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"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

¿DEMOCRACIA DE LOS PARTIDOS? SÍ, PERO EN SERIO, por Andrés de Francisco

Archivado en: -MUNDO LIBRE — June 20, 2007 @ 12:41 am

“Las democracias se presentaron -y ha habido muy pocas democracias en la historia- como los Gobiernos de los muchos pobres, de los trabajadores asalariados, de los que vivían por sus manos. Lo curioso es que el ‘democrático’ principio de elección mayoritaria nunca fue la seña institucional de identidad de la democracia histórica, sino el principio sistemáticamente combatido por ella y unido a los Gobiernos aristocráticos u oligárquicos. En realidad, las señas de identidad de la democracia fueron tres mecanismos de participación política: rotación obligatoria en la ocupación de cargos, brevedad de los mandatos y el principio de selección por sorteo”. 

* * * * * *

Una de las grandes paradojas de los grandes partidos políticos contemporáneos -partidos de masas, partidos ‘omnívoros’- es que, siendo fuertemente oligárquicos y autoritarios, repiten a campana herida su inmaculada vocación democrática, su exquisito respeto a las reglas de la democracia interna.

LAS OLIGARQUÍAS SON COMPATIBLES CON LAS ELECCCIONES POR MAYORÍA Y  LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA

Ahora bien, para cualquiera que conozca mínimamente el sentido profundo de la democracia, su sentido histórico, esa paradoja es fácil de desarmar: las oligarquías, es decir, las formas de gobierno donde el poder se concentra en pocas manos, son perfectamente compatibles con la representación política y con el principio de elección por la regla de mayorías.

Elecciones en Palestina. Las oligarquías, es decir, las formas de gobierno donde el poder se concentra en pocas manos, son perfectamente compatibles con la representación política y las elecciones por la regla de mayorías.

Por ceñirnos al caso español y, aún más, a los dos grandes partidos, tanto PSOE como PP son partidos que responden a una misma arquitectura autoritaria y oligárquica de distribución del poder interno, arquitectura exquisitamente respetuosa -insisto- con las reglas mínimas de representación y elección ‘democráticas’. Los dos aspiran -y en sus mejores momentos, como el actual PP, lo consiguen- al mismo sistema piramidal, con cabeza visible de poder, con liturgia cesarista, con congresos predeciblemente plebiscitarios y con férreo control jerárquico desde arriba.

Por debajo de esa fachada democrática, bien al contrario, lo que actúan son redes clientelares que soportan el sistema desde la base hasta la cúspide. Y el que se mueve, como se dijo con acierto plástico en su momento, no sale en la foto.

En un sistema político donde la imagen ha sustituido a la palabra, donde la instantánea televisiva sustituye al argumento impreso, ese modelo jerárquico tiene indudables ventajas electorales a las que los partidos difícilmente saben o quieren sustraerse: traslada a la opinión pública una imagen de unidad y eficiencia y hasta de seriedad y competencia políticas.

Pero el coste es también muy alto: creciente alejamiento, desafección e incredulidad por parte de la ciudadanía, escasa militancia, corrupción interna, ausencia de debate real dentro y fuera de los partidos, etcétera. Si uno de estos grandes partidos está en forma, su esquema organizativo es así de sencillo: las ejecutivas profesionalizadas deciden, las bases ratifican y son movilizadas. Y de la buena conducta de éstas -de su probada lealtad clientelar, de su hoja de servicios prestados- dependerá su propia carrera política ascendente.

LA DEMOCRACIA SIEMPRE COMBATIÓ EL PRINCIPIO ELECTIVO DE REPRESENTANTES, MÁS PROPIO DE LAS OLIGARQUÍAS

Lo que la sociología política de los partidos nos enseña, ya desde Robert Mitchels y Max Weber, es que la relación patrón-cliente dominante en estas organizaciones aupa a los mediocres y serviles y discrimina y margina a los que tienen juicio propio, que alimenta la peor de las ambiciones -la del poder por el poder- y arrumba las ideas genuinas, las convicciones profundas y hasta las vocaciones sinceras de servicio público, que convierte a los partidos en meras maquinarias electorales más o menos bien engrasadas y no en vehículos de comunicación y pedagogía políticas o en plataformas de participación ciudadanas y escuelas de democracia. ¿Y alguien se extraña de que la gente del común -nuestros conciudadanos- huya de los partidos políticos?

Pero la democracia es otra cosa. Y esa otra cosa no son precisamente las primarias, por saludables que fueran en su momento para la cultura política del PSOE y por arrumbadas, manipuladas e impedidas que estén en la actualidad. Las primarias, que no dejan de ser un pequeño rayo de luz democrática, no interesan a las élites dirigentes. Las primarias introducen incertidumbre, dan pábulo a la sorpresa. Y las élites dirigentes no quieren sorpresas ni incertidumbres, sino libertad de acción y control de la organización. Por eso, más en general, les incomoda e inquieta la democracia. ¿Por qué? Para responder hay que hacer un poco de historia. Y hay que hacer un poco de historia porque esa historia de la democracia -larga y tortuosa- se ha olvidado.

Históricamente, por democracia se entendió -y ello hasta bien entrado el siglo XX- lo opuesto de oligarquía. Gobiernos oligárquicos fueron y son Gobiernos -o criptogobiernos ocultos- donde dominan los pocos ricos (los grandes, los nobles, los patricios). Éstos han sido los Gobiernos históricamente dominantes. Frente a ellos, las democracias se presentaron -y ha habido muy pocas democracias en la historia- como los Gobiernos de los muchos pobres, de los trabajadores asalariados, de los que vivían por sus manos. Lo curioso es que el ‘democrático’ principio de elección mayoritaria nunca fue la seña institucional de identidad de la democracia histórica, sino el principio sistemáticamente combatido por ella y unido a los Gobiernos aristocráticos u oligárquicos.

La democracia histórica siempre restringió al máximo el principio electivo para la selección de representantes. Porque ello daba a los grandes la posibilidad de crear y financiar redes clientelares de apoyo político que, así, se hacían sempiternos.

En realidad, las señas de identidad de la democracia fueron tres mecanismos de participación política: rotación obligatoria en la ocupación de cargos, brevedad de los mandatos y el principio de selección por sorteo. Y si miramos a la democracia más antigua y profunda, la ateniense, habría que añadir la paga -misthos- que recibían los ciudadanos por asistir a la asamblea popular o por detentar magistraturas.

La democracia histórica siempre desconfió -y supo restringir al máximo- el principio electivo para la selección de representantes o, por mejor decir, mandatarios. ¿Por qué? Porque ello daba a los grandi la posibilidad de crear y financiar redes clientelares de apoyo político a sus candidaturas que, así, se hacían sempiternas.

LOS CUATRO GRANDES PRINCIPIOS DEMOCRÁTICOS DESAPARECIDOS DE LA PRAXIS POLÍTICA

Los cuatro grandes principios democráticos han desaparecido del discurso político contemporáneo y, mucho más, de la praxis política partidaria. Vaya usted a un partido cualquiera con ellos, propóngalos. Ya le anticipo la reacción: o bien una sonrisa autocomplaciente de indiferencia ante lo exótico o bien un rictus de autodefensa ante lo absurdo. ¡Hasta tal punto ha calado la cultura autoritaria en el seno de los partidos que se dicen democráticos!

Pero no se desanime usted y entre y analice un partido cualquiera. Si a éste le va bien, verá un bloque monolítico e inatacable de poder piramidal; si le va mal, descubrirá el encono fratricida con el que las distintas familias se tiran a degüello, verá los odios enquistados, la desconfianza entre ‘camaradas’ y una lucha abierta por el poder. Y ahora aplique a estos últimos los sencillos remedios democráticos. Haga rotar las secretarías ejecutivas, recorte la duración de sus mandatos, selecciónelos por sorteo (no es siquiera necesario que los incentive económicamente), deje si quiere la elección de representantes para los congresos federales.

Se sorprenderá de los resultados: todos se verán obligados a convivir, a compartir, a deliberar, unas veces con unos otras con otros; las redes clientelares no tendrán soporte organizativo, los arribistas -que los hay a granel en los partidos- ya no encontrarán el modo de diseñar sus estrategias, los venales no tendrán mercancía que vender, los que viven con permiso de sus patrones ocuparán cargos con el solo permiso del azar, la rotación y su propia disponibilidad, pues el sorteo a nadie obliga y a todos habilita; la participación interna -y el debate- se enriquecerán; con la quiebra de las clientelas y la rotación obligatoria los acomodados -los que aspiran a vivir de la política y no pisan freno moral para conseguirlo- perderán su estructura de incentivos; las mejores ideas se abrirán camino, los brillantes y los contestatarios y los rebeldes tendrán su oportunidad.

Pero también le digo: las resistencias que usted encontrará, aun en la más pequeña de las agrupaciones locales, serán terribles. Porque el problema de la democracia interna de los partidos es que la idea misma de la democracia -su historia, su sentido, su necesidad- se ha olvidado y los intereses fuertemente organizados en su interior no tienen gana alguna de rescatarla del olvido. Le dirán además que si prescindimos del principio de elección -o lo ceñimos, por ejemplo, a los grandes congresos-, el bruto, el ignorante, el inexperto se abrirá paso y pondremos en sus manos delicadas decisiones importantes; le dirán que ellos fueron elegidos por sus méritos, y que la meritocracia debe imperar en la política.

Ante eso, tenga usted bien preparada la respuesta: día a día, cada vez con más frecuencia, los buenos y los mejores van renegando de la política y refugiándose en la vida privada, en el quehacer privado, en el negocio privado. Día a día, y cada vez más, se va empobreciendo la clase política. No le quepa a usted duda: la falta de democracia, sí, pero de democracia en serio, tiene mucho que decir al respecto.

ANDRÉS DE FRANCISCO, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas  y Sociología de la Universidad Complutense. Diario EL PAIS, 11 de julio de 2002.

7 comentarios »

  1. Carlos Luis:

    Es facíl distinguir los partidos como función y como objeto en si mismo. Si lo comparasemos con un asiento, un partido deberia ser un incomdo potro, donde la permanencia estuviera motivada por la función y solo por esta.

  2. Jesús Nava:

    Totalmente de acuerdo, Carlos Luis. Al parecer, según la sociología política, es imposible lograr que los partidos sean democráticos. Pero la asociación política que tengo en mi cabeza será democrática, tal como señala Andrés de Francisco en el artículo, o no será.

    Saludos.

  3. Jesús Nava:

    “Los cuatro grandes principios democráticos han desaparecido del discurso político contemporáneo y, mucho más, de la praxis política partidaria. Vaya usted a un partido cualquiera con ellos, propóngalos. Ya le anticipo la reacción: o bien una sonrisa autocomplaciente de indiferencia ante lo exótico o bien un rictus de autodefensa ante lo absurdo. ¡Hasta tal punto ha calado la cultura autoritaria en el seno de los partidos que se dicen democráticos!

    [...] Y ahora aplique a estos últimos los sencillos remedios democráticos. Haga rotar las secretarías ejecutivas, recorte la duración de sus mandatos, selecciónelos por sorteo (no es siquiera necesario que los incentive económicamente), deje si quiere la elección de representantes para los congresos federales. Se sorprenderá de los resultados: todos se verán obligados a convivir, a compartir, a deliberar, unas veces con unos otras con otros; las redes clientelares no tendrán soporte organizativo, los arribistas -que los hay a granel en los partidos- ya no encontrarán el modo de diseñar sus estrategias, los venales no tendrán mercancía que vender, los que viven con permiso de sus patrones ocuparán cargos con el solo permiso del azar, la rotación y su propia disponibilidad, pues el sorteo a nadie obliga y a todos habilita; la participación interna -y el debate- se enriquecerán; con la quiebra de las clientelas y la rotación obligatoria los acomodados -los que aspiran a vivir de la política y no pisan freno moral para conseguirlo- perderán su estructura de incentivos; las mejores ideas se abrirán camino, los brillantes y los contestatarios y los rebeldes tendrán su oportunidad.

    [...] Porque el problema de la democracia interna de los partidos es que la idea misma de la democracia -su historia, su sentido, su necesidad- se ha olvidado y los intereses fuertemente organizados en su interior no tienen gana alguna de rescatarla del olvido. Le dirán además que si prescindimos del principio de elección -o lo ceñimos, por ejemplo, a los grandes congresos-, el bruto, el ignorante, el inexperto se abrirá paso y pondremos en sus manos delicadas decisiones importantes; le dirán que ellos fueron elegidos por sus méritos, y que la meritocracia debe imperar en la política.

    Ante eso, tenga usted bien preparada la respuesta: día a día, cada vez con más frecuencia, los buenos y los mejores van renegando de la política y refugiándose en la vida privada, en el quehacer privado, en el negocio privado. Día a día, y cada vez más, se va empobreciendo la clase política. No le quepa a usted duda: la falta de democracia, sí, pero de democracia en serio, tiene mucho que decir al respecto.”

    Si acabo creando ese partido político que he anunciado, será democrático o no será. Y esas sencillas recetas que propone Andrés de Francisco se aplicarán estatutariamente y a rajatabla. En realidad, dichas recetas son las democráticas de siempre, ignoradas olímpicamente no sólo por los partidos, sino por las asociaciones y los movimientos ciudadanos que dicen querer la democracia, pero que ni intención tienen de aplicarlas internamente ni mucho menos de proponerlas para la Constitución y funcionamiento del Estado.

    Salud y democracia.

  4. Jesús Nava:

    J.J.Sánchez|quijano@iservicesmail.com|
    rincondelciudadano.blogspot.com/index.html
    |IP: 212.145.104.90

    Precisamente por que toda organización que persigue el poder político o financiero, tiende a la oligarquía, es por lo que se impone la democracia en su esencia de poderes diversos y divididos fuertemente controlados por los ciudadanos.
    La tendencia de las organizaciones políticas a ser controladas por élites es un tema que fue estudiado por los italianos Mosca y Pareto y por el alemán Michels (discipulo de Max Weber) con su famosa ley de hierro de las oligarquías cuyo cumplimiento se ha mostrados invariable en la historia de la experiencia política.
    Comprendo la ilusión ingenua de formar un partido “democrático de verdad”, pero ya está casi todo inventado. Si se consigue, todo el trabajo de esos tres señores, contrastado por años de experiencia, sería refutado.
    Ahora falta que ese magnífico ingenio democrático se convirtiese en mayoritario….
    Saludos y enhorabuena.

    Jun 25, 7:30 PM- Blog de la ALCD

  5. Jesús Nava:

    Jesús Nava | jesusnava@democraciaconstitucional.org | israelnava.com/democraciaconstitucionalblog | IP: 83.165.43.251

    Comprendo perfectamente que “toda organización que persigue el poder político o financiero, tiende a la oligarquía”, porque todo el que tiene poder tiende a abusar de él, y quien se mueve por el deseo de riquezas o de gloria es un ambicioso que lleva la tiranía en el alma. Pero eso sólo puede ocurrir cuando las asociaciones políticas no son democráticas en su constitución, funcionamiento u objetivos. Que es lo mismo que ocurrirá en un régimen con separación de poderes donde los ciudadanos se limitarán a elegir y deponer a sus representantes, con o sin mandato imperativo.

    La llamada democracia “representativa” en la cúspide, sin una fuerte democracia “participativa” en la base, será el camino directo hacia una nueva oligarquía, con nuevos partidos o los viejos renovados, pero con otra casta de políticos que se creerán con el derecho natural de gobernar al pueblo, al que conciben como incapaz de gobernarse a sí mismo.

    Bueno, Juan José, pues si no hay más remedio habrá que refutar a esos tres caballeros que mencionas, creando un partido democrático serio. Los partidos que ellos estudiaron, ¿observaron alguna vez las tres o cuatro reglas que apunta Andrés de Francisco en su artículo? ¿No? Entonces eran oligárquicos desde su mismísima fundación. ¿Las observan los movimientos republicanos que tienen a un dictador en la cúspide y a una partida de serviles vasallos en la base? ¿No? Entonces ya son dictatoriales desde su nacimiento.

    Sé que es posible un partido democrático porque yo soy un demócrata. Y mi aspiración no ha sido, ni es, ni será nunca el poder político o financiero, que detesto, sino contribuir a que todo el poder sea devuelto al pueblo, su legítimo y más fiable depositario. También tachaban a Jefferson de ingenuo y cuando obtuvo la presidencia de los Estados Unidos, sin hacer una sola promesa, sus enemigos lo zaherían diciendo “ha llegado el Rey Chusma”. La chusma era el pueblo, al que amaba y por el que era amado. Sin que se me pase por la cabeza comparación alguna, mi reino, como el de este gran demócrata en el que me he encontrado a mí mismo políticamente, no es el poder o la gloria, sino el conocimiento, la verdad y el amor. El despotismo, la corrupción y la hipocresía no sólo no me tientan sino que me dan asco, y los que caen en sus redes pena. Por eso aspiro a trabajar con otros muchos que sé que sienten lo mismo que yo, pero incluso solo si fuere preciso, para que España conozca la democracia, alcance su libertad y disfrute, por fin, de la concordia entre hermanos.

    El mismo Jefferson llegó a decir: “Si sólo pudiera ir al cielo perteneciendo a una facción, me abstendría de ir”. En aquel momento no había partidos en los EEUU. Pero su defensa de una democracia radical frente a los poderosos antidemócratas, monárquicos o republicanos aristocráticos, le obligó a tomar partido por el autogobierno y la felicidad del pueblo. Después de ocho años de gobierno con superávit, pero sin cobrar impuestos, para no quitarle a los trabajadores el pan ganado con su esfuerzo, se retiró a fabricar clavos y cultivar su finca en Monticello, gozando hasta el fin de sus días de sus libros, su correspondencia, su familia y el amor de todos sus conciudadanos.

    Si no consigo una buena asociación de demócratas honestos y valientes, será porque yo no sabré convocarles e inspirarles por la verdad y la justicia, pues me niego a creer que esté solo en esta noble lucha. Sea como fuere, seguiré soñando hasta el fin de mis días con la democracia para España y la libertad del mundo.

    Gracias por desearme suerte.

    Jun 26, 12:23 AM – Blog de la ALCD

  6. Mundo Libre Digital » ¿DEMOCRACIA DE LOS PARTIDOS? SÍ, PERO EN SERIO, por Andrés de Francisco:

    [...] ANDRÉS DE FRANCISCO, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas  y Sociología de la Universidad Complutense. Diario EL PAIS, 11 de julio de 2002. [Filosofía Digital, 20/06/2007] [...]

  7. Filosofía Digital » TRATARÉ DE HACER REALIDAD MIS SUEÑOS:

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