NO ME ENCUENTRO ENTRE QUIENES TEMEN AL PUEBLO, por Thomas Jefferson
“No me encuentro entre quienes temen al pueblo. De él, y no de los ricos, dependemos para una libertad continuada. Y para preservar su independencia es preciso no permitir que nuestros gobernantes nos carguen con una deuda perpetua. Debemos hacer nuestra elección entre economía y libertad o profusión y servidumbre. Las fortunas privadas son destruidas por la extravagancia tanto pública como privada. Y ésta es la tendencia de todos los gobiernos humanos, hasta que la masa social quede reducida a un mero autómata miserable, insensible a todo cuanto no sea pecar y sufrir. Algunos hombres contemplan las Constituciones con piadosa reverencia, considerándolas como el arca de la alianza, algo demasiado sagrado para tocarlo. No soy, desde luego, un propugnador de cambios frecuentes y bruscos en leyes y Constituciones. Pero sé también que las leyes e instituciones deben evolucionar paralelamente al progreso de la mente humana. Los muertos no tienen derechos. Este globo corpóreo, y todo cuanto está sobre él, pertenece a sus actuales habitantes corpóreos, durante su generación. Sólo ellos tienen derecho a dirigir sus exclusivas preocupaciones, y a declarar la ley; y esta declaración sólo puede ser hecha por su mayoría. Esa mayoría tiene, pues, derecho a enviar a representantes a una convención, y a hacer la Constitución que considere mejor para sí. Pero ¿cómo reunirá su voz? Esta es la verdadera dificultad”.
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No me encuentro entre quienes temen al pueblo. De él, y no de los ricos, dependemos para una libertad continuada. Y para preservar su independencia es preciso no permitir que nuestros gobernantes nos carguen con una deuda perpetua. Debemos hacer nuestra elección entre economía y libertad o profusión y servidumbre.
UN PAÍS SE EMPOBRECE CUANDO EL GOBIERNO ENGULLE DEMASIADOS IMPUESTOS.
Si entramos en deudas tales que sea preciso vernos gravados en nuestra carne y en nuestra bebida, en nuestras necesidades y comodidades, en nuestros trabajos y nuestras diversiones, por nuestras vocaciones y nuestros credos, como acontece con el pueblo de Inglaterra, nos veremos obligados como él a trabajar dieciséis horas de cada veinticuatro, dar las ganancias de quince al gobierno para sus deudas y gastos diarios, y -siendo insuficiente la dieciseisava para permitirnos comprar pan- vivir como hacen ellos ahora de patatas y pastel de avena, sin tiempo para pensar ni pedir cuentas a los malversadores, contentándonos con obtener subsistencia y alquilar nuestro esfuerzo para fijar sus cadenas sobre los cuellos de nuestros hermanos en sufrimiento.
Nuestros propietarios de tierras, como los suyos, que retienen el título y los deberes de fincas llamadas suyas, pero en realidad hipotecadas al Tesoro, habrán de vagar como los suyos por el extranjero, conformándose con penuria, oscuridad y exilio y la gloria de la nación.
Este ejemplo nos enseña la saludable lección de que las fortunas privadas son destruidas por la extravagancia tanto pública como privada. Y ésta es la tendencia de todos los gobiernos humanos. La desviación del principio en un caso se convierte en un precedente para el segundo, ese segundo para un tercero y así sucesivamente, hasta que la masa social quede reducida a un mero autómata miserable, insensible a todo cuanto no sea pecar y sufrir.
Es entonces, en efecto, cuando comienza la “guerra de todos contra todos”, que, por ser tan general en este mundo, algunos filósofos han considerado equivocadamente como el estado natural y no el abusivo del hombre. Y el primer caballo de este temible tronco es la deuda pública. Los impuestos la siguen, con su secuela de pobreza y opresión.
Algunos hombres contemplan las Constituciones con piadosa reverencia, considerándolas como el arca de la alianza, algo demasiado sagrado para tocarlo. Atribuyen una sabiduría más que humana a los hombres de la edad precedente, y suponen que lo que hicieron está más allá de la corrección. Yo conocí bien esa edad; pertenecí a ella y trabajé con ella. No desmerecería de su país. Se parecía mucho a la actual, aunque sin la experiencia del presente; y cuarenta años de experiencia en el gobierno valen un siglo de lectura. Ellos mismos lo dirían, si fuesen capaces de alzarse desde los muertos.
No soy, desde luego, un propugnador de cambios frecuentes y bruscos en leyes y Constituciones. Pienso que es mejor sobrellevar las imperfecciones moderadas, porque una vez conocidas nos acomodamos mejor a ellas y hallamos medios prácticos para corregir sus efectos perjudiciales. Pero sé también que las leyes e instituciones deben evolucionar paralelamente al progreso de la mente humana. A medida que ella se desarrolla e ilustra, a medida que se hacen nuevos hallazgos, se descubren nuevas verdades y cambian los modales y las opiniones con el cambio de las circunstancias, las instituciones deben avanzar igualmente y mantenerse al paso de los tiempos.
No es más absurdo pedir a un hombre que lleve el gabán de su adolescencia que exigir de una sociedad civilizada un sometimiento perpetuo al régimen de sus ancestros bárbaros. Es esta disparatada idea lo que ha provocado últimamente en Europa un diluvio de sangre. En vez de ceder sabiamente al cambio en las circunstancias, y favorecer una progresiva acomodación al mejoramiento progresivo, sus monarcas se han aferrado a sus viejos abusos, atrincherándose tras hábitos fijos y obligando a los súbditos a buscar mediante sangre y violencia innovaciones bruscas y ruinosas que, de haberse sometidos deliberaciones pacíficas y a la sabiduría reunida de la nación, podrían haber adoptado formas aceptables y sanas.
CADA GENERACIÓN ES CAPAZ DE CUIDAR DE SÍ MISMA Y TIENE DERECHO A AUTOGOBERNARSE
Evitemos tales ejemplos, y no creamos que una generación no es capaz como otra para cuidad de sí misma y ordenar sus propios asuntos. Como han hecho nuestros Estados hermanos, dispongamos de nuestra razón y experiencia para corregir los toscos ensayos de nuestros primeros e inexperimentados consejos, en otros aspectos sabios, virtuosos y bien intencionados.
Y, por último, tomemos medidas para que nuestra Constitución sea revisada en períodos establecidos. Lo que debieran ser esos períodos es indicado por la propia naturaleza. Según los datos europeos de mortalidad para adultos que vivan en cualquier momento del tiempo, la mayoría habrá muerto en unos diecinueve años. Por consiguiente, al terminar dicho periodo, ha ocupado su lugar una nueva mayoría o, en otras palabras, una nueva generación.
Cada generación es tan independiente de la previa como ésta lo fue de las anteriores. Tiene, pues, como ellas, derecho a elegir por sí la forma de gobierno que considera más adecuada a su propia felicidad; en consecuencia, a acomodar a las circunstancias en que se halla lo recibido de sus predecesores. Y para la paz y el bien de la humanidad convendría que la Constitución asegurase una oportunidad solemne de hacer esto cada diecinueve o veinte años. De este modo podría irse transmitiendo, con reparaciones periódicas, de generación en generación hasta el fin de los tiempos, si es que algo humano puede subsistir tanto.
Hace ahora cuarenta años que se formó la Constitución de Virginia. La misma estadística nos informa de que, en ese período, dos tercios de los adultos de entonces están ahora muertos. ¿Tienen entonces el tercio restante, incluso si los desease, derecho a mantener en obediencia a su voluntad, y a las leyes hechas por ellos, a los otros dos tercios que componen la actual masa de adultos? Y si no lo tienen ellos ¿quién lo tiene? ¿Los muertos? Pero los muertos no tienen derechos. No son nada, y la nada no puede poseer cosa alguna. Donde no hay sustancia no puede haber accidente.
Este globo corpóreo, y todo cuanto está sobre él, pertenece a sus actuales habitantes corpóreos, durante su generación. Sólo ellos tienen derecho a dirigir sus exclusivas preocupaciones, y a declarar la ley de esa dirección; y esta declaración sólo puede ser hecha por su mayoría. Esa mayoría tiene, pues, derecho a enviar a representantes a una convención, y a hacer la Constitución que considere mejor para sí. Pero ¿cómo reunirá su voz? Esta es la verdadera dificultad.
De ser invitados por autoridad privada, o por reuniones de condado o distrito, estas divisiones son tan grandes que pocos asistirán; y su voz será pronunciada imperfecta o falsamente. Esa es una de las ventajas de las divisiones municipales propuestas. Tratándose de una cuestión como la presente, el alcalde de cada municipio convocaría asamblea, tomaría el simple sí o no de sus miembros y lo trasladaría al tribunal del condado, que podría dar curso a las decisiones de todos los ayuntamientos remitiéndolos a la autoridad general adecuada.
Y la voz de todo el pueblo se expresaría así justa, plena, pacíficamente, siendo analizada y decidida por la razón común de la sociedad. Si esta avenida se cierra al llamamiento del sufrimiento, se hará oír a través de la fuerza, y seguiremos como otras naciones en el círculo infinito de opresión, rebelión, reforma; y así para siempre. [...]
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THOMAS JEFFERSON (1743-1826), tercer presidente de los Estados Unidos, Respuesta a Samuel Kercheval, sobre la revisión de la primera Constitución de Virginia. Monticello, 12 de julio de 1810. Autobiografía y otros escritos, Tecnos, 1987. Traducción de Antonio Escohotado y Manuel Sáenz de Heredia. [FD, 03/04/2007]
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