LA REBELIÓN DE LAS ÉLITES O LA REVOLUCIÓN A LA INVERSA, por David Jiménez
“Desde Castro a Corazón Aquino, el a menudo fallido manual de la revolución aboga por devolver la voz al pueblo y acabar con los privilegios de las clases dominantes. Tailandia le ha dado la vuelta al concepto para mostrar al mundo que también se puede hacer a la inversa: una rebelión de las clases privilegiadas destinada a limitar el poder de los pobres. Los manifestantes que han tomado los dos principales puertos de Bangkok, atrapando a miles de turistas y poniendo al Gobierno contra las cuerdas, forman parte de un peculiar movimiento que mezcla a las élites conservadoras aglutinadas alrededor del Ejército, la monarquía y las grandes fortunas de la capital, todo ello aderezado con demócratas liberales y sectores de la clase media. Lo que comenzó como una plataforma para luchar contra la corrupción y el nepotismo ha ido degenerando en un movimiento con fines políticos que contradicen el nombre elegido para la causa. ‘Pueblo’ y ‘Democracia’ no están en su lista de objetivos. Tampoco importa, porque la suya nunca fue una rebelión de las masas. La clave no está en cuánta gente sale a la calle, sino en un Ejército que les apoya y protege, una monarquía que vería con buenos ojos la caída de un Gobierno corrupto, pero elegido democráticamente, jueces dispuestos a saltarse las leyes y familias con el dinero para financiar la causa. Es la revolución a la inversa.”
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BANGKOK.- Desde Castro a Corazón Aquino, el a menudo fallido manual de la revolución aboga por devolver la voz al pueblo y acabar con los privilegios de las clases dominantes. Tailandia le ha dado la vuelta al concepto para mostrar al mundo que también se puede hacer a la inversa: una rebelión de las clases privilegiadas destinada a limitar el poder de los pobres.
UNA PLATAFORMA PARA LUCHAR CONTRA LA CORRUPCIÓN HA DEGENERADO EN UN MOVIMIENTO POLÍTICO QUE NO TIENE AL PUEBLO NI LA DEMOCRACIA ENTRE SUS OBJETIVOS
Los manifestantes que han tomado los dos principales puertos de Bangkok, atrapando a miles de turistas y poniendo al Gobierno contra las cuerdas, forman parte de un peculiar movimiento que mezcla a las élites conservadoras aglutinadas alrededor del Ejército, la monarquía y las grandes fortunas de la capital, todo ello aderezado con demócratas liberales y sectores de la clase media.
La Alianza del Pueblo para la Democracia (APD) fue fundada en 2005 por Sondhi Limthongkul después de que el magnate local se enfrentara a su antiguo amigo y ex primer ministro Thaksin Shinawatra. Lo que comenzó como una plataforma para luchar contra la corrupción y el nepotismo ha ido degenerando en un movimiento con fines políticos que contradicen el nombre elegido para la causa. ‘Pueblo’ y ‘Democracia’ no están en su lista de objetivos.
Sondhi ha pedido que en adelante sólo un 30% de los asientos del parlamento sean elegidos por votación directa y que el restante 70% se complete con personas elegidas ‘a dedo’ por grupos profesionales. Las dos principales instituciones del país que tradicionalmente han escapado al control de los Gobiernos civiles, la monarquía y el Ejército, deberían tener un papel más activo en el Gobierno, según su modelo. “Es obvio que sus propuestas son claramente antidemocráticas y que ya no creen en los políticos elegidos por el pueblo”, asegura Supinya Klangnarong, de la Campaña para la Reforma de los Medios, un grupo prodemocrático tailandés.
Los manifestantes de la APD alegan que los políticos se aprovechan de la falta de educación y la pobreza de las zonas rurales para comprar votos, una acusación que quedó confirmada en las últimas elecciones: el 70% de los electores aseguraba en una encuesta estar dispuestos a cambiar su voto por algo de dinero e incluso sacos de arroz. Aldeas enteras se decantaron por uno u otro candidato según la cantidad de ganado que recibieron.
TODOS LOS POLÍTICOS, UNOS CORRUPTOS
Los tailandeses mantienen la creencia de que todos sus políticos están corrompidos y han aprendido que su situación difícilmente variará con unos u otros. ¿Por qué no lograr al menos algo material de ellos una vez cada cuatro años?
En 2001 el ex policía convertido en magnate de la comunicación Thaksin Shinawatra ofreció una novedad. Aparte de enriquecerse personalmente y legislar a favor de sus negocios, el entonces nuevo primer ministro implementó políticas populistas que incluyeron la concesión de créditos a los campesinos y la creación de sanidad pública. “Todos roban, pero al menos él hacía algo por nosotros”, dice Pipat, que trabaja como peón en la construcción de un bloque de apartamentos del centro de Bangkok.
Thaksin aprovechó su popularidad para acumular poder, debilitar las instituciones democráticas y acosar a la prensa independiente. Su ambición y populismo fueron vistos como una amenaza por la influyente monarquía y las élites conservadoras, temerosas de que se impusiera un nuevo modelo de sociedad que les haría perder sus privilegios.
Las élites encontraron su brazo armado -y revolucionario- en la Alianza del Pueblo para la Democracia (APD) que estos días mantiene bloqueados los puertos de Bangkok. Los últimos tres años de lucha, sin embargo, no han logrado evitar que el clan populista de Thaksin vuelva una y otra vez al poder, sobreviviendo a ofensivas judiciales, un golpe de Estado y el exilio de su mentor.
El trasfondo de la crisis que vive Tailandia es una brecha cada vez más amplia entre las poblaciones de las zonas rurales, sobre todo en el norte del país, y las clases medias y altas de Bangkok. Los límites de la APD han quedado en evidencia al no haber podido congregar a más de 10.000 manifestantes en los últimos meses de revuelta en una ciudad de siete millones de habitantes como Bangkok, sin llegar nunca a extender su movimiento más allá de la capital.
Tampoco importa, porque la suya nunca fue una rebelión de las masas. La clave no está en cuánta gente sale a la calle, sino en un Ejército que les apoya y protege, una monarquía que vería con buenos ojos la caída de un Gobierno corrupto pero elegido democráticamente, jueces dispuestos a saltarse las leyes y familias con el dinero para financiar la causa. Es la revolución a la inversa y, al lograr aislar el país por aire, sabe que tiene el triunfo al alcance de la mano.
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DAVID JIMENEZ, Corresponsal, 30/11/2008. Fuente: elmundo.es
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December 1st, 2008 @ 3:02 pm
Los gobiernos son elegidos para servir a sus respectivas naciones. Ningún gobierno es elegido para delinquir contra su nación, usando el estado que le proporciona la nación, como útil de trabajo.
En el mismo instante en el que los empleados al servicio de la nación, dirijan contra la nación el poder de la nación, esta debe despojarlos de ese poder e inhabilitarlos para las servidumbres contratadas, reponiendo a otros en su lugar, bajo los mismos controles y vigilancia.
No existen cantidad de votos suficientes que justifiquen o legitimen el uso criminal del estado, ni criminales mangoneando al estado. Controlar, vigilar a sus servidores, o en su defecto, arrojar a los criminales del estado no es ninguna revolución. Ni directa ni inversa. Es un deber ineludible de todo ciudadano, de la misma manera que un empresario cualquiera lo ejerce al hacerlo sobre los empleados que no cumplen sus deberes y obligaciones con su trabajo.
Las revoluciones siempre persiguen cambios sustanciales de fondo. Bien sean sociales, culturales, económicos, políticos, etc. Despedir a empleados problemáticos y delincuentes, no alcanza esa categoría. Solo puede tener la consideración de solucionar un problema ‘laboral’ a nivel de estado.
Tarea pendiente en el estado Español, desde que el general Mola lo intentara por primera vez.
Saludos cordiales, Jesús.
December 1st, 2008 @ 8:46 pm
Estimado Clandestino:
Gracias por tu comentario. ¿De verdad crees que no sería revolucionario conseguir que los ministros del gobierno sean, como el nombre de su cargo indica, y tu mismo indicas, “servidores” de la nación, y que todos los funcionarios del Estado “funcionen” como empleados a sueldo de los contribuyentes a cuyo servicio y disponibilidad deben estar permanentemente? ¡Sería la más grande revolución política de los dos últimos siglos!
Porque, estoy de acuerdo contigo en que ni los votos autorizan a robar ni a delinquir contra la nación. Pero ¿de qué servirá sustituir unos administradores probadamente deshonestos por otros que también lo serán? ¿Dónde buscaremos funcionarios o magistrados incorruptibles? Si, como dices, los nuevos estarían sometidos a “los mismos controles y vigilancia”, de hecho: a ninguno, volveríamos a tener la misma corrupción o mayor.
Sí, amigo Clandestino, la clave no está en reemplazar a unos por otros (en cualquier caso a ver como los echas), ni en separar los poderes y cambiar la ley electoral (aunque sea un cambio necesario), sino en que el pueblo, por mayoría, se decida a asumir la responsabilidad del autogobierno, que consiste, entre otras cosas, en elegir al legislativo, elegir al ejecutivo, formar parte de jurados para juzgar los delitos civiles y políticos, y constituir una milicia capaz de defender al país y su modo de vida de cualquier agresión.
Igualmente importante para un gobierno del pueblo es nombrar a sus representantes por períodos tan cortos que no les dé tiempo a hacer daño (“Donde acaba la elección anual, comienza la tiranía.” Jefferson); controlar y vigilar estrechamente la labor de sus delegados en las instituciones, dándoles menos poder cuanto más lejos estén de su control y vigilancia; y participar activamente en las deliberaciones y el gobierno de los asuntos del municipio, ámbito natural donde se desenvuelve la vida cotidiana de los ciudadanos.
Y una cosa más: hay que respetar las decisiones de los electores, como si fueran sagradas, aunque sea por mayoría de un solo voto. Zapatero, con el sistema electoral vigente (sistema proporcional, lista de partidos y elección indirecta), ha revalidado su presidencia. Los que se conforman con lo que hay, puesto que no quieren cambiar nada, y votaron, aunque fuera por otro candidato o partido, deben aceptar ese hecho.
En cambio, si yo no voto, es porque considero que el actual sistema político sólo sirve para que un pueblo de esclavos elija a sus amos cada cuatro años. Y como no soy conformista, quiero cambiar el sistema. Y cambiar un mal sistema, por otro más justo, es hacer una revolución. Aunque los timoratos pueden elegir llamarlo “un nuevo comienzo creativo o una reforma a fondo”. ¡Si será por palabras!
Y como se trata de reemplazar una oligocracia o gobierno de unos pocos, por una democracia o gobierno de todos, se trata de una revolución por la libertad. Que esa revolución sea violenta o pacífica dependerá de la resistencia que ofrezca al cambio la podrida clase política actual (integrada por los mercenarios a sueldo de todos los partidos), y de que el vaso de la ira acumulada en el corazón de la población oprimida y expoliada por los que mandan, llegue a su colmo o no. Que en España no llegará, pierde cuidado.
Sólo hay una salida a esta situación, Clandestino, ya lo sabes: formar un gran partido, al estilo del descrito por Tocqueville. O eso o a joderse.
Un cordial saludo.
December 8th, 2008 @ 1:27 am
Hombre Jesús sabes que nuestros objetivos son comunes. Trato de matizar las formas y diferenciarlas según las entiendo y las interpreto.
El que los cargos cumplan con sus deberes debería ser la normalidad. Si no cumplen sus deberes, deberemos acometer una rebelión contra unos políticos que utilizan el estado con fines bastardos.
Entiendo la revolución, como innovación. Inmplantación de algo nuevo. Allanar el camino a la evolución y al progreso. No necesariamente ha de ser política o bélica. La mayoría de revoluciones son cultas, cívicas y pacíficas. Revolución industrial, comercial, cultural, religiosa, tecnológica, agrícola, arquitectónica, deportiva…
La democracia está datada desde los filósofos griegos, pero puede venir de siglos o milenios anteriores. No se puede hacer una revolución democrática. Cuando un gobierno no respeta la justicia, automáticamente viola los derechos ciudadanos. Eso se produce porque el pueblo no ejerce el debido control sobre sus ’servidores’. Cuando un gobierno delinque deben ser los otros poderes independientes los que los juzguen o destituyan. Cuando no hay tal división de poderes, es porque no hay tal democracia. Entonces es la rebelión la que debe expulsarlos, y sustituirlos, una o mil o las veces necesarias, cada vez que se detecte a los felones prostituyendo nuestro poder, retocando cada vez hasta conseguir tapar todos los agujeros que la democracia abre al crimen.
Saludos cordiales