espartanos, o la patria de las sirenas, conceda sus primeros años a la poesía y beba en la fuente Meonia con pecho feliz. Luego, formado en la grey socrática, dése rienda suelta, y blanda las armas del genial Demóstenes. Después, desparrámese en su torno la hueste romana, y su voz, hasta entonces adornada con resonancias griegas, cambie de gusto con nueva inspiración. De cuando en cuando, alejadas del foro, corran sus lecturas y haga oír su voz la fortuna marcada con con rápidos cambios. Sean su festín las guerras evocadas en recio poema, y truenen amenazadoras sus palabras grandiosas como las del insuperable Cicerón. A este buen sentido ciñe tu espíritu, y así, en ríos inagotables, henchido de las Musas, brotarán tus palabras.

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CAYO PETRONIO ÁRBITRO (14-65 d.C.), escritor y político romano. El Satiricón, Ediciones Orbis, 1983. Traducción de Manuel Díaz y Díaz. FD, 14/12/2008.

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