GRANDEZA Y HERMOSURA DE LA IGUALDAD, por Alexis de Tocqueville
“Cada vez me afirmo más en la creencia de que a las naciones democráticas, para llegar a ser honradas y prósperas, les basta con querer serlo. Veo que los bienes y los males se reparten con cierta equidad en el mundo. Las grandes riquezas desaparecen; aumenta el número de las pequeñas fortunas; los deseos y los goces se multiplican; ya no existen opulencias extraordinarias ni miserias irremediables. Cada individuo está aislado, desvalido; la sociedad es ágil, previsora y fuerte; los particulares realizan obras pequeñas; y el Estado, obras inmensas. Si bien se encuentran pocos ejemplos de gran abnegación y sacrificio, de virtudes muy elevadas, brillantes y puras, en cambio los hábitos son ordenados, la violencia es rara, la crueldad, casi desconocida. La vida de los hombres es más larga y su propiedad más segura. El espíritu humano se desarrolla gracias a la concurrencia de los pequeños esfuerzos de los hombres, y no por el potente impulso de unos cuantos. Aunque menos perfectas, las obras son más fecundas. Todos los vínculos de raza, clase o patria se aflojan; el gran lazo de la humanidad se aprieta. No ignoro que muchos de mis contemporáneos opina que los pueblos nunca son dueños de sí mismos, y que obedecen necesariamente a no sé qué fuerza insuperable e ininteligible que nace de acontecimientos anteriores, de la raza, del suelo o del clima. Son éstas falsas y cobardes teorías que no pueden resultar sino en hombres débiles y naciones pusilánimes”.
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Me gustaría abarcar con una mirada los diversos rasgos que presenta la fisonomía de este mundo nuevo, y juzgar, en fin, la influencia general que ha de ejercer la igualdad en el destino de los hombres; pero la dificultad de semejante empresa me asusta; ante un objeto de tal magnitud, siento que mi vista se enturbia y que mi razón vacila.
EL PASADO NO ALUMBRA EL PORVENIR, EL ESPÍRITU CAMINA EN LAS TINIEBLAS
Esta sociedad nueva, que he tratado de describir y que propongo juzgar, acaba de nacer. El tiempo todavía no le ha dado su forma definitiva; la gran revolución que la produjo aún no ha acabado, y resulta casi imposible prever lo que desaparecerá con ella y lo que resultará con ella por los sucesos de nuestros días.
El mundo que se levanta se halla todavía medio enterrado bajo los restos del mundo que se derrumba y, en medio de la inmensa confusión de los asuntos humanos, nadie puede decir qué quedará de las antiguas instituciones y costumbres y que acabará por desaparecer.
Aunque aún esté lejos el final de la revolución que se opera en el estado social, en las leyes, en las ideas y en los sentimientos de los hombres, ya no es posible comparar sus obras con nada de cuanto se ha visto hasta ahora en el mundo. Me remonto siglo tras siglo hasta la más remota antigüedad, pero no descubro nada parecido a lo que hoy se presenta ante mi vista. El pasado no alumbra el porvenir, el espíritu camina en las tinieblas. Sin embargo, en medio de este conjunto tan vasto, tan nuevo, tan confuso, empiezo a entrever ya algunos rasgos sobresalientes que cobran forma, y que paso a indicar:
Veo que los bienes y los males se reparten con cierta equidad en el mundo. Las grandes riquezas desaparecen; aumenta el número de las pequeñas fortunas; los deseos y los goces se multiplican; ya no existen opulencias extraordinarias ni miserias irremediables. La ambición es un sentimiento universal, pero existen pocas grandes ambiciones. Cada individuo está aislado, desvalido; la sociedad es ágil, previsora y fuerte; los particulares realizan obras pequeñas; y el Estado, obras inmensas.
Las almas no son enérgicas; pero las costumbres son benignas, y las legislaciones, humanas. Si bien se encuentran pocos ejemplos de gran abnegación y sacrificio, de virtudes muy elevadas, brillantes y puras, en cambio los hábitos son ordenados, la violencia es rara, la crueldad, casi desconocida. La vida de los hombres es más larga y su propiedad más segura. La vida no es muy regalada, pero sí muy cómoda y tranquila. Se da tan pocos placeres exquisitos como excesivamente groseros, tan poca cortesía en las maneras como brutalidad en los gustos.
No se encuentran hombres muy sabios ni pueblos muy ignorantes. El hombre de genio se hace cada vez más raro, y la cultura más común. El espíritu humano se desarrolla gracias a la concurrencia de los pequeños esfuerzos de los hombres, y no por el potente impulso de unos cuantos. Aunque menos perfectas, las obras son más fecundas. Todos los vínculos de raza, clase o patria se aflojan; el gran lazo de la humanidad se aprieta.
Si entre todos estos diversos rasgos busco el que me parece más general y destacado, observo que lo que sucede a las fortunas se repite de mil modos diversos. Casi todos los extremos se dulcifican y suavizan; casi todas las cumbres se borran para dejar paso a lo mediano, que es a la vez menos alto y menos bajo, menos brillante y menos oscuro que lo que se veía antes en el mundo.
LA JUSTICIA DE LA IGUALDAD CONSTITUYE SU GRANDEZA Y SU HERMOSURA
Recorro con la mirada esa inmensa muchedumbre compuesta de seres iguales, en la que nada se eleva ni se rebaja. El espectáculo de semejante uniformidad universal hiela mi sangre y me entristece, y casi estoy por echar de menos a la sociedad desaparecida.
Cuando el mundo está lleno de hombres muy grandes y muy pequeños, muy ricos y muy pobres, muy sabios y muy ignorantes, yo apartaba la vista de los segundos para fijarla en los primeros, en donde me recreaba; pero comprendo que ese placer era hijo de mi debilidad; como no puedo ver al mismo tiempo todo lo que me rodea, escojo y separo, entre tantos objetos, aquellos que más me place contemplar.
No sucede lo mismo con el Ser todopoderoso y eterno, cuyo ojo abarca necesariamente el conjunto de todas las cosas y ve distintamente y a la vez a todo el género humano y a cada hombre.
Parece natural pensar que lo que más satisface las miradas de tal creador y conservador de los hombres, no es la prosperidad singular de unos cuantos, sino el mayor bienestar de todos; lo que me parece una decadencia resulta entonces a sus ojos un progreso; lo que a mí me molesta a él le agrada. Quizá la igualdad sea menos elevada; pero es más justa y la justicia constituye su grandeza y hermosura. Me esfuerzo por penetrar en este punto de vista divino, y trato de considerar y juzgar desde él las cosas humanas.
Nadie en este mundo puede afirmar aún de una manera absoluta y general que el nuevo estado social sea superior al antiguo; pero lo que sí es fácilmente visible es que es distinto. Hay que cuidarse, pues, de juzgar a las sociedades que nacen a través de nociones propias de las ya desaparecidas. Ello sería injusto, pues esas sociedades difieren tanto entre sí que son incomparables.
Tampoco sería más razonable exigir a los hombres de nuestro tiempo virtudes propias del estado social de sus antepasados, puesto que ya se derrumbó, arrastrando confusamente en su caída todos los bienes y los males que llevaba consigo. Pero todas estas cosas se comprenden todavía mal en nuestros días.
DE LAS NACIONES DEPENDE QUE LA IGUALDAD LAS LLEVE A LA SERVIDUMBRE O A LA LIBERTAD
Observo que muchos de mis contemporáneos pretenden seleccionar ciertas instituciones, opiniones e ideas emanadas de la constitución aristocrática de la antigua sociedad; gustosos abandonarían unas, pero querrían conservar otras y llevarlas consigo al Nuevo Mundo. Creo que desperdician tiempo y fuerzas en un trabajo honesto pero estéril.
No se trata ya de conservar las ventajas particulares que la desigualdad de condiciones procura a los hombres, sino de asegurar los nuevos bienes que la igualdad puede ofrecerles. No debemos intentar parecernos a nuestros padres, sino esforzarnos por alcanzar la grandeza y felicidad que nos es propia.
Por lo que a mí respecta, habiendo llegado al último término de mi camino, descubro, lejanos pero conjuntados, los diversos objetos que fui contemplando por separado durante mi viaje, y me siento lleno de temores y esperanzas. Veo grandes peligros, que es posible conjurar, grandes males que se pueden evitar o aminorar, y cada vez me afirmo más en la creencia de que a las naciones democráticas, para llegar a ser honradas y prósperas, les basta con querer serlo.
No ignoro que muchos de mis contemporáneos opina que los pueblos nunca son aquí, en la tierra, dueños de sí mismos, y que obedecen necesariamente a no sé qué fuerza insuperable e ininteligible que nace de acontecimientos anteriores, de la raza, del suelo o del clima.
Son éstas falsas y cobardes teorías que no pueden resultar sino en hombres débiles y naciones pusilánimes; la Providencia no creó al género humano ni enteramente independiente ni enteramente esclavo. Cierto que alrededor de cada hombre traza un círculo fatal del que no puede salir; pero dentro de sus vastos límites el hombre es poderoso y libre, y lo mismo puede decirse de los pueblos.
Las naciones de nuestros días no pueden impedir la igualdad de condiciones en su seno; pero de ellas depende que la igualdad las lleve a la servidumbre o a la libertad, a la civilización o a la barbarie, a la prosperidad o a la miseria.
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ALEXIS DE TOCQUEVILLE, La democracia en América II, cuarta parte, capítulo VIII. Sarpe, 1984. [FD, 20/01/2007]
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