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"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

LIBRES, SIERVOS Y CLIENTES, por A. de Francisco (II)

Archivado en: -MUNDO LIBRE — August 29, 2010 @ 9:14 pm

“Podemos pues decir que la fogosidad es esa fuerza interior mediante la que uno se domina a sí mismo, vence al enemigo interior y establece la paz del alma, la amistad consigo mismo y la unidad del yo. Por eso no es una virtud cualquiera, sino “la base de todas las virtudes”.  A su vez, ese hombre libre y virtuoso sabrá suspender sus intereses privados -las bajas pasiones del individuo- y deliberar con sus conciudadanos sobre lo que conviene a la felicidad pública y es justo para la polis. Y si tras la deliberación racional resulta que sus intereses particulares no encajan con los generales, tendrá la valentía y el ardor “patriótico” necesarios para obedecer nuevamente a la razón y sacrificarse al bien público”.

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El republicanismo construye su exigente concepto de libertad por contraposición al de esclavitud o servidumbre. El siervo, frente al libre, es aquel que no vive como quiere sino según la voluntad de su señor, voluntad que se le impone despóticamente. Está, pues, a merced de la ajena jurisdicción: es alieini iuris (1).

En esa medida, y necesariamente, el siervo padece dominación, es decir, puede ser interferido sin consentimiento, arbitrariamente. Si el amo es benevolente o negligente en el ejercicio de su poder, tal vez el esclavo escape de hecho a la interferencia, pero sigue estando, pese a esa feliz contingencia, in potestate domini (en poder del señor).

SÓLO CON FUERTES GARANTÍAS REPUBLICANAS PUEDEN SER LOS HOMBRES LIBRES EFECTIVAMENTE LIBRES

La dominación para el republicanismo es modal: el amo o señor no tiene por qué interferir de hecho en la vida del esclavo o siervo, pero podría interferir si quisiera, a su arbitrio. El poder del señor es así poder arbitrario, no tiene que dar razones ni justificarse cuando se ejerce. Por ello mismo la libertad republicana es extremadamente garantista.

En efecto, sólo con fuertes garantías -la ley, la propiedad, los mecanismos de dispersión y control del poder, la rotación y brevedad de los mandatos, entre otras muchas garantías (2)- pueden los hombres libres ser efectivamente libres, es decir, no temer a la dominación, gobernarse a sí mismos, ser autónomos. La libertad republicana es en buena medida libertad del temor a la opresión.

El hombre libre puede así vivir como quiere sin que nadie le imponga cómo ha de vivir. El hombre libre es sui iuris. Lo es en la esfera privada y lo es en la esfera pública, donde ejerce como ciudadano. Resulta de ello que la ley que a sí mismo se da como ciudadano -la ley pública- no es un límite externo de su libertad personal, como interpreta el liberalismo, sino expresión misma de ella. Los hombres libres -dice Cicerón- hacen “libremente lo que las leyes les obligan a hacer” . La ley que un cuerpo soberano de ciudadanos libres se impone a sí mismo, lejos de ser una interferencia arbitraria en su vida privada, hace posible, creando el ius civilis, su libertad personal.

Hay sin embargo una situación intermedia entre liber y servus, una situación que fue corriente en la Roma clásica: la relación unilateral entre cliente y patrono. Los clientes -la antigua plebe o luego los libertos- no fueron libres sino precariamente. La relación clientelar no estaba basada en la reciprocidad y la igualdad, no era una relación de tú a tú como la amistad, sino una relación  de absoluta desigualdad en la que el patrono domina y el cliente presta un servicio. Por eso, como explica Mommsen, “la clientela tomó la denominación de potestas“.

Ciertamente, el cliente no era siervo pero, no siendo plenamente libre, dependía de su patrono: para prosperar, para defenderse en los tribunales, para el consejo, para el matrimonio. Perteneciendo a un “estado inferior, inmediato a la privación de libertad”, el cliente era en la práctica un numerari inter domesticos; llevaba, como los esclavos, el nombre de la familia que lo patrocinaba. Seguía siendo alieni iuris (3).

EL LIBERALISMO HA CAMUFLADO LAS RELACIONES DE DEPENDENCIA BAJO EL MANTO DE LA LIBERTAD FORMAL

Las relaciones de dependencia con base clientelar no desaparecen con la modernidad. El mundo moderno elimina la figura jurídica del cliente y el patrono, pero en ningún caso el hecho del clientelismo. Lo que hace la modernidad, a la que el liberalismo presta la articulación doctrinaria, es ocultar esas relaciones clientelares bajo el manto de la universalización de derechos de libertad, derechos que de forma nada republicana pierden toda conexión con la propiedad, base material de la independencia real.

Pero no sólo eso: el liberalismo moderno, ocultando esas relaciones clientelares de dependencia, pretende a continuación igualar en  libertad -mediante fiat jurídico/constitucional- al que invariablemente tiene una posición de vulnerabilidad en un mundo regulado por la libertad formal del “contrato”: al asalariado en el contrato laboral, a la mujer en el contrato matrimonial, al deudor en el contrato de arrendamiento, etc.

El republicanismo pudo ser antidemocrático, y lo fue principalmente; pudo querer mantener a las clases subalternas en una “ciudadanía pasiva”, en una idioteia apolítica formalmente igualitaria, o incluso más, pudo querer expulsarlas de la propia sociedad civil. Pero nunca intentó semejante operación de camuflaje de la dominación social, y mucho menos en nombre de la libertad. El hombre sujeto a dominio, siervo o cliente, simplemente no era republicanamente libre. El liber, por el contrario, frente al servus y al cliens, es libre de toda fuente de dominación o tiranía, y no depende de ninguna otra voluntad más que de la suya.

La concepción republicana de la libertad es tan profunda que lleva sus exigencias antitiránicas hasta la república “interior”, hasta la relación con uno mismo, que puede ser de concordia o de conflicto, hasta las fuentes de dominación que proceden de nuestra alma inferior, de nuestros deseos y pasiones. En efecto, para la psicología moral republicana, el hombre libre se gobierna desde dentro, sostiene, por así decir, las riendas de su propia voluntad.

El verdadero hombre libre lleva las riendas de su vida y se ha liberado de las bajas pasiones y los malos deseos. Por eso es fuerte, valiente, generoso y capaz de cualquier sacrificio patriótico.

El concepto con el que la ética antigua denomina a esta forma de libertad interior es el concepto de enkrateia. El gran filólogo alemán, Werner Jaeger, que atribuye a Sócrates la invención del concepto, lo traduce como “dominio de sí mismo” y de él escribe que “equivale a emancipar a la razón de la tiranía de la naturaleza del hombre y a estabilizar el imperio legal del espíritu sobre los instintos”.

SÓLO LOS VIRTUOSOS SERÁN FELICES Y TENDRÁN EL ARDOR PATRIÓTICO DE SACRIFICARSE POR EL BIEN PÚBLICO

El enkrates, dicho de otro modo, tiene la fuerza espiritual suficiente como para vencer sus pasiones y no dejarse llevar por sus malos deseos. Lo cual no siempre es fácil, pues las pasiones y los apetitos a menudo son tenaces y no atienden a razones. La razón no se basta a sí misma. Necesita apoyarse en un aliado.

En el bellísimo libro IV de la República, Platón encuentra a este aliado en un rasgo de la valentía, esto es, la fogosidad. La cosa tiene todo el sentido y no es un capricho poético de Platón. En efecto, si el objetivo es ser libre y no esclavo de uno mismo, hay que enfrentarse a las pasiones y expulsar del alma los malos deseos en una suerte de guerra interior, pues las pasiones desatadas y los deseos indómitos son enemigos del alma humana, de su unidad y armonía internas. Esto nos lo dice la razón. Pero hacer la guerra y vencer es imposible sin el ardor del guerrero, en nuestro caso, sin obedecer con valentía las órdenes que la propia razón dicta.

Dejarse dominar contra la razón por las bajas pasiones y los malos deseos es una forma de debilidad de la voluntad -akrasia- pero también de cobardía, de falta de espíritu de lucha. Podemos pues decir que la enkrateia es esa fogosa fuerza interior mediante la que uno se domina a sí mismo, vence al enemigo interior y establece la paz del alma, la amistad consigo mismo y la unidad del yo. Por eso no es una virtud cualquiera, sino “la base de todas las virtudes”.

Dicho de otro modo, porque el hombre libre se domina a sí mismo puede formarse un carácter virtuoso y aprender a sentir y desear bien. Con buenos deseos y buenos sentimientos actuará bien y actuando bien y actuando bien será feliz, que es de lo que se trata, pues la felicidad es el fin último de la vida humana para la ética clásica. A su vez, ese hombre libre y virtuoso sabrá suspender sus intereses privados -las bajas pasiones del individuo- y deliberar con sus conciudadanos sobre lo que conviene a la felicidad pública y es justo para la polis. Y si tras la deliberación racional resulta que sus intereses particulares no encajan con los generales, tendrá la valentía y el ardor “patriótico” necesarios para obedecer nuevamente a la razón y sacrificarse al bien público.

Está claro que hay naturalezas más fogosas que otras, pero el espíritu de lucha y la valentía también se educan. El carácter es susceptible de ser formado si hay buena escuela, es decir, si en la sociedad rigen normas y valores con carga ética que enseñen a los individuos la templanza y el dominio de sí, si hay instituciones eficaces capaces de forzar determinadas rutinas de comportamiento cívico o de evitar otras que atentan contra el bien público. Detrás de la virtud, pues, está la pedagogía política. Es lo que los griegos llamaban paideia.

NOTAS DEL AUTOR.- (1) De aquí precisamente toma Marx su fundamental concepto de alienación como falta de libertad. Estar alienado, para Marx, es ante todo ser alieni iuris, vivir a merced de otro. En una comunidad de hombres libres no hay, no puede haber, alienación. Sólo el sometimiento y la dominación la generan. (2) Es decir, como escribe Rousseau, “los prodigios que todos los pueblos libres han hecho para garantizarse de la opresión” (Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres). (3) Mommsen responsabiliza a la “turba de clientes” de la corrupción del orden republicano, pese a los esfuerzos de Catón y el partido reformista. Las clientelas, en efecto, auparon a los ricos al poder y se vendieron al nuevo capitalismo emergente desde la segunda guerra púnica, a cambio del suministro gratuito de trigo, de juegos y espectáculos, y auparon a los generales y sostuvieron sus ambiciones dictatoriales, a cambio del pingüe botín de guerra. El proletariado romano no era independiente, como sí lo fue el ateniense, ni tenía la dignidad del campesinado libre, base de la ciudadanía romana primigenia.

* * *

ANDRÉS DE FRANCISCO, Ciudadanía y democracia, capítulo IV (2ª parte). Catarata, 2007. FD, 27/06/2007.

5 comentarios »

  1. Carlos Luís:

    Magnífico, Jesus, muchas gracias. Espero que esto os agrade…

  2. Carlos Luís:

    http://www.youtube.com/watch?v=bPa-IiXBfbY

  3. Carlos Luís:

    Vivir no es muy complicado
    si puedes renacer después y cambiar varias cosas,
    las frivolidades y tanta estupidez.
    Mientes, tú mientes bien.
    Cuando te tengo junto a mí tu me das la razón
    y quisiera decirte que prefiero estar solo,
    y el animal que yo llevo dentro
    no me ha dejado nunca ser feliz.
    Me roba todo, hasta el café.
    Me vuelve esclavo de mis pasiones,
    sin desistir jamás, y nunca espera.
    Y el animal que yo llevo dentro te desea a ti.
    Dentro de mí chispas de fuego
    y el agua que lo apagará.
    Si quieres ver como arde espárcelo en el aire
    o déjalo en la tierra.
    Y el animal que yo llevo dentro
    no me ha dejado nunca ser feliz.
    Me roba todo, hasta el café.
    Me vuelve esclavo de mis pasiones,
    sin desistir jamás, y nunca espera.
    Y el animal que yo llevo dentro te desea a ti.

  4. Jesús Nava:

    Una melodía preciosa. Y una letra muy auténtica. El animal que llevamos dentro nos esclaviza mientras la razón no tome las riendas y le muestre claramente el camino por donde, sin saberlo, a tientas, quiere ir.

    Gracias, Carlos Luis, por rescatar para nosotros, en el desierto espiritual de nuestra triste época, estos oasis de belleza.

    Salud y dicha.

  5. Carlos Luís:

    Esta canción me golpeó un día volviendo a casa, un nudo en la garganta y dos lagrimones sin control. Reconoci a mi viejo “amigo”, ese monstruo severo y exigente, yo. Esta lucha del corazón es el primer paso hacia la libertad. Curiosamente la libertad empieza dentro de nosotros,¿Cabe esperar que comience de otro modo?.

    ¡¡Salud a todos!! :)

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