EL BUEN MINISTRO, por Nicolás Maquiavelo
“En un Estado corrompido por los partidos, la mínima cosa se reduce, entre los ministros, a una competencia. Publícanse los secretos; y así, tanto el bien como el mal, reciben favores y desfavores; los buenos, como los malos, son igualmente lastimados. Nadie cumple con su deber. Guárdese el ministro de los partidos, ya astutos, ya audaces, porque si al comienzo parecen buenos, luego, tratándose, resultan difíciles y terminan siendo perjudiciales”.
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Aquello que hace que un ministro sea maravilloso es la solicitud, la prudencia, la grandeza de alma, el buen ordenamiento del gobierno.
Si el ministro no aconsejare a su príncipe las cosas útiles, sin miramientos, faltaría a su deber.
Quien aconseja a un príncipe ha de tomar moderadamente las cosas y ninguna por su propia cuenta, diciendo su opinión sin apasionamiento; y asimismo sin apasionamiento y con modestia ha de defenderla, de modo que el príncipe si la aceptare, lo haga gustoso y no pareciendo que fuese arrastrado a ello por la inoportunidad de su consejero.
El ministro deberá defender su opinión con razones, sin querer usar autoridad o fuerza.
El ministro deberá conocer los males con anticipación para no dejarlos crecer, o bien deberá en tal modo prepararse que, una vez crecidos, no le acarrearen agravio.
Un ministro debe seguir adelante minuciosamente, solícitamente y sin miramientos.
El buen ministro no se siente amedrentado por ninguna empresa en la que él reconozca el bien público.
El ministro, por temor a una carga vana, no deberá dejar nunca de hacer obra de la que se desprenda una segura utilidad para el Estado.
La calumnia, hecha a quien se hubiere prodigado en importantes oficios de Estado, es un desorden que acarrea grave mal.
El ministro deberá emplear todos los medios para no tener que justificarse nunca, porque la justificación presupone la existencia de un error o el convencimiento de que lo ha habido.
Estando el ministro en el deber de reprender a los demás, convendrá que él mismo evite la ocasión de ser reprendido.
La finalidad para la cual los ministros son enviados a una ciudad, es la de regir y gobernar a los súbditos con amor y justicia, y no perderse en recíprocas rivalidades y contiendas; tratar, en cambio, de bien entenderse, como hermanos y como ciudadanos regidos por un mismo príncipe.
Si el ministro se preocupare más por él mismo que por el príncipe o por el Estado, no será jamás un buen ministro, porque aquel que tuviere entre manos el Estado de alguien no ha de pensar nunca en sí mismo, sino en su príncipe, ni recordarle a éste cosa alguna que no le pertenezca.
El ministro debe hacer uso de su investidura para utilidad pública y no para la suya propia.
Quien se hallare atado por sus propias pasiones mal podrá servir a un tercero.
Rara vez acontece que las pasiones individuales no sean una amenaza para el bien general.
El ministro debe ser ajeno a las rapiñas y acrecentar el bien público.
En un Estado corrompido por los partidos, la mínima cosa se reduce, entre los ministros, a una competencia. Publícanse los secretos; y así, tanto el bien como el mal, reciben favores y desfavores; los buenos, como los malos, son igualmente lastimados. Nadie cumple con su deber.
Guárdese el ministro de los partidos, ya astutos, ya audaces, porque si al comienzo parecen buenos, luego, tratándose, resultan difíciles y terminan siendo perjudiciales.
Guárdese el ministro de aquellos errores que no son conocidos sino junto con la ruina del Estado.
La desidia en los príncipes y la infidelidad en los ministros arruinan un imperio, aunque éste se hallare fundado sobre la sangre de muchos virtuosos.
Un ministro extranjero deberá ser grato allí donde fuere enviado; y, además, práctico, prudente, solícito y amante de su soberano y de su patria.
El ministro extranjero ha de saber discutir acerca de las condiciones de los Estados, de los humores de los príncipes y pueblos, y de aquello que es dado esperar en la paz o temer en la guerra.
Recuerde el ministro que no son los títulos que confieren lustre a los hombres, sino los hombres a los títulos, y que ni sangre ni autoridad podrán obtener reputación si faltare la virtud.
El ministro debe morir siendo más rico en buena fama y en benevolencia que no lo fuere en caudales.
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NICOLÁS MAQUIAVELO, La mente del hombre de Estado, seleccionado por Gherardo Marone. Editorial Leviatán, Buenos Aires, 2005. [FD, 18/02/2007]
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![El buen gobernante debe guardarse de los partidos, tanto si son audaces como astutos, porque siempre acaban saqueando las arcas del Estado en provecho propio y de sus partidarios. [Obra: El saqueo de Roma.]](http://www.filosofiadigital.com/wp-content/uploads/2007/02/saqueo-de-roma-fd.jpg)