LA RELIGIÓN Y EL ESTADO, por Alexis de Tocqueville
“Hay una cultura europea a cuya incredulidad no iguala más que su embrutecimiento e ignorancia, mientras que América, uno de los pueblos más libres e ilustres del mundo, cumple con ardor todos los deberes externos de la religión. Todos los americanos atribuían principalmente a la total separación entre la Iglesia y el Estado, el pacífico imperio que la religión ejercía en su país. Se han visto religiones íntimamente unidas a los gobiernos de la tierra dominar a las almas por el terror y por la fe al mismo tiempo; pero cuando una religión concierta tal alianza, me atrevo a decir que sacrifica el porvenir al presente, y al obtener un poder que no le es debido, expone su poder legítimo.”
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Los filósofos del siglo XVIII explicaban de manera muy sencilla el debilitamiento gradual de las creencias. El celo religioso, decían, debe extinguirse a medida que la libertad y la cultura aumenten. Lástima que los hechos no concuerden con esta teoría.
UNA CULTURA EUROPEA TAN EMBRUTECIDA COMO IGNORANTE
Hay una cultura europea a cuya incredulidad no iguala más que su embrutecimiento e ignorancia, mientras que América, uno de los pueblos más libres e ilustres del mundo, cumple con ardor todos los deberes externos de la religión.

A mi llegada a los Estados Unidos fue el carácter religioso del país lo primero que atrajo mi atención. A medida que mi estancia se prolongaba, percibía las grandes consecuencias políticas que se derivaban de estos hechos nuevos.
Yo había visto entre nosotros el carácter religioso y al de la libertad marchar casi siempre en sentido contrario. Aquí los encontraba íntimamente unidos el uno al otro, reinando juntos sobre el mismo suelo. Cada día sentía crecer en mí el deseo de conocer la causa de este fenómeno.
Para ello interrogaba a los fieles de todas las confesiones; buscaba sobre todo la compañía de los sacerdotes, depositarios de las distintas creencias y con un interés personal en su conservación. La religión que yo profeso me acercaba particularmente al clero católico, y no tardé en trabar una relación como de intimidad con varios de sus miembros.
A cada uno de ellos expresaba mi asombro y exponía mis dudas. Encontré que todos estos hombres no diferían entre sí más que en detalles, pero que todos atribuían principalmente a la total separación entre la Iglesia y el Estado, el pacífico imperio que la religión ejercía en su país. Me atrevo a afirmar que durante mi estancia en América no encontré un solo hombre, sacerdote o laico, que no estuviera de acuerdo respecto a este punto.
Esto me llevó a examinar, más atentamente de lo que hasta entonces lo había hecho, la posición que los sacerdotes americanos ocupan en la sociedad política. Comprobé con sorpresa que no desempeñaban ningún cargo público. No encontré ni a uno de ellos en la administración, y descubrí que ni siquiera estaban representados en el seno de las asambleas. La ley, en varios Estados, les había cerrado la carrera política, y la opinión en todos los demás.
Cuando por último investigué cuál era el propio espíritu del clero, observé que la mayoría de sus miembros parecían alejarse voluntariamente del poder, y poner una especie de orgullo profesional en permanecer extraños a él.
LA RELIGIÓN PUEDE CENSURAR LA AMBICIÓN Y LA MALA FE POLÍTICAS, SI NO TOMA PARTIDO
Les oí lanzar anatemas contra la ambición y la mala fe, cualquiera que fuesen las opiniones políticas de que éstas se revistieran. Pero escuchándoles aprendí de ellos que los hombres no pueden merecer la condena de Dios a causa de estas mismas opiniones cuando son sinceras, y que no hay más pecado en errar en materia de gobierno que en equivocarse al construir la propia morada o al trazar el surco de la tierra. Les vi apartarse con cuidado de todos los partidos y eludir su contacto con todo el ardor de un interés personal.
Estos hechos acabaron de demostrarme que lo que me habían dicho era verdad. Quise entonces remontarme de los hechos a las causas; me pregunté cómo podía ser que al disminuir la fuerza aparente de una religión llegara a aumentar su poder real, y creí que no me era imposible descubrirlo.
El corto espacio de sesenta años jamás podrá encerrar toda la imaginación del hombre; los goces incompletos de este mundo no bastarán nunca a su corazón. Entre todos los seres de la naturaleza, sólo el hombre muestra un asco natural por la existencia y un deseo inmenso de existir; desprecia la vida y teme a la nada. Estos instintos diferentes empujan constantemente a su alma hacia la contemplación de Otro Mundo, y es la religión la que le conduce a él.
La religión, pues, no es más que una forma particular de la esperanza, y es tan natural al corazón humano como la esperanza misma. Es una especie de aberración de la inteligencia lo que aleja a los hombres de las creencias religiosas; pero una inclinación invencible les vuelve a llevar a ellas. La incredulidad es un accidente; la fe es el único estado permanente de la humanidad.
Considerando a las religiones desde el punto de vista única y puramente humano, puede decirse, pues, que todas extraen del hombre mismo un factor de fuerza que no puede faltarles, por ser uno de los principios constitutivos de la naturaleza humana.

Sé que hay tiempos en que la religión puede sumar a esta influencia que le es propia el poder artificial de las leyes y el apoyo de los poderes materiales que rigen a la sociedad. Se han visto religiones íntimamente unidas a los gobiernos de la tierra dominar a las almas por el terror y por la fe al mismo tiempo; pero cuando una religión concierta tal alianza, me atrevo a decir que obra como podría hacerlo un hombre: sacrifica el porvenir al presente, y al obtener un poder que no le es debido, expone su poder legítimo.
Cuando una religión no trata de fundar su imperio sino sobre el deseo de inmortalidad que atormenta por igual el corazón de todos los hombres, puede aspirar a la universalidad; pero cuando viene a unirse a un gobierno, tiene que adoptar máximas que no son aplicables más que a pueblos determinados. Así pues, cuando se alía a un poder político la religión aumenta su poder sobre unos cuantos, pero pierde la esperanza de reinar sobre todos.
Siempre que una religión se apoye únicamente en sentimientos que consuelan todas las miserias, puede atraerse el corazón del género humano. Mezclada con las amargas pasiones de este mundo, se la obliga a veces a defender a aliados que le da el interés más bien que el amor, y le es preciso rechazar como a adversarios a hombres que a menudo la aman, si bien combaten a aquéllos a quienes se ha aliado. Así pues, la religión no puede compartir la fuerza material de los gobernantes sin cargar con una parte de los odios que provocan.
Los poderes políticos que parecen mejor establecidos no tienen como garantía de su duración más que las opiniones de una generación, los intereses de un siglo, y a menudo la vida de un hombre. Una ley puede modificar el estado social de apariencia más firme y definitiva, y con él todo cambia a su vez.
MIENTRAS LA RELIGIÓN RESPONDA A LOS ANHELOS DEL CORAZÓN SERÁ INMORTAL
Todos los poderes de la sociedad son más o menos fugitivos, al igual que nuestros años en la tierra; se suceden con la misma rapidez que las diversas preocupaciones de la vida, y jamás se ha visto un gobierno que se haya apoyado en una disposición invariable del corazón humano ni que haya podido fundarse sobre un interés inmortal.
Mientras una religión basa su fuerza en los sentimientos, los instintos y pasiones que se repiten con exactitud en todas las épocas de la historia, puede desafiar los estragos del tiempo, o al menos no puede ser destruida más que por otra religión. Pero cuando la religión pretende apoyarse en los intereses de este mundo, se vuelve casi tan frágil como todos los poderes de la tierra. Sola, puede esperar la inmortalidad; aliada a poderes efímeros, se une a su destino y a menudo cae junto con las fugaces pasiones que los sostienen.
Su unión con los diversos poderes políticos significa para la religión una alianza onerosa. No tiene necesidad de su ayuda para vivir, y en cambio sirviéndoles puede morir.
El peligro que acabo de señalar se da en todos los tiempos, pero no siempre es visible. Hay siglos en que los gobiernos parecen inmortales, y otros en los que se diría que la existencia de la sociedad es más frágil que la de un hombre. Ciertas constituciones mantienen a los ciudadanos en una especie de letargo, y otros los entregan a una agitación febril.
Cuando los gobiernos parecen más fuertes y más estables las leyes, los hombres no perciben el peligro que puede correr la religión uniéndose al poder. Cuando los gobiernos se muestran más débiles y las leyes más cambiantes, todos ven el peligro, pero a veces ya es tarde para sustraerse a él. Hay que aprender, pues, a divisarlo antes.
A medida que una nación adopta un estado social democrático y ve a las sociedades inclinarse hacia la república, se hace cada vez más peligroso unir la religión a la autoridad, pues se aproxima el tiempo en que el poder pasará de mano en mano, en que las teorías políticas se sucederán, en que los hombres, las leyes y las mismas constituciones desaparecerán o se modificarán cada día; y esto no duradera, sino incesantemente. La agitación y la inestabilidad son inherentes a las repúblicas democráticas, como la inmovilidad y el letargo son la ley de las monarquías absolutas.
Si los americanos, que cambian de jefe de Estado cada cuatro años, que cada dos años eligen nuevos legisladores y anualmente reemplazan a los administradores provinciales; si los americanos, que han entregado el mundo político a los ensayos de los innovadores, no hubieran separado a su religión de él, ¿a qué podría ésta atenerse, en medio del flujo y reflujo de las opiniones humanas? Entre la lucha de los partidos ¿dónde se hallaría el respeto que le es debido? ¿Qué sería de su existencia inmortal cuando todo pereciera a su alrededor?
Los sacerdotes americanos han percibido esta verdad antes que los demás y a ella amoldan su conducta. Han visto que era preciso renunciar a la influencia religiosa si querían conquistar un poder político, y han preferido perder el apoyo del poder, a compartir sus vicisitudes.
En América la religión es quizá menos poderosa de lo que en determinadas épocas lo fuera en ciertos pueblos, pero su influencia es más duradera. Ha prescindido de toda fuerza excepto de las propias, pero éstas nadie puede arrebatárselas; no actúa más que un único dominio, pero lo recorre por entero y en él impera sin esfuerzo.
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ALEXIS DE TOCQUEVILLE (1805-1889), La democracia en América, Parte Primera, cap. IX. Sarpe, 1984. [FD, 14/01/2007]
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July 20th, 2007 @ 4:42 am
USTEDES ME PARECEN PERSONAS GENIALES, POR ESO LOS APOYO
ATT. LUIS
September 13th, 2007 @ 10:20 pm
genial
December 3rd, 2007 @ 6:03 pm
[...] sido enemiga de la libertad y la democracia, sino un firme baluarte para defenderlas, está en el relato de Tocqueville sobre la joven democracia americana que él conoció, donde la separación de la [...]