“Entre la religión y la superstición yo descubro esta diferencia capital: que esta tiene por fundamento la ignorancia, y aquella la sabiduría. ¿Nos extrañaremos, entonces, que de la antigua religión (cristiana) no haya quedado más que el culto externo (con el que el vulgo parece adular a Dios, más bien que adorarlo) y de que la fe ya no sea más que credulidad y prejuicios? Pero unos prejuicios que transforman a los hombres de racionales en brutos. ¡Dios mío!, la piedad y la religión consisten en absurdos misterios. Y aquellos que desprecian completamente la razón y rechazan el entendimiento, como si estuviera corrompido por naturaleza, son precisamente quienes cometen la iniquidad de creerse en posesión de la luz divina. ¡Qué feliz sería nuestra época si la viéramos libre de toda superstición!”.
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“Por lo que toca a los milagros, estoy persuadido de que la certeza de la divina revelación solamente se puede fundar sobre la sabiduría de la doctrina y no sobre los milagros, es decir, sobre la ignorancia.
LA VERDADERA RELIGIÓN SE FUNDA EN LA SABIDURÍA; LA SUPERSTICIÓN, EN LA IGNORANCIA
Sólo añadiré aquí que entre la religión y la superstición yo descubro esta diferencia capital: que esta tiene por fundamento la ignorancia, y aquella la sabiduría.

Y esta me parece ser la causa de que los cristianos se distinguen de los demás, no por la fe ni por la caridad, ni por los demás frutos del Espíritu Santo, sino únicamente por la opinión; pues, como se defienden, como todos los demás, con los milagros, o lo que es lo mismo, con la ignorancia, que es la fuente de toda malicia, convierten la fe, incluso verdadera, en superstición.
Y para expresar más claramente mi opinión, digo que para salvarse no es en absoluto necesario conocer a Cristo según la carne; de forma muy distinta, sin embargo, hay que opinar de aquel hijo eterno de Dios, a saber, la sabiduría eterna de Dios, que se manifestó en todas las cosas y, sobre todo, en el alma humana y, más que en ninguna otra cosa, en Jesucristo.
Pues sin esa sabiduría nadie puede llegar al estado de beatitud, ya que sólo ella enseña qué es lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo. Y como, según he dicho, esa sabiduría se manifestó, ante todo, en Jesucristo, por eso sus discípulos la predicaron tal como les fue revelada por él y mostraron que podían gloriarse más que nadie de aquél espíritu de Cristo. (más…)