LA VIDA SABE A FELICIDAD, por André Comte-Sponville
“La vida es buena; es buena por sí misma; el razonamiento no le hace mella. No se es feliz por viaje, riqueza, éxito, placer. Se es feliz porque se es feliz. La felicidad es el sabor mismo de la vida. Tal como la fresa sabe a fresa, la vida sabe a felicidad. El sol es bueno; la lluvia es buena; todo ruido es música. Ver, oír, oler, gustar, tocar, toda una seguidilla de felicidades. Incluso las penas, incluso los dolores, incluso el cansancio tienen sabor a vida. Existir es bueno; no mejor que otra cosa; pues existir es todo y no existir es nada. Si así no fuera, ningún viviente duraría, ningún ser vivo nacería ” (ALAIN).
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“Tal como la fresa sabe a fresa”, decía Alain, “así la vida sabe a felicidad”. Y conozco pocas otras frases que me hayan dejado tal regusto de felicidad, pero también de deseo y, debido al deseo, de amargura.
Conviene una cita más extensa del maestro: “En primer lugar, la vida es buena; es buena por sí misma; el razonamiento no le hace mella. No se es feliz por viaje, riqueza, éxito, placer. Se es feliz porque se es feliz. La felicidad es el sabor mismo de la vida. Tal como la fresa sabe a fresa, la vida sabe a felicidad. El sol es bueno; la lluvia es buena; todo ruido es música. Ver, oír, oler, gustar, tocar, toda una seguidilla de felicidades. Incluso las penas, incluso los dolores, incluso el cansancio tienen sabor a vida. Existir es bueno; no mejor que otra cosa; pues existir es todo y no existir es nada. Si así no fuera, ningún viviente duraría, ningún ser vivo nacería. Pensad que un color es una alegría para los ojos. Actuar es una alegría. Percibir también lo es y es la misma. No estamos condenados a vivir; vivimos ávidamente. Queremos ver, tocar, jugar; queremos desplegar el mundo. Todo ser viviente es como un paseante matutino. [...] Ver es querer ver. Vivir es querer vivir. Toda vida es un canto de alegría”.
Sólo es un pequeño artículo, unos de sus innumerables Propos, como decía Alain, publicados a lo largo de los años (cotidiana y benévolamente) en un periódico de provincia, en Ruán; éste es de mayo de 1909, y envidio a los lectores que leían este tipo de noticias con el desayuno, que sabían de la felicidad al mismo tiempo que del mundo, la vida, la maravilla de vivir, al mismo tiempo que de las desgracias de la historia o de las vicisitudes de la economía…
Varios han debido recortar este artículo, guardándolo cuidadosamente con los demás en un cajón, en un cuaderno, algo más felices de repente, un poco más libres, algo más orgullosos de ser hombres, un poco más sabios, y después han debido marcharse a su trabajo con el paso más firme, quizás canturreando, otra vez gallardos, erguidos, con una pizca más de alegría y de coraje, con algún pensamiento en el corazón. ¿Optimismo fácil, ingenuo, ciego? No creo.
Suelo releer este Propos, me sigue pareciendo hermoso, de una belleza que no miente. “Tal como la fresa sabe a fresa…”. Y Alain, por cierto, no sólo había vivido esto, este sabor de felicidad, esta vida alegre y sabrosa. Tenía sus momentos de cansancio, de cólera, de disgusto. Pero también debió vivir éstos, esta gozosa vitalidad, esta alegría de todo el ser. Y todos somos capaces de esto, por lo menos un poco, por lo menos a veces.
¿Quién no ha tenido sus momentos de gracia o de júbilo? ¿Sus mañanas triunfales? ¿Sus veladas radiantes? El hecho es que vivimos, hacemos hijos y esto deja en mal pie a los quejosos. El suicidio es la excepción y no prueba nada. No se está rechazando con ello la vida, sino el dolor, la vejez, la enfermedad, el aislamiento… No se está despreciando la felicidad, se está huyendo de la desgracia. “Todos los hombres buscan la felicidad”, decía Pascal, “hasta los que se ahorcan”. Se matan para no seguir sufriendo, para no seguir siendo desgraciados. Y esto sigue siendo búsqueda de la felicidad.
¿Habrá que decir, con Spinoza, que la gente sólo se suicida por causas exteriores aunque interiorizadas? No sé. Es seguro, no obstante, que hay que tener razones muy fuertes para morir, para querer morir. Buenas o malas, externas o internas, es otra historia. Pero más fuertes que la vida, más fuertes que el cuerpo, que resiste, más fuertes que el alma, que sólo es esta resistencia en acto.
¿Quién se suicidaría sin motivos? Estaría enfermo, y ya puede ser una razón muy fuerte. La depresión es una enfermedad, como se sabe, que puede ser mortal. Pero ¿qué demuestra contra la salud, contra la vida, contra la felicidad? ¿Y el suicidio filosófico? Camus, que lo convierte en su punto de partida (“el único problema filosófico verdaderamente serio”, escribió en las primeras lineas del Mito de Sísifo), casi no se detuvo en él, e hizo bien. El absurdo conduce más bien a un tratado de felicidad, lo que explican las últimas páginas del mismo libro, al enfrentamiento con lo real, a la afirmación simple de la existencia.
¿Por qué vivir? No es la pregunta. Lo mismo sería preguntarse por qué ser feliz, por qué gozar y regocijarse. La vida responde por nosotros, el placer responde por nosotros, o, mejor, no hay pregunta, no hay respuesta, y es la vida misma. Alogos, decía Epicuro: sin razón, sin discurso y sin necesitarlos. No hacen falta razones para vivir.
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ANDRÉ COMTE-SPONVILLE, Impromptus. Editorial Andrés Bello, 1999. [FD, 05/03/2007]
7 comentarios »
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March 5th, 2007 @ 8:42 pm
Dedico esta prosa poética de Alain, engarzada en unas espléndidas reflexiones vitalistas de Comte-Sponville, en particular a mi amigo internauta Pedro Lleixá y en general a todos los que sufren. No es fácil aceptar la existencia cuando apenas nos aporta otra cosa que sufrimiento, pero el amor a la vida es capaz de sacar algo positivo hasta del dolor, siempre negativo y a veces destructor. Afortunadamente, no hacen falta razones para vivir. Porque vivir es bueno y no existir es nada.
Animo. Saludos cordiales.
December 12th, 2007 @ 8:35 pm
[...] ¿a qué sabe la vida? La vida -diría Alain- sabe a felicidad, como la fresa sabe a [...]
October 10th, 2009 @ 3:00 pm
Ahora dedico este fragmento de Alain y Comte-Sponville también a mi amigo Jesús Díaz Formoso. Porque sé que la vida interior también a él le sabe a felicidad; pero como a duras penas podemos evitar que ese sabor resulte alterado por las adulteraciones que proceden de afuera, a veces nuestra felicidad se resiente.
Es el momento de afianzarse aún más en la eternidad y profundidad de la vida, porque así casi nunca sufriremos conmociones anímicas; y los conflictos que otros nos crean serán, a lo sumo, como el eco apagado de un cataclismo lejano.
A todos los que sufrís: ánimo, mucho ánimo; o lo que es lo mismo: alma, mucha alma.
October 11th, 2009 @ 6:19 am
Querido amigo, tus palabras se confunden con mis sentimientos. Gracias, desde mi “más adentro”.
Hoy he tenido la fortuna de conocer PERSONAS. Y cuando estaba extasiado y sorprendido, miré a mi alrededor, y vi más personas. Hubo una que quería dejar de serlo. Y conseguí ver las causas. Y supe que también era una persona. Pasando un mal momento. Vuelvo, en gran medida gracias a ti (y que bien produce la actividad física, y el cansancio del cuerpo), a percibir lo que hacen las personas desde el prisma de lo que son. Tienes razón, los acontecimientos pueden arrastrar a los Seres Humanos a un estado de “animalidad” que, ahora vuelvo a saber, es efecto de una causa, sobre la que el Ser se impondrá, de una u otra manera.
Vuelvo a ver la esperanza. Y la veo en las personas. También en aquéllas que cometen malas acciones. A ellas hay que ayudar a encontrar la tangente de su bucle y escapar.
Jesús Nava, eres el Sol.
October 11th, 2009 @ 6:53 am
Esa ayuda, sin pretenderlo incluso, puede ser prestada EN UN INSTANTE. Solo en un instante. Así SOMOS de receptivos a la Bondad y a la Belleza.
No hay dolor sin felicidad. Un fuerte abrazo.
….
A md.
Querida amiga, gracias por tus bellas palabras. Y agradezco al infinito tu Bondad, que hace aún más bella tu persona.
El ánimo es contagioso. Con todo mi agradecimiento, y con todo mi cariño, recibe toda la felicidad. Eres parte de ella. Todo es Belleza. La Belleza es Bondad. Y Belleza y Bondad SON Felicidad. Para tí y para los que disfrutamos de tu presencia. Gracias, Camarada.
October 11th, 2009 @ 12:10 pm
Estimado amigo, siento una inmensa alegría al ver como remonta ese bache tan doloroso. Y quiero darle las gracias por el ejemplo que nos da a todos con su coraje. Ya que a pesar de que aun esté dolido y triste, sigue dispuesto a luchar y remontar.
Con su ejemplo nos da a todos una lección de vida. Ya que lo fácil es hundirse y no luchar, lo difícil es luchar en la adversidad y a pesar del dolor seguir luchando, dando ejemplo y ánimo de este modo, a los que le quieren y necesitan. Gracias de nuevo.
GOING HOME
October 11th, 2009 @ 2:22 pm
Me uno a todo lo dicho por Mª Dolores. Me alegro de tu recuperación anímica, de la que, por supuesto, nunca dudé. Seguro que el submarinismo, indirectamente, también ha contribuido a ello. El cansancio físico resta energía a la mente, y hace que sea menos apta para pensar, incluso en lo triste.
Pero, como te decía por correo -y traigo la idea aquí, por si le es útil a alguien que puede estar sufriendo una decepción-, la percepción que más paz puede traer al espíritu, es la consideración de que todas las cosas, incluyendo a los seres humanos -al ser partículas de un cosmos infinito y eterno, y estar gobernados por leyes inmutables, cuyo orden seguimos-, estamos determinados a actuar de tal o cual manera por tales o cuales causas, aunque nos sean totalmente desconocidas o no seamos plenamente conscientes de ellas.
“Por consiguiente, cuanto nos parece ridículo, absurdo o malo en la naturaleza, se debe a que sólo conocemos parcialmente las cosas y a que ignoramos casi por completo el orden y la coherencia de toda la naturaleza y a que queremos que todo sea dirigido tal como ordena nuestra razón. La realidad, sin embargo, es que aquello que la razón dictamina que es malo, no es tal respecto al orden y a las leyes de toda la naturaleza, sino tan sólo de la nuestra.” (Tratado político)
De esta verdad física y filosófica, Spinoza extrajo para su Ética una principio luminoso, que siempre le ayudó a superar el impacto emocional que la conducta, aparentemente absurda de los individuos, de otra manera le hubiera producido -y, de hecho, le produjo- hasta que la descubrió: “En la medida en que el alma entiende todas las cosas como necesarias, tiene un mayor poder sobre los afectos, o sea, padece menos por causa de ellos” (Ética V, proposición VI).
Como lo atestigua, añade a continuación, también la experiencia: “En efecto, vemos que la tristeza ocasionada por la desaparición de un bien se mitiga tan pronto como el hombre que lo ha perdido considera que ese bien no podía ser conservado de ningún modo. Así también, vemos que nadie siente conmiseración hacia un niño que no sepa andar, hablar, razonar, y por vivir, en fin, tantos años como inconsciente de sí mismo. Si la mayor parte de los hombres naciesen adultos, y sólo hubiera algún que otro niño, entonces todos compadecerían al que naciese niño, porque en caso tal se consideraría a la infancia no como algo natural y necesario, sino como un vicio o pecado de la naturaleza. Podríamos hacer otras muchas observaciones de este género.”
Por eso, amigos míos, no podemos compadecer -ni, menos aún, despreciar- a la inmensa mayoría de la humanidad por ser como es: egoísta, infantil, e inconsciente de los poderes innatos que tiene, para transformarse hasta alcanzar la pureza individual, y para autogobernarse hasta alcanzar la libertad colectiva. Debe ser natural que así sea, pues la humanidad entera no puede estar enferma.
Pero las sociedades, que condicionan las conciencias de sus ciudadanos, hasta alienarlas, y que están en manos de unas minorías deshonestas, de ambiciosos y de desaprensivos, sí son enfermizas y generadoras de todo tipo de patologías del alma individual y colectiva. Así, pues, no desesperemos de poder contribuir a sacar a la humanidad de su atolladero, porque, desde el momento en que conocemos las causas de la enfermedad, el mal no puede carecer de remedio.
Los que ya no somos inmaduros e inconscientes como niños, y entendemos algunas cosas -pocas, pero esenciales- tenemos el deber, para con nosotros mismos, de mantenernos firmes en nuestros principios y no dejarnos abatir por las adversidades; y, para con los demás, el de ayudarles a ser cada vez más divinos, en sus pensamientos, en sus sentimientos, en sus acciones. Porque, de esta manera, cuanto más nos perfeccionemos nosotros mismos, más ayuda podremos prestar a otros. Y cuanto más perfectos son los otros, más felicidad nos procuran.
Pero, querido Jesús, aunque sé que me elogias con afecto, por favor, no lo hagas. En mí no hay más luz que la puede haber en ti; tú y yo sólo la reflejamos, pues el mismo sol alumbra a todo los seres que vienen a este mundo.
Eso sí, seamos todos como rayos de ese sol: despejemos nubarrones emocionales, disipemos tinieblas de prejuicios, y transformemos la conciencia propia y ajena, alumbrando entendimientos y sanando corazones. Esa es una tarea gloriosa, y digna de mantenernos ocupados durante toda una existencia.
Un fuerte abrazo.