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"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

LA TRISTEZA Y EL ESCEPTICISMO ENVENENAN EL ESPÍRITU, por Jesús Nava

Archivado en: -FILOSOFÍA CORDIAL — August 30, 2010 @ 9:45 pm

-Comentario-

Mi estimado Jesús -que conste que lo digo en voz baja para que no me escuche mi representado:

No es de sorprender, ahora que presto atención a su nombre, que tengamos algunas discrepancias -no puedo evitar aportar cierto grado de humor a mis opiniones-. Pienso que todo es opinable. Éste, probablemente, sea uno de mis defectos -no hay ironía aquí-. Carezco de convicciones y, como bien usted insinúa, de optimismo. No creo idealizar la ignorancia, pero puede que aun esté más lejos de idealizar la sabiduría.

En cuanto a la cita que hace de Spinoza: “Si el que más sabe aprecia ignorancia en otro, es su deber instruirle y hacerle mejor, no humillarle y hacerle peor”, podría llegar a percibirse en ella cierta arrogancia, por mejores intenciones que su autor pudiera tener, pues, además de preciarse de sabio, se pone por encima del otro, quien, de sacar provecho de su consejo o guía, podrá, haciéndose mejor, alcanzar su estatura moral. De ésta cita sólo podría compartir eso de no humillar al otro, pues nunca entendí el sentido de ello.

Para terminar, decir que de ningún modo podría yo refutar eso de que la sabiduría es, para el sabio, una fuente de dicha perenne, pues nunca superé a Sócrates en sabiduría, sufriendo las lógicas consecuencias. Pero no es la idea debatir. Además, hablaría muy mal de mí si intentara hacerlo cambiar a usted de opinión o de postura, para que adoptara la mía. Su intento, por el contrario, podría considerarse plausible, pero como persona considerada que creo ser, debo advertirle que probablemente sería en vano.

Un saludo, y no vaya a hacerse mala sangre por mí, pues si es cierto lo que dicen los argentinos, tengo a Dios muy cerca.

-Respuesta-

Estimado amigo:

¿Hacerme mala sangre por cuestión de opiniones? ¡Ni hablar! Pero si no tuviéramos opinión, a cierta edad, sobre las cuestiones esenciales de la vida, menudos pelanas filosóficos seríamos. Y si algunas de ellas, tras ser sometidas al crisol de la razón, una y otra vez, salen purificadas y brillantes como el oro, y no tenemos más remedio que aceptarlas como verdaderas, pues se imponen a nuestro entendimiento como ciertas -incluso contra nuestro deseo de que lo sean-, ¿no sería egoísta e inhumano privar a la Humanidad del disfrute de tesoros tan maravillosos?

¿Es la verdad, acaso, una propiedad privada? ¿Son nuestras las ideas que nos vienen a la mente cuando está inspirada? ¿Poseemos por fortuna la fuente de esa luz que nos ilumina con su claridad el corazón? ¿Por qué, pues, vamos a considerar presuntuoso -en lugar de lo que realmente es: un acto de generosidad y de amor-, querer enseñar al que no sabe? ¿Hay un modo mejor de demostrar el talento y la buena voluntad hacia los hombres que induciéndoles a vivir bajo la guía de su propia inteligencia? ¿Vamos a descalificar a todos los buenos maestros de escuela por gozar enseñando a nuestros hijos a ser hombres y mujeres hechos y derechos? ¿Censuraremos a los grandes maestros espirituales  (luminarias que nos muestran el camino en el que nos han precedido) el que hayan compartido con nosotros su visión de la Verdad y de la Vida? Por mi parte, lejos de tacharlos de arrogantes por hacerlo, los tendría por monstruos si nos hubieran ocultado su conocimiento superior.

Pero, pierda cuidado. La sabiduría es misionera. Nadie puede alcanzar una migaja de verdad sin dar saltos de alegría, y sin sentir el impulso irresistible de comunicar el hallazgo a otros. Basta con exponer y proponer afectuosamente, sin petulancia (y hasta conteniendo nuestro júbilo, para no herir la suceptibilidad de los que están ayunos de conocimiento), nuestra verdad pequeña o grande, sin pretender imponerla jamás. Eso es modestia, la virtud que nos mantiene en equilibrio entre dos extremos igualmente viciosos: la arrogancia y la humildad. No olvidemos que también se puede renunciar a enseñar a los ignorantes por soberbia o indiferencia, dos modalidades del odio.

Cosa muy diferente es que me diga que, como Sócrates, no tiene conciencia de saber nada. Pero fíjese, cómo usted mismo añade que, por ello, ha tenido que sufrir las “lógicas consecuencias”. Y es que sólo hay una cosa más dolorosa que saber todo a medias, y es el no saber nada. Porque la mente no puede soportar la incertidumbre en los asuntos esenciales de la vida. No hay peor tormento que la duda. Ignorar si hay habitantes en otras galaxias nos es indiferente, porque no nos afecta; pero no conocer a ciencia cierta nada sobre nuestro propio ser puede resultar insoportable. Por eso, el que no puede saber, se limita a creer, es decir, a dar por cierto lo que ha oído. Y el que ni siquiera puede creer, se desespera.

Nuestra imaginación está condicionada por mil factores externos; y se da la paradoja de que cuanto más nos afianzamos en la idea de que es imposible para nosotros entender la verdad, o tener ideas claras y distintas, más nos privamos a nosotros mismos de ellas; ya que pensando que no podemos progresar, no nos decidimos a intentarlo y, por ese mismo motivo, no progresamos.

Pero somos hombres, amigo mío, nada más que hombres. Y, por supuesto, podemos equivocarnos. Porque también el error deslumbra a veces; como el oropel, que no es oro, pero se le parece. No obstante, no hay razón para dejarse abatir; antes, al contrario, ”si acaso descubriera que el fruto que ya he extraído del entendimiento natural, era falso, al menos una vez, eso me haría dichoso. Porque yo gozo y procuro pasar la vida no sumido en la tristeza y el llanto, sino con tranquilidad, alegría y jovialidad, y así asciendo un grado más.” (Spinoza)

Por eso, porque soy hombre y sé que puedo equivocarme, me gusta intercambiar opiniones, y conversar con amigos, entre risas y bromas, ¿por qué no? El arco que está siempre tenso, a punto de disparar la flecha, pierde fuerza. De ahí que les conceda un margen de confianza a dos bonitos aforismos poéticos de Machado: “En mi soledad he visto cosas muy claras, que no son verdad”; así que, “poned atención: un corazón solitario no es un corazón”.

Perdóneme que insista. Deseche la melancolía y el escepticismo: envenenan el espíritu. Y filosofe cordialmente, pero no lo haga siempre en solitario: la soledad excesiva marchita el corazón.

Un cordial saludo.

FD, 17/12/2008.

Comentario y respuesta en ¿PARA QUÉ SIRVE UN FILÓSOFO?

3 comentarios »

  1. Javier:

    Maravilloso. Estupenda reflexión.
    Gracias.

  2. Jesús Nava:

    Gracias a usted, Javier. Si publico mis reflexiones, acertadas o no, es pensando únicamente en personas como usted, que las pueden disfrutar, y con quienes disfruto compartiéndolas.

    Un cordial saludo.

  3. david:

    :D

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