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"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

EL ESTADO SOCIAL DE LOS INDIOS DE AMÉRICA DEL NORTE, por Alexis de Tocqueville

Archivado en: -MUNDO LIBRE — August 5, 2010 @ 7:13 pm

“Los indios, aunque ignorantes y pobres, son todos libres e iguales. Dulce y hospitalario en la paz e implacable en la guerra hasta rebasar los límites conocidos de la ferocidad humana, el indio se exponía a morir de hambre por socorrer al extraño que llamase por la noche a la puerta de su cabaña, pero desgarraba con sus propias manos los miembros palpitantes de su prisionero. Las más famosas repúblicas de la Antigüedad no conocieron jamás un valor más firme, almas más orgullosas ni un amor tan tenaz por la independencia. Los europeos produjeron poca impresión al abordar las orillas de América del Norte; su presencia no provocó ni envidia ni miedo. ¿Qué imperio podían tener sobre unos hombres como aquéllos? El indio sabía vivir sin necesidades, sufrir sin quejarse y morir cantando. Como todos los otros miembros de la gran familia humana, estos salvajes creían por lo demás en la existencia de un mundo mejor y adoraban, bajo nombres diversos, al Dios creador del universo. Sus nociones sobre las grandes verdades intelectuales eran, en general, simples y filosóficas.”

* * * * * *

Los inmensos desiertos de América del Norte no estaban enteramente privados de la presencia del hombre; algunos pueblos erraban hacía siglos bajo las sombras selváticas y por los pastos de las praderas. Desde la desembocadura del San Lorenzo hasta el delta del Mississippi, y desde el océano Atlántico hasta el mar del Sur, mostraban estos salvajes ciertos puntos de semejanza que atestiguan un origen común.

EL INDIO NO SE DEBÍA MÁS QUE A SÍ MISMO; SUS VIRTUDES, SUS VICIOS Y SUS PREJUICIOS ERAN OBRA DE LA INDEPENDENCIA SALVAJE DE SU NATURALEZA

Por lo demás, diferían de todas las razas conocidas (1); no eran ni blancos como los europeos, ni amarillos como la mayoría de los asiáticos, ni negros como los africanos; su piel era rojiza, sus cabellos largos y relucientes, delgados sus labios y pronunciados sus pómulos.

El indio sabía vivir sin necesidades, sufrir sin quejarse y morir cantando.

Las lenguas que hablaban los pueblos salvajes de América diferían entre sí en las palabras, pero todas estaban sometidas a las mismas reglas gramaticales. Estas se apartaban en varios puntos de las que hasta entonces habían dirigido la formación del lenguaje entre los hombres.

El idioma de los americanos parecía el producto de combinaciones nuevas, revelando, por parte de sus inventores, un esfuerzo de la inteligencia del que los indios de nuestros días no nos parecen capaces.

El estado social de estos pueblos también difería, en distintos aspectos, de lo conocido en el Viejo Mundo: habríase dicho que se habían multiplicado libremente en el seno de sus desiertos, sin contacto alguno con razas más civilizadas que la suya. Así, pues, no se encontraban entre ellos esas nociones dudosas e incoherentes del bien y del mal, esa profunda corrupción que suele ir unida a la ignorancia y a la rudeza de las costumbres en naciones civilizadas y vueltas a la barbarie. El indio no se debía más que a sí mismo; sus virtudes, sus vicios, sus prejuicios, eran obra exclusiva suya, producto de la independencia salvaje de su naturaleza.

La grosería de los hombres del pueblo en los países civilizados no se debe únicamente al hecho de ser ignorantes y pobres, sino a que, siéndolo, se hallan diariamente en contacto con hombres ilustrados y ricos.

LOS INDIOS, AUNQUE IGNORANTES Y POBRES, ERAN TODOS LIBRES E IGUALES

Al ver su infortunio y su debilidad, que contrastan cada día con la felicidad y el poder de algunos de sus semejantes, se excitan en su corazón la cólera y el miedo al mismo tiempo; el sentimiento de su inferioridad y de su dependencia les irrita y les humilla. Este estado interior del alma se refleja en sus costumbres y en su lenguaje y los hace a la vez insolentes y bajos.

Es esta una verdad que puede comprobarse fácilmente por la observación. El pueblo es más grosero en los países aristocráticos que en los demás; en las ciudades opulentas que en el campo.

En estos lugares que albergan a hombres tan ricos y poderosos, los débiles y los pobres se sienten como agobiados por su bajeza, y no alcanzando a ver algún medio que les permita lograr la igualdad, pierden la confianza en sí mismos y se dejan caer por debajo de la dignidad humana.

Grupo de indios.

Este lamentable efecto del contraste de condiciones no se encuentra en la vida salvaje: los indios, aunque ignorantes y pobres, son todos libres e iguales.

Cuando llegaron los europeos, el indígena de América del Norte ignoraba aún el precio de las riquezas y mostraba indiferencia por el bienestar que el hombre civilizado adquiere con ellas. No obstante, ninguna grosería se observaba en él. Por el contrario, imperaban en su forma de obrar una reserva habitual y una especie de cortesía aristocrática.

EL INDIO SABÍA VIVIR SIN NECESIDADES, SUFRIR SIN QUEJARSE Y MORIR CANTANDO

Dulce y hospitalario en la paz e implacable en la guerra hasta rebasar los límites conocidos de la ferocidad humana, el indio se exponía a morir de hambre por socorrer al extraño que llamase por la noche a la puerta de su cabaña, pero desgarraba con sus propias manos los miembros palpitantes de su prisionero. Las más famosas repúblicas de la Antigüedad no conocieron jamás un valor más firme, almas más orgullosas ni un amor tan tenaz por la independencia, como los que ocultaban los bosques salvajes del Nuevo Mundo (2).

Los europeos produjeron poca impresión al abordar las orillas de América del Norte; su presencia no provocó ni envidia ni miedo. ¿Qué imperio podían tener sobre unos hombres como aquéllos? El indio sabía vivir sin necesidades, sufrir sin quejarse y morir cantando (3).

Como todos los otros miembros de la gran familia humana, estos salvajes creían por lo demás en la existencia de un mundo mejor y adoraban, bajo nombres diversos, al Dios creador del universo. Sus nociones sobre las grandes verdades intelectuales eran, en general, simples y filosóficas. [...]

Aunque el vasto país que acabamos de describir estuvo habitado por numerosas tribus indígenas, se puede decir con justicia que en la época del descubrimiento no era todavía más que un desierto. Los indios lo ocupaban, pero no lo poseían. Es por medio de la agricultura como el hombre se apropia del suelo, y los primeros habitantes de América del Norte vivían del producto de la caza. Sus prejuicios implacables, sus indómitas pasiones, sus vicios y, quizá más aún, sus virtudes salvajes les arrastraban a una destrucción inevitable.

La ruina de estos pueblos se inició el día que los europeos llegaron a sus costas; continuó luego de modo ininterrumpido; en nuestros días ha terminado de consumarse. La Providencia, que los situó en medio de las riquezas del Nuevo Mundo, parece no haberles concedido más que un corto usufructo; ellos estaban allí, en cierto modo, como esperando. Estas costas, tan bien preparadas para el comercio y la industria, estos ríos tan profundos, este inagotable valle del Mississippi, este continente entero, parecían entonces como la cuna, vacía aún, de una gran nación.

Era allí donde los hombres civilizados tenían que intentar edificar la sociedad sobre fundamentos nuevos, y donde aplicando por vez primera unas teorías hasta entonces desconocidas o reputadas como inaplicables, ofrecerían al mundo un espectáculo para el cual la historia del pasado no le había preparado.

*

NOTAS.- (1) Posteriormente se han descubierto algunas semejanzas entre la conformación física, la lengua y las costumbres de los indios de América del Norte y la de los tunguses, manchúes, mongoles, tártaros y otras tribus nómadas de Asia. Estas últimas ocupan una posición cercana al estrecho de Bering, lo que hace suponer que en una época remota pudieron venir a poblar el desierto continente americano. Pero la ciencia todavía no ha llegado a aclarar este punto. (2) Entre los iroqueses, atacados por fuerzas superiores, dice el presidente Jefferson (Notas sobre Virginia) que se ha visto a los ancianos negarse a huir o a sobrevivir a la destrucción de su país, y desafiar a la muerte como los antiguos romanos durante el saco de Roma por los galos. Y más adelante: “No existe un sólo ejemplo -dice- de un indio caído en poder de sus enemigos que haya pedido gracia. Por el contrario, se ve al prisionero buscar la muerte, digámoslo así, a manos de sus vencedores, insultándoles y provocándoles de mil maneras”. (3) Cuanto dice Jefferson, especialmente, es de gran peso, por el mérito personal del escritor, por su posición particular y por el positivismo y exactitud del siglo en que escribió.

* * *

ALEXIS DE TOCQUEVILLE, La democracia en América I, primera parte, capítulo 1. Alianza Editorial, 2006. Traductora: Dolores Sánchez de Aleu. [MLD, 02/08/2008]

3 comentarios »

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  2. carolina:

    inspirador y de una simpleza digna de leer y recoradar de donde venimos la mayoria.

  3. luis astet canal:

    Bueno…; la verdad que este articulo BREVE pero muy INTERESANTE, es bastante CONMOVEDOR… pero, -
    quiere mayor extension este Capitulo de los Indigenas en USA, como existen en otras areas hispanoamericanas, los articulos como este son muy poquisimos en los EE.UU…. la razon verdadera de
    esta injusta relegacion no la encuentro…, un americano actual(poblador corriente de los EE.UU.)ig
    nora por completo esta etapa de SU HISTORIA, es su historia aunque los hayan despojado a sus verdaderos propietarios…, siquiera por AGRADECIMIENTO a las Buenas Tierras que hoy Disfrutan
    ……

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