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"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

LAS FINALIDADES DE UNA EDUCACIÓN PROVECHOSA, por Thomas Jefferson

Archivado en: -MUNDO LIBRE — February 25, 2009 @ 7:09 pm

“Enumerar todas las desventajas de enviar a un joven a Europa, para estudiar, requeriría un volumen. Si va a Inglaterra aprenderá a emborracharse, sabrá de carreras de caballos y de boxeo. Esas son las peculiaridades de la educación inglesa. Las circunstancias siguientes son comunes a la educación en ese y otros países de Europa. Adquiere gusto por el lujo y la disipación europeos, y un desprecio por la simplicidad de su propio país; se siente fascinado por los privilegios de los aristócratas europeos, y contempla con repulsión la encantadora igualdad entre pobres y ricos de su propio país; desarrolla una parcialidad favorable a la aristocracia o la monarquía; se ve llevado, debido a la más poderosa de las pasiones humanas, a un espíritu de aventura con las mujeres, destructor de su felicidad y de la ajena, o a una pasión por las rameras que arruina su salud, y en ambos casos aprende a considerar la felicidad al tálamo matrimonial como práctica no caballerosa e incompatible con la felicidad; regresa a su país como un forastero, incapaz para las costumbres de la economía doméstica necesarias que le preservarían de la ruina, hablando y escribiendo su lengua nativa como un extranjero y, por lo mismo, descalificado para las distinciones que la elocuencia con la pluma y la palabra asegura en un país libre; pues, en mi opinión, nunca hubo caso de alguien que hablase o escribiese en su lengua nativa con elegancia si estuvo desde los quince a los veinte años fuera del país donde se hablaba. Me parece por eso que, al venir a Europa para estudiar, un americano pierde en conocimiento, en moral, en salud, en costumbres y en felicidad. Alimentaba algunas dudas al respecto antes de venir a Europa, pero lo que veo y oigo desde que estoy aquí supera con mucho lo antes sospechado.”

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Querido señor:

Habría contestado antes al párrafo de vuestra carta del 19 de septiembre, preguntando por el mejor centro para la educación de la juventud en Europa, de no haber requerido este encargo algunas investigaciones. Su resultado ha sido restringir la duda a Ginebra y Roma. Son lugares igualmente baratos, y probablemente semejantes en cuanto a la formación.

EN AMÉRICA, SI UN JOVEN QUIERE PREPARARSE PARA LA VIDA PÚBLICA DEBE VOLVER SUS OJOS HACIA LA LEY O LA MEDICINA

La ventaja de Ginebra es que los estudiantes adquieren allí la costumbre de hablar francés. Las ventajas de Roma son el conocimiento de un lugar tan clásico y celebrado; la verdadera pronunciación de la lengua latina; un adecuado gusto en las bellas artes, especialmente en pintura, escultura, arquitectura y música; una familiaridad con los objetos y procesos agrícolas que la experiencia ha mostrado mejor adaptados a un clima como el nuestro y, por último, la ventaja de un buen clima para la salud. También es probable que si os alojaseis en casa de una familia francesa os acostumbraseis a hablar dicha lengua.

En Ginebra no creo que podáis mejoraros gracias a la familiaridad con los principios de ese gobierno. La última revolución convirtió la ciudad en una aristocracia tiránica, que más bien inspirará malas ideas que buenas a un americano. Creo que la balanza se inclina a favor de Roma. Se menciona a veces Pisa como lugar de educación. Pero no ofrece ni la primera ni la tercera ventajas de Roma.

Con todo ¿por qué enviar a un joven americano a Europa para educarse? ¿Cuáles son las finalidades de una educación americana provechosa? Conocer los clásicos, las lenguas modernas, sobre todo el francés, español e italiano; matemáticas, filosofía natural, historia natural, historia civil y ética. En filosofía natural incluyo química y agricultura, y en historia natural la botánica, así como otras ramas de tales saberes.

Es verdad que el hábito de hablar lenguas modernas no puede adquirirse igualmente en América; pero en cualquier otro aspecto es comparable el William and Mary College a cualquier lugar de Europa. Cuando la enseñanza secundaria concluye, y un joven ha de prepararse para la vida pública, debe volver sus ojos (en América) hacia la ley o la medicina. Para lo primero ¿dónde podría encontrar mejor maestro que el Sr. Wythe? Para lo segundo debe ir a Europa. Por consiguiente, los estudiantes de medicina son los únicos que necesitan acudir a Europa.

Pasemos ahora revista a las desventajas de enviar un joven a Europa para estudiar. Enumerarlas todas requeriría un volumen. Seleccionaré unas pocas. Si va a Inglaterra aprenderá a emborracharse, sabrá de carreras de caballos y de boxeo. Esas son las peculiaridades de la educación inglesa. Las circunstancias siguientes son comunes a la educación en ese y otros países de Europa.

AL VENIR A EUROPA PARA ESTUDIAR, UN AMERICANO PIERDE EN CONOCIMIENTO, EN MORAL, EN SALUD, EN COSTUMBRES Y EN FELICIDAD

Adquiere gusto por el lujo y la disipación europeos, y un desprecio por la simplicidad de su propio país; se siente fascinado por los privilegios de los aristócratas europeos, y contempla con repulsión la encantadora igualdad entre pobres y ricos de su propio país; desarrolla una parcialidad favorable a la aristocracia o la monarquía; forma amistades extranjeras que nunca le serán útiles, y deja pasar la época de la vida más propicia para hacer en su propio país amistades reales fieles y permanentes; se ve llevado, debido a la más poderosa de las pasiones humanas, a un espíritu de aventura con las mujeres, destructor de su felicidad y de la ajena, o a una pasión por las rameras que arruina su salud, y en ambos casos aprende a considerar la felicidad al tálamo matrimonial como práctica no caballerosa e incompatible con la felicidad; recuerda los voluptuosos trajes y los artificios de las mujeres europeas, y se avergüenza o desprecia los castos afectos y la sencillez de las de su propio país; conserva a lo largo de su vida un recuerdo placentero y un deseo de los escenarios donde se produjeron sus primeros placeres y relaciones; regresa a su país como un forastero, incapaz para las costumbres de la economía doméstica necesarias que le preservarían de la ruina, hablando y escribiendo su lengua nativa como un extranjero y, por lo mismo, descalificado para las distinciones que la elocuencia con la pluma y la palabra asegura en un país libre; pues os subrayo que lo que llamamos estilo al hablar o al escribir se forma muy pronto en la vida, cuando la imaginación es cálida y las impresiones son permanentes.

En mi opinión nunca hubo caso de alguien que hablase o escribiese en su lengua nativa con elegancia si estuvo desde los quince a los veinte años fuera del país donde se hablaba. No hay ejemplo de persona capaz de escribir perfectamente en dos lenguas. Siempre parecerá su lengua nativa la que le fue más familiar en su juventud.

Me parece por eso que, al venir a Europa para estudiar, un americano pierde en conocimiento, en moral, en salud, en costumbres y en felicidad. Alimentaba algunas dudas al respecto antes de venir a Europa, pero lo que veo y oigo desde que estoy aquí supera con mucho lo antes sospechado.

Mirad a América: ¿quienes son los hombres de mayor conocimiento y elocuencia, los más queridos por sus conciudadanos y aquellos en los que más confían, a los que más promueven? Son los que fueron educados allí, aquellos cuyos modales, morales y costumbres resultan perfectamente homogéneos con los del país.

¿Esperabais que una pregunta tan breve atrajese sobre vos semejante sermón? Me atrevo a decir que no. Pero las consecuencias de la educación extranjera me alarman, como americano que soy. Pero por eso peco por exceso cada vez que entro en el tema. Vos sois lo bastante americano para perdonármelo. Tenedme informado de vuestra salud, y confiad en la estima con la que soy, querido Señor, vuestro amigo y servidor.

Carta a J. Banister, Junior, joven enviado al extranjero debido a su mala salud, que estaba educado en Francia y donde fue encomendado a la atención de Jefferson. París, 15 de octubre de 1785.

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THOMAS JEFFERSON, Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia.

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